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Política de Estado


Viernes, 28 Diciembre 2018 08:53

Por qué la corrupción eclesial no justifica la apostasía

El Prof. Korey Maas, luterano y profesor de Historia en el Hillsdale College, en un reciente artículo publicado en The Federalist sobre el escándalo de los abusos sexuales que está sacudiendo la Iglesia católica, pregunta: “¿Acaso no hay ningún abuso cometido por la Iglesia que haga decir basta a los fieles católicos”. La respuesta, en pocas palabras, es no. En otro momento, Maas insiste: “¿Qué abusos, tanto físicos como espirituales, no habrá cometido, encubierto o incluso premiado la jerarquía [católica] con la tranquila seguridad de que sus fieles nunca se irán sin poner en peligro, o incluso renunciar a, su salvación?”. La respuesta a esta pregunta -por muy asombrosa que pueda parecerles a los no católicos-, es también no. No hay límites al mal que la jerarquía católica pueda cometer que cause el abandono, por parte de los fieles católicos, de su Iglesia en favor de otra institución religiosa. Podría dejarlo aquí, aunque me imagino que muchos lectores me pedirían una explicación a este afirmación, y una respuesta más exhaustiva a las otras críticas que hace Maas a mi artículo anterior en The Federalist.

Dos paradigmas fundamentalmente diferentes
Hay una distinción fundamental paradigmática entre Maas y yo que explica tanto la perseverancia de los católicos en la defensa de su Iglesia, como la incredulidad de los protestantes en lo que ellos perciben como una intransigencia tenaz, un esconder la cabeza bajo el ala. Para los católicos, la Iglesia fundada por Cristo es una unidad visible. El obispo, que afirma poseer un oficio que tiene origen apostólico, y todos los cristianos en comunión con él, son una manifestación de esta unidad. El bautismo, el sacramento impartido a todos los católicos y que es la puerta de entrada a la vida cristiana, y el sacramento de la Eucaristía, celebrado por sacerdotes que reciben la autoridad del obispo, son otros ejemplos de este misma unidad tangible y visible.

No es una idea nueva. San Ignacio de Antioquia, escribiendo en la primera década del siglo II, resaltaba que el oficio del obispo y el sacramento de la Eucaristía son componentes fundamentales de la unidad cristiana visible. En su Carta a los Trallanos, san Ignacio escribe: “Porque cuando os sometéis al obispo como a Jesucristo … es, pues, necesario -como hacéis-  que no realicéis nada sin el obispo… sin estos [el obispo y los sacerdotes] no se puede llamar iglesia”. En su Carta a los Esmirnenses, escribe: “Nadie haga nada de lo relacionado a la Iglesia sin el obispo. Téngase por válida aquella eucaristía celebrada por el obispo o el que él mismo autorice”.

 
Para los católicos, no hay una Iglesia separada de la unidad visible del oficio episcopal, puesto que esta es la institución establecida por Cristo. Sin el obispo, no puede haber Eucaristía, el corazón de la vida católica. Separarse de esto sería crear -o unirse a- un cisma en la Iglesia que Cristo fundó. Y no hay ningún pecado cometido por los miembros de la Iglesia que justifique el pecado adicional de un cisma. Más bien, preferiríamos morir que cometer cualquier pecado, incluyendo el pecado del cisma. Un amigo mío, estudiante de doctorado en teología, lo plantea muy bien cuando escribe: “No hay nada que cualquier hombre pueda hacer por medio de sus pecados que invalide algo que estableció Jesucristo. La Iglesia pertenece a Cristo, no a su jerarquía”.

Esta perspectiva es contraria al paradigma de quienes, como Maas, defienden una eclesiología en la que la Iglesia no es esencialmente visible. Para la mayoría de los protestantes, seguidores de Lutero y de Calvino, no existe esta unidad eclesiológica visible y fundamental. Lo que realmente cuenta es la iglesia invisible que abarca a los verdaderos creyentes. Lutero rechazaba la autoridad apostólica de los obispos de la Iglesia por considerarla ilegítima. Esta es la razón por la que los protestantes, durante cinco siglos, no han tenido problema en romper con sus propias comunidades para formar otras nuevas. Cuando la Iglesia no se considera una unidad visible, esta rupturas pueden justificarse por cualquier tipo de razón: desacuerdos teológicos, la inmoralidad de la jerarquía eclesial o incluso diferencias de personalidad.

¿Qué pasa si la Iglesia católica cambia su doctrina?
¿Qué pasa, argumenta el Prof. Maas, si la Iglesia deja de defender la verdad religiosa? Si Roma cambia su doctrina, ¿no está renunciando a la afirmación de mantener la misma verdad de fe durante los últimos dos mil años? Maas saca a relucir, como ejemplo, “el cambio de ‘la enseñanza constante de la Iglesia'” en la necesidad de estar sometido al Papa para la salvación, en la moralidad de la pena capital o en el acceso a la comunión de los divorciados que se han vuelto a casar. No puedo responder de manera exhaustiva a los tres ejemplos planteados por Maas en este artículo, ya que son temas más adecuados para una revista teológica que para un portal de información general. Los abordaré brevemente e indicaré a los lectores interesados bibliografia más extensa sobre la materia.

Primero, Maas afirma que la Iglesia ha cambiado su postura sobre la necesidad de estar sometido al Papa para la salvación. Algunos documentos de la Iglesia de la Edad Media declaran que este sometimiento es necesario; el Concilio Vaticano II (años 60) y el Catecismo de la Iglesia Católica (1994) enseñan que distintas iglesias y comunidades eclesiales no romanas poseen “medios de salvación cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia católica” (n. 819 del CIC). Maas acusa a la Iglesia católica de intentar reconciliar estas dos enseñanzas utilizando “un esoterismo que más allá de la comprensión de todos menos de los más ardientes apologistas”.

Sin embargo, el grado en que un argumento puede ser esotérico no esta relacionado para nada con su veracidad. Los estudiosos de la Biblia utilizan argumentos esotéricos para armonizar lo que a menudo tienen una apariencia contradictoria en la Sagrada Escritura. Muchos se encontrarían en dificultades si tuvieran que nombrar una disciplina académica -matemáticas, física, biología, filosofía- que no utilice ideas esotéricas, incluso en temas básicos. ¿Acaso nos quejamos cuando los ingenieros aeronáuticos ofrecen explicaciones complicadas para ilustrar cómo funciona un avión a reacción? Algunas cosas sencillamente necesitan una argumentación y un matiz sofisticados para parecer esotéricos. Esto sucede con la visión que tienen los católicos de los protestantes -los lectores interesados pueden leer artículos sobre este tema aquí o aquí para valorar las argumentaciones sobre este tema teológico en particular.

Seguidamente, Maas cita el cambio introducido recientemente en un párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica respecto a la pena de muerte. Muchos teólogos católicos y apologistas han abordado esta cuestión de una manera más que satisfactoria, observando que hay una continuidad en la enseñanza sobre la pena capital entre el Papa Francisco y sus predecesores, Benedicto XVI y Juan Pablo II.  Y respecto al comentario de Maas sobre el debate que hay en la Iglesia en relación a si los divorciados que se han vuelto a casar pueden comulgar, no se ha decretado ningún cambio definitivo y universal, por lo que no tiene mucho sentido defender un futuro e hipotético escenario.

La religión de Dios y Jesús siempre ha “cambiado”
Debemos tener en cuenta también que el cristianismo, y todas las religiones bíblicas, han sufrido cambios. En el Nuevo Testamento, Jesús les dice a sus discípulos que bajo la ley de Moisés tenían permiso para divorciarse, y que ahora no lo tienen (Lucas 16, 18). Su Sermón en la Montaña parece abolir una gran parte de la ley mosaica. Jesús instituye nuevos sacramentos que sus seguidores deben realizar, entre ellos, el bautismo y la Eucaristía. Más tarde, los concilios de la Iglesia declararon doctrinas como la doctrina de la Trinidad, que no aparece en ningún lugar de la Biblia.

Todos estos fueron cambios y algunos de ellos, ciertamente, parecían contradecir rotundamente todo lo anterior. Además, para muchos de los discípulos de Jesús sus enseñanzas eran difíciles de aceptar y dejaron de seguirle (Juan 6, 66). Seguramente, Maas estará de acuerdo en que no es motivo para rechazar la religión bíblica el que haya algunas cosas que, al principio, nos parezcan contradictorias, ni para abandonar a Cristo o a los apóstoles el que parezca que se contradigan entre ellos o a los que les precedieron. Ser un buen discípulo de Cristo es luchar por reconciliar todas sus enseñanzas en un todo coherente. Si Cristo verdaderamente fundó la Iglesia católica, debemos suponer que sus enseñanzas requieran igualmente una meditación orante y profunda que ponga a prueba nuestros recursos intelectuales.

Algunas observaciones finales
Maas se dedica a argumentar utilizando mucho la sugerencia. Esto tiene un efecto retórico que, en última instancia, no tiene un valor real. Lo peor de todo es el final de su artículo, en el que Maas sugiere que, el hecho de que los católicos defiendan absolutamente permanecer en la Iglesia sin tener en cuenta los escándalos, los hace “culpables de perpetuar la forma de pensar, que es parcialmente responsable de los escándalos que están sacudiendo de nuevo sacudiendo a la Iglesia”. ¡Maas está, de hecho, acusando a católicos como yo de permitir los escándalos de abuso sexual de la Iglesia! Sin embargo, los católicos no están defendiendo a los miembros de la jerarquía de la Iglesia como intocables, sino el oficio que estos tienen. Además, si empleamos esta misma línea de razonamiento, todos los que creen totalmente en la autoridad de la Biblia serían en parte responsables cuando malos actores tergiversan la Escritura para defender el mal: la esclavitud, el racismo, el colonialismo, el abuso de mujeres, etc.

Maas también me acusa de “renunciar a una lectura pura de esos autores en favor de una exégesis esotérica” de escritores católicos como George Weigel y Robert P. George (¡otra vez con lo “esotérico”!). Sin embargo, Robert George, al escribir sobre mí en Facebook, me dio las gracias por mi “excelente artículo”, por “defender” sus escritos y por “leer con atención” lo que él piensa.

Por último, todo lo que hay que decir es lo que he afirmado en el primer párrafo. Es decir, que la identidad de la Iglesia católica non puede ser destruida por quienes llevan el timón. Ante todo, la Iglesia no es de ellos, como tampoco es nuestra. La Iglesia es, primero de todo, de Cristo. Si creemos esto, no la abandonamos, a pesar de los fracasos y errores de sus líderes. Si la Iglesia es quien afirma ser, es decir, la institución creada por Cristo, que Él prometió custodiar y preservar, entonces no hay justificación ninguna para abandonarla. Esto es verdad ahora como lo fue durante la Reforma, otro periodo de mala conducta grave e incompetencia por parte de la jerarquía. Como entonces, lo que la Iglesia necesita es que sus miembros, en lugar de abandonarla, permanezcan en ella, recen y  la reconstruyan.

Publicado por Casey Chalk en Crisis Magazine; traducido por Elena Faccia para InfoVaticana.

 

 

https://infovaticana.com

 

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