Jueves, 13 Diciembre 2018 15:06

Bebés de diseño ‘made in China’, ¿nuevo negocio?

La carrera hacia el mejoramiento genético puede ser imparable y las perspectivas de negocio ineludiblemente intentarán ampliarla. La selección genética llevará al diseño y el diseño a la eugenesia. ¿Es lo que queremos?

 
   
Existe la posibilidad de crear bebés de diseño mediante la edición genética.

La noticia de la exitosa manipulación genética realizada por el científico chino He Jiankui a través de la técnica CRISPR-Cas ha vuelto a despertar todas las alarmas en la comunidad científica. Hasta ahora dichos experimentos se consideraban reservados a la experimentación en animales, ya que las posibles consecuencias de eliminar o modificar genes en la fase embrionaria del desarrollo pueden dar lugar a efectos indeseables. No se debería olvidar que cada gen es capaz de codificar muchas proteínas funcionales, de modo que las manifestaciones de dicha modificación pueden ser más imprevisibles de lo que se creía inicialmente.

Por otra parte, el loable objetivo de la manipulación genética notificada, que era obtener unos niños sanos sin susceptibilidad de infección HIV, puede obtenerse en la actualidad de otros modos mucho más sencillos. En concreto, estudios con parejas en los que uno de los miembros estaba ya infectado por el virus y el otro no, sin recurrir a ninguna técnica de reproducción asistida, han conseguido tasas de embarazo espontáneo superior al 80%.

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Si la técnica se demostrara segura, ¿deberíamos buscar la perfección genética para nuestros hijos o, al menos, podríamos producir los rasgos genéticos deseados?

En estos casos, la transmisión del VIH de la madre al hijo durante el embarazo está ya sólo en torno al 1% cuando se mantienen adecuadamente los eficaces tratamientos antirretrovirales disponibles, haciendo que la carga viral de los portadores sea prácticamente indetectable.

Pero el debate abierto realmente va más allá. Si la técnica se demostrara segura, ¿deberíamos buscar la perfección genética para nuestros hijos o, al menos, podríamos producir los rasgos genéticos deseados? En abstracto, se puede afirmar que nadie pretende vivir en un mundo feliz, donde utópicamente los padres examinan un catálogo de rasgos y seleccionan cuidadosamente al hijo perfecto. Pero, individualmente y caso por caso, no sería implanteable que una familia desee engendrar un hijo de mayor estatura que la media familiar, si existe algún complejo de inferioridad en ese sentido por parte del padre o la madre y la técnica de modificación genética lo permite.

He Jiankui es el científico chino que dice haber creado bebés de diseño en China.

Se hecho, solicitar la selección de sexo para engendrar un niño o una niña con la justificación de realizar el propio proyecto familiar ya se encuentra contemplado en algunas legislaciones y otras características corporales de la descendencia podrían encontrar justificación si se sigue apostando por una medicina basada en el deseo y las emociones, como ya sucede en otros ámbitos de medicina o cirugía propiamente satisfactiva, no asistencial, como la cirugía estética o los ‘cambios’ de sexo.

Bioeticistas como Julian Savulescu ya animan a los padres a acudir a la selección genética para obtener los mejores estándares de rendimiento para sus hijos, defendiendo esta opción incluso como un deber moral

Teniendo todo esto en cuenta, Leon Kass, presidente del Consejo de Bioética del presidente Bush, advirtió que el diagnóstico genético prenatal podía deslizarse también por una pendiente resbaladiza que llevara donde la sociedad inicialmente no pensaba ir. “No cabe duda –advertía Kass- que el precio a pagar por producir bebés optimizados genéticamente, puede ser la transferencia de la procreación del hogar al laboratorio. El mayor control sobre el producto sólo se puede conseguir mediante la creciente despersonalización de todo el proceso y su coincidente transformación en una industria. Semejante proyecto será profundamente despersonalizador”.

Estas afirmaciones podrían ser consideradas como exageradas o injustificadamente alarmistas. Sin embargo, bioeticistas como Julian Savulescu ya animan a los padres a acudir a la selección genética para obtener los mejores estándares de rendimiento para sus hijos, defendiendo esta opción incluso como un deber moral. El razonamiento de ese autor es que los padres deberían usar la tecnología disponible para manipular “la memoria, el temperamento, la paciencia, la empatía, el sentido del humor, el optimismo” y otras características de sus hijos, si ello fuera posible, para darles “las máximas oportunidades para desarrollar sus vidas en las mejores condiciones”.

La confusión de la que se parte es concebir la salud y las disposiciones de carácter en términos absolutamente instrumentales y manipulables como si la libertad inherente al ser humano no existiera. Por supuesto, que los padres deben buscar lo mejor para sus hijos, pero también deben aceptar que éstos no cumplan estándares de calidad ficticiamente asumidos. Los hijos deben ser queridos de modo incondicional, no por los logros que consigan alcanzar.

Otro crítico de la modificación genética de la especie humana es Michael Sandel, politólogo de la Universidad de Harvard, quien advierte de que “algo que había empezado como un intento de tratar una enfermedad o prevenir un defecto genético, se puede convertir rápidamente en un instrumento de mejoramiento a elección del consumidor”. Su advertencia no debería caer en saco roto.

Si echamos la vista atrás, aún sin considerar las connotaciones éticas correspondientes, en el desarrollo inicial de la reproducción asistida, que empezó como una posibilidad para solucionar problemas de parejas infértiles, casi nadie había previsto su deriva hacia las peticiones de bebés medicamento, selección de sexo a demanda o el alquiler de útero. De modo similar, la carrera hacia el mejoramiento genético puede ser imparable y las perspectivas de negocio ineludiblemente intentarán ampliarla. La selección genética llevará al diseño y el diseño a la eugenesia. ¿Es lo que queremos?.

 

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