Jueves, Junio 21, 2018

Política de Estado


Lunes, 19 Febrero 2018 01:18

La Iglesia ‘no se interesa en la política, ni en los derechos humanos’…¡Error!

En un intento por agradar a China, son varios los comentaristas que se lanzan a esconder o a manipular la enseñanza de la Iglesia. La misión de la Iglesia está vinculada al apoyo de los derechos humanos y al compromiso en la sociedad. Jesús jamás desafió al Imperio Romano, y sin embargo, creó una revolución. Mons. Romero, al defender a los pobres y a la Iglesia, tuvo que enfrentarse con la junta militar. Un comentario de John Mok Wai.

Hong Kong (AsiaNews)- En las últimas semanas, luego de que AsiaNews diera la noticia sobre el pedido vaticano  de  que dos obispos reconocidos por la Santa Sede dieran un paso al costado, para dejar el lugar a otros dos actualmente excomulgados, algunos medios han difundido noticias, por ahora no confirmadas, de que se estaría cerca de un acuerdo entre China y la Santa Sede en torno a la cuestión del nombramiento de obispos. Como suele pasar, tales rumores han inflamado el diálogo dentro de la Iglesia, entre pesimistas y optimistas, entre el Card. Zen, que acusa a la Secretaria de Estado de “liquidar la Iglesia al mejor postor” y señala la existencia de una fractura entre los colaboradores del Papa y el mismo pontífice,  y la Oficina de Prensa Vaticana, que reivindica la total sintonía entre ambos y la bondad de un posible acuerdo como “un mal menor”.

En torno a este núcleo hay un coro de periodistas y personalidades que parecen querer cortejar a China para alentarla a firmar el acuerdo, mostrando la total “no peligrosidad” de la Iglesia para China, e incluso el gran aprecio por ella, por haber encarnado la doctrina social de la Iglesia de la mejor manera posible”. El comentario que aquí presentamos enfrenta otro capítulo de este coro: en vista de la larga lista de violaciones a los derechos humanos por parte de Beijing, en varias partes se dice que la Iglesia “no está interesada en los derechos humanos”. A continuación, los comentarios de John Mok Chit Wai, quien se encuentra realizando estudios de doctorado en la Universidad de California (Irvine, EEUU), y es uno de los firmantes de la carta escrita por personalidades católicas para evitar la firma del acuerdo entre Beijing y la Santa Sede, el cual sería un “un error deplorable e irreversible”.

 

En un comunicado del Hong Kong Free Press [1], Francisco Sisci, un investigador de la universidad Renmin, es citado por haber dicho: “La Iglesia no está interesada en la política. Ella no está por los derechos humanos, y no está en contra de los derechos humanos”. Es algo tan equivocado, que no puedo creer que salga de la boca de un “experto en Iglesia”.

En su primera encíclica “Redemptor Hominis”, San Juan Pablo II escribe: “En todo caso no se puede menos que recordar aquí, con estima y profunda esperanza para el futuro, el magnífico esfuerzo llevado a cabo para dar vida a la Organización de las Naciones Unidas, un esfuerzo que tiende a definir y establecer los derechos objetivos e inviolables del hombre, obligándose recíprocamente los Estados miembros a una observancia rigurosa de los mismos. Este empeño ha sido aceptado y ratificado por casi todos los Estados de nuestro tiempo y esto debería constituir una garantía para que los derechos del hombre lleguen a ser en todo el mundo, principio fundamental del esfuerzo por el bien del hombre. La Iglesia no tiene necesidad de confirmar cuán estrechamente vinculado está este problema con su misión en el mundo contemporáneo”. (RH 17).

Él deplora también que “si los derechos humanos son violados en tiempo de paz, esto es particularmente doloroso y, desde el punto de vista del progreso, representa un fenómeno incomprensible de la lucha contra el hombre, que no puede concordarse de ningún modo con cualquier programa que se defina «humanístico»”. (Ibíd.)

Si hay quien piensa que estos pasos arriba citados no son lo suficientemente claros, demos una mirada al discurso que San Juan Pablo II dio en ocasión de la Jornada Mundial por la paz de 1999, que lleva por título. “El secreto de la paz verdadera reside en el respeto de los derechos humanos”: “La defensa de la universalidad y de la indivisibilidad de los derechos humanos es esencial para la construcción de una sociedad pacífica y para el desarrollo integral de individuos, pueblos y naciones. La afirmación de esta universalidad e indivisibilidad no excluye, en efecto, diferencias legítimas de índole cultural y política en la actuación de cada uno de los derechos, siempre que, en cualquier caso, se respeten los términos fijados por la Declaración Universal para toda la humanidad” (n.3).

Luego, prosigue subrayando algunos derechos humanos específicos: el derecho a la vida, a la libertad religiosa, el derecho de los ciudadanos a la participación, el derecho a la autorrealización y al derecho a la paz. Él agrega que los derechos civiles y políticos, sociales y económicos deben ser apoyados y protegidos.

Sisci argumenta que Jesús jamás desafió al gobierno romano. Una vez más, se equivoca. Ciertamente, Jesús jamás desafió a ningún gobierno a través de políticas revolucionarias. Sin embargo, él desafiaba a quien fuera a la hora de proteger al débil y al pobre y hacer frente a las injusticias. Abiertamente y sin reservas, él criticó a las elites en el gobierno y condenó a aquellos que oprimían al pueblo y a los demás. Tales desafíos y condenas eran fundamentales, e incluso más poderosas que desmantelar un régimen. Esta era, es y continuará siendo una revolución del amor y de la justicia.

En el último tiempo, un número consistente de “expertos en Iglesia” y de “consejeros del Papa” han continuado afirmando que la Iglesia no quiere quedar implicada en la política, en un intento de calmar las preocupaciones del gobierno chino. Todo esto es correcto, aunque de manera parcial.

Si involucración política significa obrar como un actor estatal, apoyando a candidatos durante una elección o guiando una revolución política para derrocar un régimen, entonces eso es cierto: la Iglesia no quiere estar involucrada en este tipo de política. Pero la política tiene un significado más amplio. Ésta también significa la lucha por la justicia en las estructuras sociales, económicas y políticas, la condena de la opresión y de las injusticias, la protección de los derechos de los pueblos. En este sentido, la Iglesia no puede retraerse de participar en tales deberes políticos. Porque estamos llamados a caminar con los pobres y con los débiles. El beato Oscar Arnulfo Romero jamás tuvo intenciones de combatir contra el gobierno abiertamente. Su misión era proteger a los pobres y defender a la iglesia perseguida. Sin embargo, con dicha misión de amor, él no pudo dejar de enfrentarse con la junta militar, puesto que era el Estado mismo quien originaba la opresión sobre los pobres y la Iglesia.

La “Gaudium et Spes” enseña: “Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que tienen en la comunidad política”. “Luchen con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos”. (GS, 75).

¡Eso lo dice todo!

 

asianews.it

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