Martes, 24 Julio 2018 22:31

Estalla el escándalo de la Iglesia chilena

Es el cuento de nunca acabar: mientras aparecen nuevos datos del escándalo de McCarrrick en Estados Unidos, en Chile el Ministerio Público destapa la magnitud de los abusos en la Iglesia chilena: 158 clérigos investigados, 266 víctimas, 178 de ellas, menores de edad. (Fuente: Infocatolica)

No, no eran ‘calumnias’. Y, una vez más, para vergüenza de los católicos y, muy especialmente, de la prensa católica, han tenido que ser las autoridades judiciales las que destapen todo el escándalo. Es el demoledor informe del Ministerio Público chileno desgranando los casos de abusos que han cometido clérigos chilenos y que ha encubierto su jerarquía desde el 2000.

El documento detalla que hay 158 personas asociadas a 144 investigaciones, 266 víctimas de abuso, de los que 178 -dos tercios- son menores de edad. Además, existen cinco casos donde se investiga encubrimiento u obstrucción a la justicia.

Es para pensar que el Papa debería haber aceptado todas las dimisiones cuando los obispos chilenos las ofrecieron en Roma. Solo aceptó las de cinco. La Conferencia Episcopal Chilena reaccionó como se suele hacer en estos casos: alegando desconocimiento en muchos casos y comprometiéndose a colaborar en las investigaciones. A la fuerza ahorcan.

Según el informe de la fiscalía, “en su gran mayoría los hechos denunciados corresponden a delitos sexuales cometidos por sacerdotes párrocos o personas vinculadas a establecimientos educacionales. También existen 5 casos por encubrimiento u obstrucción a la investigación contra superiores de congregaciones u obispos a cargo de una determinada diócesis”.

Mientras, al norte, en Estados Unidos, siguen publicándose detalles sobre la conducta de McCarrick a lo largo de los años que describen el patrón de un depredador sexual seguro de su posición y de su impunidad, que mantenía sus abusos en medio del gran escándalo de encubrimiento eclesiástico de estas conductas delictivas y mantenía intacta su influencia aunque cada vez parece más difícil sostener que sus fechorías eran desconocidas por su entorno clerical.

Especial impresión ha causado en el público el caso de su abuso continuado durante veinte años de un sujeto, hijo de unos amigos, a quien empezó a molestar sexualmente a los 11 años.

Y fue elevado al cardenalato, pese a que ya se había informado al Vaticano de sus inclinaciones, y luego convertido en Arzobispo de Washington y el clérigo probablemente más influyente de la Iglesia americana. Incluso hoy mantiene su capelo cardenalicio y no ha sido reducido al estado laical, pese a que se le ha prohibido ejercer su ministerio.

Todo esto es el fruto de la infiltración de homosexuales en los seminarios aceptada por la Iglesia tras el Concilio, clérigos carreristas, cómplices o cobardes, el clericalismo que sigue imperando en la Iglesia y que empuja a tantos católicos a ‘subcontratar’ todo lo relativo a la práctica de la fe en la estructura jerárquica y, por último pero en absoluto menor, por ese empeño de ‘lavar en casa los trapos sucios’ que ha frenado a tanta prensa católica a callar lo que sabía.

 

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