Viernes, Diciembre 06, 2019

Política de Estado


Sábado, 22 Septiembre 2018 06:57

Seminarios hoy: Mataderos de vocaciones

(Germinans Germinabit)- ¡El Seminario! Lugar del que todos conocen la existencia pero del que solo algunos, muy pocos, conocen el corazón y las entrañas. Lugar escondido y casi invisible y sin embargo presente en todas las diócesis, al menos antes de las mortales heladas de la singular primavera sesentayochesca. Lugar donde han permanecido, como melancólico monumento a los mejores tiempos, lápidas conmemorativas del sacrificio de las generaciones que nos han precedido, laicos y sacerdotes. Inmensos pasillos y habitaciones, escaleras y salones abundantes, capillas abandonadas y bibliotecas muy bien provistas están al servicio de algunos pocos estudiantes, apenas un puñado.

Hace poco visité uno definitivamente cerrado hacía pocos meses, con huellas frescas de una mudanza apresurada y las plantas en maceteros, muertas, como muerta la esperanza de aquella diócesis. Otra diócesis en cambio cerró “felizmente” hace pocos años el grandísimo edificio del Seminario por falta de recursos económicos para mantenerlo, y ha transferido todo a una estructura más redimensionada. Hecha la mudanza, pronto ha surgido el dinero suficiente para transformar el ex-Seminario en un moderno centro de Cáritas con dormitorio anexo para los “sin-techo”. O en un almacén y cubículo de referencia para la Fundación Pere Tarrés (educación en el tiempo libre y acción social, dicen)

El proyecto está claro en todas partes. Es inquietante constatar que en los perfectos y concienzudos planes económico-pastorales de las diócesis no se tenga en cuenta el reducido pero sacrificado capital humano que en los Seminarios vive y lucha cotidianamente.

 En los pasillos de un Seminario moderno no solo hay chicos en sandalias y camiseta de la JMJ o algún sacerdote vestido de clergyman gris con el alzacuellos abierto. También anida la bestia de la soledad y de la indiferencia que agrede ferozmente sin que haya una defensa adecuada. Es una bestia que merodea con los documentos de la Conferencia Episcopal en la mano y las cartas timbradas con el sello pontificio de la Sagrada Congregación para la Educación Católica. No confundirla con la otra progresiva bestia del escándalo sexual. Esta última es más notoria, le gusta llenar las primeras páginas y los platós de TV. Como en el caso, por ejemplo, de las orgías en el Seminario austriaco de St. Poelten, con la complicidad de los superiores. Con videos y más de 40.000 fotografías de los encuentros. Fue en el 2004 y su rector tuvo que dimitir al instante.

O el triste récord de la diócesis de Brescia en Italia donde tres vicerrectores, uno tras otro, fueron condenados por los Tribunales por delitos sexuales en 2010. Y decenas de casos que podríamos relatar también aquí en España, pero que no es el caso.

No, esta bestia a la que me refiero no ama los grandes escándalos y la luz de los focos, obra siempre en la sombra y se nutre de la indiferencia. Vayamos por partes.

El Seminario es el lugar previsto para la formación de los sacerdotes que prestarán servicio en la diócesis. Los religiosos de una orden o congregación poseen también sus propios centros de formación, con una formación más adecuada a su vocación singular. Debido a la escasez de vocaciones, las diócesis unen seminaristas y esfuerzos económicos para gestionar unos seminarios compartidos que aquí llamamos interdiocesanos. Las diócesis más grandes disponen de un Seminario propio (como es el caso de Barcelona aunque con apenas 35 seminaristas residentes más un puñado de 4 o 5 en etapa pastoral) Hay otras que aún conservan el Seminario Menor donde conviven chicos vocacionados que estudian la ESO. Estos últimos, en otros tiempos muy difundidos y frecuentados por muchos jóvenes prescindiendo de una eventual vocación sacerdotal, están en vías de extinción. Salvo en algunas diócesis testarudas donde los obispos tienen como objetivo prioritario las vocaciones en su territorio. Como el de Cartagena-Murcia, Mons. Lorca Planes que hace un par de años inauguró el nuevo edificio del Menor en Santomera y que ya dispone de 25 seminaristas. Pero cuyo Seminario Mayor de San Fulgencio tenía el pasado curso 37 seminaristas estudiantes y residentes. Y no los envían los del Opus desde sus colegios o desde Navarra en convenio y pacto de colaboración con Sistach o con Omella. Nacen y surgen de las parroquias diocesanas, con factura comprobante de veracidad.

Un chico que acabado su bachillerato o su carrera civil quisiese emprender el camino del Seminario, después de expresarlo a su propio párroco o a su obispo, normalmente tiene que realizar un año introductorio que se llama “propedéutico”. No es un verdadero y propio año de seminario: se hacen estudios introductorios y su finalidad es acostumbrar gradualmente al joven a los varios compromisos y responsabilidades comunitarias. Terminado este año, si los superiores lo juzgan oportuno, el propedeuta se convierte en seminarista y puede empezar el recorrido del seminario. El primer compromiso es el estudio de las materias filosófico-teológicas que están estructuradas como en cualquier universidad: un ciclo de 5 o 6 años con exámenes y créditos. Naturalmente es indispensable también una sólida formación espiritual y humana a través de la vida litúrgica, la dirección espiritual y el servicio pastoral. Terminados los estudios y tras la recepción de diversos ministerios, existe una etapa pastoral y la ordenación, primero diaconal y después presbiteral. En total 6 o 7 años, variables según el Seminario.

Esta es la fachada de las cosas. Intentemos ir más allá de la escenografía y ver qué sucede realmente: los seminaristas son sujetos que hay que “resetear y reprogramar”(palabras textuales oídas por mí de un obispo responsable de un Seminario Interdiocesano). He aquí porqué se multiplican las palabras, las homilías cotidianas, lecciones, cursos, conferencias, iniciativas disparatadas y todo cuanto pueda servir para “rellenar de ideas” a los sujetos a educar. Naturalmente no se tiene en cuenta el impacto real que causa este bombardeo en los jóvenes. Lo importante es haberlo hecho.

Los candidatos que se presentan para iniciar el recorrido formativo pueden tener una edad variable que va desde los 19 a los 50: de los crecidos en una parroquia, a los que llevan a sus espaldas una vida laboral, una relación afectiva o una reciente conversión. Como el trabajo educativo con estos mimbres no es fácil, se opta por un perfil bajo, un mínimo común  denominador. El joven veinteañero debe compartir una vida comunitaria con gente mayor que quizás ha conocido las relaciones sexuales o que ha accedido a la Fe hace relativamente poco. Visto por un cuarentón, éste debe vivir con chavales un poco ingenuos y ser tratados todos ellos por los superiores del mismo modo, casi como escolares limitados por reglas infantiles y degradantes. Desde el punto de vista espiritual, todos llevan a sus espaldas una vasta experiencia muy diversa: grupos, parroquias, movimientos, asociaciones.  Cada uno lleva su sello eclesial y litúrgico en esta actual babel católica.

También aquí se apunta al mínimo: se propone e impone un standard no sobre lo que es justo sino sobre lo que puede ir bien a todos. La formación empieza a tener un regusto decadente y con fecha de caducidad. En la mayoría de los casos un hombre sale del Seminario con las mismas características negativas que tenía cuando entró; habiendo adquirido incluso otras nuevas. Es un milagro si se conserva lo bueno que se tenía al inicio, pero eso no es muy corriente. Sí, habéis leído bien: todo es susceptible de empeorar. ¿Por qué? Porque aunque son pocos los sujetos, se tiende a poner en un segundo plano a la persona en favor de una genérica comunidad. Me parece oír el grito de Giovanni Guareschi: “Nadie está más solo que el hombre perdido entre la multitud”. Fuera de la dirección espiritual, el resto del trabajo educativo se realiza sobre el grupo y no sobre la persona singularmente considerada. Únicamente se trabaja sobre la persona cuando surgen graves problemas, es decir cuando la bestia de la que hablo, ha agredido a alguien o ha atentado contra algo. El Seminario es el templo de las palabras…

Los fines de semana cuando no hay clases, los seminaristas aterrizan en la experiencia pastoral de una parroquia: son puestos al servicio de una comunidad y de su párroco. Cada dos o tres años son cambiados de parroquia para experimentar cosas nuevas. En breves palabras: el joven es desarraigado de su propia comunidad y de su familia para entrar en el Seminario. Después viene confiado a una parroquia de la que se le desarraiga después de un periodo de tiempo para ser puesto en otra. Y esto dos o tres veces durante todo el periodo de formación. Después se convierte en sacerdote y se le confía una parroquia de la que será puntualmente desarraigado después de un periodo de tiempo y así indefinidamente hasta que acaba su ministerio en una residencia sacerdotal o acogido por alguna familia si él no tiene a nadie de la suya. El desarraigo continuo es un de los principios sólidos de la actual vida eclesial y resulta letal para la persona que siente que su afectividad se empobrece poco a poco a medida que el tiempo pasa. ¿Cómo puede un seminarista o un sacerdote vivir su paternidad hacia su gente si este ministerio se encuentra en continua fecha de caducidad?

 

Más allá del desarraigo está la grave pestilencia de la doble vida. En el Seminario se aprende a vivir en un riconcito privado donde nadie entra y nadie puede juzgar. Existiendo un perenne “Gran Hermano” que puede utilizar en tu contra todo lo que digas o hagas, uno aprende a callar, a hablar en voz baja, a susurrar, a preferir sonrisitas complacientes que a mostrar los propios intereses e ideas. Pero en el rinconcito del propio corazón hay una voz que se rebela encadenada y encerrada. Si quieres tener éxito en el Seminario y en la Iglesia, calla y tira para adelante. Y uno obedece. Y el rinconcito puede convertirse en una habitación o en un palacio donde vivir cómodamente. Recibido el sacramento del orden, uno puede continuar teniendo su rinconcito privado limpio y en orden, y cultivando una doble vida. No se trata de una vida de escándalos o de desórdenes morales. Es solo algo latente, una especie de vida embrionaria. Porque quien tiene una sola vida, un solo pensamiento, una sola opinión, una sola cara, lo paga muy caro en la Iglesia de la misericordia. Mejor el rinconcito. Podemos poner ahí un hobby, una inocente práctica deportiva para desfogarse. O llenarlo de un interés casi enfermizo por los objetos sagrados y antigüedades. O llenarlo con aquella catequista amiga. O aquel monaguillo que…

El seminarista o sacerdote debilitado por estas dos llagas (la falta de afecto y la doble cara) es presa fácil de la bestia. ¿Qué es? Es la tristeza, la soledad, la indiferencia, la depresión, el vaciado del corazón. No es fácil contrarrestarla ni siquiera con una vida de Fe limpia, si la situación en tu entorno es perennemente agresiva. La atención psicológica puesta al alcance de los individuos por las diócesis, muy a la moda, parece servir a muy poco. A menudo los superiores y los obispos intentan utilizar el secreto profesional para sus fines, sean éstos positivos o negativos. A menudo el mal vivir entra en el Seminario y produce tragedias. Se esconden datos de suicidios de seminaristas, superiores de Seminarios, y sacerdotes que nos dejarían boquiabiertos, quizás frágiles o con poca fe. No es sencillo juzgar sin saber cómo funcionan las cosas allí dentro. Y eso puede significar ver hecha trozos la propia vida: porque las autoridades humanas impiden la realización de las vocaciones queridas por Dios. No todo lo que Dios quiere se realiza en las concretas cosas humanas. Su voluntad se deja ensuciar por las libertades humanas que pueden obrar contra la suya. Y eso sucede ante le indiferencia de muchos que tendrían que poner remedio, pues han recibido responsabilidad con este fin.

El seminarista no tiene ningún derecho en las actuales leyes eclesiásticas: el éxito de su iter formativo se basa enteramente en el arbitrio de sus superiores. Hemos de suponer que estos actúan honestamente, pero no existe nada para tutelarlo de los abusos. Un seminarista calumniado por un tercero o juzgado negativamente en base a hechos opinables no goza de ningún tipo de tutela.

A esta Iglesia que ha tirado a la basura su patrimonio multisecular (misa, sacramentos, sana doctrina, catecismo…) le interesa mucho mantener esta institución tridentina como es el Seminario, empapada de jesuitismo, muy útil en estos tiempos modernos porque permite ejercer un control e imponer un estilo de obediencia ciega. Pero hemos de preguntarnos hasta que punto es útil para la formación de sacerdotes. Los ejemplos de los seminarios tradicionales valen muy poco, pues éstos pertenecen a institutos o fraternidades sacerdotales que funcionan a modo de familia religiosa creando un clima de pertenencia muy diferente del que encontramos en las diócesis. Probablemente los problemas se resolverán con el tiempo, cuando los números se desmoronarán hasta cero. Entretanto nos queda rezar para que el Buen Pastor lleve remedio a las almas y consuelo a los corazones heridos de seminaristas y sacerdotes. 

Prudentius de Bárcino

Artículo publicado en Germinans Germinabit

 

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