Jueves, 15 Noviembre 2018 11:35

1.000 días sin tus hijos por la ideología de género

Es posible que la ideología de género arrase con dos o tres generaciones. O al menos, las dejará muy tocadas. Pero nuestra fortuna y esperanza esta en la certeza de que, al final, la verdad y el bien siempre prevalecen.

Este próximo sábado 17 de noviembre se celebra en Madrid la I Marcha Estatal por los Derechos de los Niños, convocada por el Movimiento Femenino por la Igualadad Real que dirige la simpar Antonia Alba, con el apoyo de cerca de una treintena de organizaciones cívicas y el único apoyo político de VOX y el recientemente fundado Partido por la Igualdad Real.

Para los interesados, cabe decir que tendrá lugar a las 12 horas, desde el Senado hasta la plaza de Cibeles.

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Algunos podrán pensar qué necesidad hay en manifestarse por los derechos de los niños cuando han pasado casi 60 años desde que se promulgara la Declaración Universal de los Derechos del Niño y casi un siglo desde la Declaración de Ginebra de los Derechos del Niño de 1924.

En España, desde luego hay una necesidad imperiosa a tenor de los avances de la ideología de género, esa que en definición libre basada en los estudios del argentino Agustín Laje es entendida como una ideología anticientífica con tintes totalitarios que necesita de la complicidad del Estado para su imposición y supervivencia.

He leído en días pasados ‘1.000 días sin tus hijos‘, un texto valientemente editado por Letrame Grupo Editorial que estremece de la primera a la última página del relato que discurre al tiempo con sencillez y hondura de la mano de Fernando Mompradé Viñuales, su autor.

“La historia que se narra en ‘1.000 días sin tus hijos’ refleja sólo una, aunque muy terrible, de las consecuencias se desencadenan las dentelladas de la hidra de la ideología de género”

Relato magníficamente acompañado por textos de abogados, psicólogos, criminólogos, cineastas, detectives privados, investigadores y personas anónimas (padres, madres, abuelos) que han conocido de primera mano los estragos que leyes inicuas están perpetrando sobre la inocencia de miles de niños en nuestro país.

Mompradé advierte que el relatoque presenta es ficción, pero no es menos cierto que esta ficción está anclada a su propia experiencia vital. Tanto que se puede paladear -con naúsea y angustia la mayoría de las veces- el ambiente que rodea la historia de un padre roto que, de la noche a la mañana, ve cómo todas las ilusiones de un ciudadano corriente (formar una familia, educar a los hijos, amar a tu mujer, progresar en el trabajo) estallan con la ayuda de las leyes de género, muy en particular la Ley Integral de Medidas contra la Violencia de Género.

El autor pretende “poner luz a una realidad social que existe, aunque no se le dé pábulo. La de los hombres que por el hecho de separarse-divorciarse pierden su papel de padres”. Por desgracia, esta es una realidad muy común, a pesar de que los porcentajes de custodias compartidas hayan crecido de forma tímida en los últimos años.

Como explica Mompradé “padres que quieren abrazar, pero sólo se les permite pagar”.

La historia que se narra en ‘1.000 días sin tus hijos’ refleja sólo una, aunque muy terrible, de las consecuencias se desencadenan las dentelladas de la hidra de la ideología de género.

“Antes o después, toda esta mentira caerá. El esquema de la lucha de sexos se difuminará como lo hizo la lucha de clases, que es algo así como su tatarabuela ideológica”

A las mafias que rodean el negocio de las acusaciones de malos tratos en los procesos de ruptura familiar, que inhabilitan al varón como padre y casi como ser social y hasta humano, se unen las leyes que arrebatan a los padres y madres de las familias que no han conseguido destruir su derecho a educar a sus hijos según sus propias convicciones; que retuercen la mente y el corazón de los niños desde el jardín de infancia para sumirles en un torbellino de falsas identidades; que obligan a todos a pagar con sus impuestos las particulares visiones que cada cual tenga de su cuerpo y sus igualmente particulares formas de uso genital, lejos de lo dispuesto por la naturaleza; que amenazan con multas y cárcel a aquellos que tienen el descaro de decir, como ‘Los Inhumanos’, que “las chicas no tienen pilila”…

Gracias a Dios, frente a la hidra, cabe la esperanza, que en este momento se sustancia de dos maneras a mi entender.

La primera es que la ideología de género, choca frontalmente con la realidad por mucho que se retuerza. Y ya se empiezan a ver estertores de ese proceso que algunos creen infinito: un hombre dice ser mujer para jubilarse antes en Argentina; otro reclama cambiarse la edad ante la Administración porque se siente joven; un tercero es elegido como representante de España en el certamen de Miss Universo, mientras expulsan a una mujer por ser madre; violadores que se presentan como mujeres tras ser condenados, acaban expulsados de los presidios femeninos porque siguen acosando; otro más que gasta 50.000 doláres en cirugías porque dice ser un “marciano asexuado”…

Antes o después, toda esta mentira caerá. El esquema de la lucha de sexos se difuminará como lo hizo la lucha de clases, que es algo así como su tatarabuela ideológica.

El segundo foco de esperanza es el de la movilización desde la sociedad civil y algunos tímidos destellos a nivel político contra toda esta manipulación. Sin duda alguna, la irrupción del autobús de HazteOir.org, que luego se paseó por media Europa, la América hispana y los Estados Unidos, fue un puntal.

Pero son muchas las entidades que, con menor notoriedad pública, han ido forjando una red de trabajo discreto, callado, que ha aprendido a base de trompazos y que cada día gana más partidarios contra esta ideología liberticida, anticientífica y deshumanizadora.Probablemente, porque cada vez son menos los que no conocen a alguien cercano que esté sufriendo los desmanes de la dictadura de género.

Es posible que la ideología de género arrase con dos o tres generaciones. O al menos, las dejará muy tocadas. Pero nuestra fortuna y esperanza esta en la certeza de que, al final, la verdad y el bien siempre prevalecen.

A nosotros nos toca decidir si queremos estar sometidos, indiferentes o activos frente a la ideología de género.

 

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