Lunes, Noviembre 18, 2019

Política de Estado


Sábado, 26 Enero 2019 14:49

“La fuerza de la Iglesia no está en el apoyo de los poderosos o de la política”

 

Francisco se reúne con los obispos de Panamá y, en un discurso impregnado de las palabras de San Romero, les exhorta a “robar” a los jóvenes de la calle y de la cultura de la muerte que “vende humo”. Sobre los migrantes: “No basta denunciar, hay que superar miedos e indiferencia”
 
El Papa Francisco encuentra a los obispos de Panamá en la Iglesia de San Francisco de Asís
 
 25/01/2019
SALVATORE CERNUZIO
 

Una Iglesia vacía de cualquier arrogancia o autoridad, entendida como pretensión de poder. Una Iglesia que no encuentra su fuerza “en el apoyo de los poderosos o de la política” sino en la “kénosis” y la humildad.

Una Iglesia “pobre” porque la pobreza es “madre y muro”, comprometida con “robar” a los jóvenes de la calle y de la cultura de muerte que sólo “vende humo”.

Es San Óscar Romero quien habla, a través del papa Francisco, en la Iglesia de San Francisco de Asís donde el Pontífice, durante su segunda cita de del viaje a Panamá con motivo de la JMJ, se reunió con los obispos del país centroamericano.

Las palabras y pensamientos del arzobispo salvadoreño, brutalmente asesinado por los escuadrones de la muerte y canonizado el pasado mes de octubre, marcan todo el discurso del papa. Casi una pequeña encíclica sobre el papel del obispo y sobre el sentido de la presencia de la Iglesia en un territorio herido como es el de América Latina, por la violencia de las bandas, el narcotráfico, los secuestros y homicidios, especialmente de las mujeres. 

 
“En la Iglesia Cristo vive entre nosotros y por eso tiene que ser humilde y pobre, ya que una Iglesia altanera, una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente, no es la Iglesia de la kénosis”, afirma. Así centrada la Iglesia “cada vez es más libre”, “una Iglesia que no quiere que su fuerza esté —como decía Mons. Romero— en el apoyo de los poderosos o de la política, sino que se desprende con nobleza para caminar únicamente tomada de los brazos del crucificado, que es su verdadera fortaleza”, subraya el Pontífice. 

 

Robar a los jóvenes de la calle y a la cultura de la muerte a los pastores revela después toda la preocupación por los jóvenes de Centro América: “róbenselos a la calle antes de que sea la cultura de muerte la que, “vendiéndoles humo” y mágicas soluciones se apodere y aproveche de su imaginación”, dice a los obispos, exhortado a “promover programas y centros educativos que sepan acompañar, apoyar y responsabilizar a vuestros jóvenes. “Y háganlo –añade-- no con paternalismo, de arriba a abajo, porque eso no es lo que el Señor nos pide, sino como padres, como hermanos a hermanos.

Ellos son rostro de Cristo para nosotros y a Cristo no podemos llegar de arriba a abajo, sino de abajo a arriba. Son muchos los jóvenes que dolorosamente han sido seducidos con respuestas inmediatas que hipotecan la vida”. 

En América Latina droga, crímenes y feminicidios. Los jóvenes a merced del primer estafador. Lo denunciaban ya muchos Padres durante el Sínodo de octubre: por “constricción o falta de alternativas” muchos jóvenes “se encuentran sumergidos en situaciones altamente conflictivas y de no rápida solución: violencia doméstica, feminicidios —qué plaga que vive nuestro continente en este sentido—, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, explotación sexual de menores y de no tan menores, etc., y duele constatar que en la raíz de muchas de estas situaciones se encuentra una experiencia de orfandad fruto de una cultura y una sociedad que se fue “desmadrando”.

Hogares resquebrajados tantas veces por un sistema económico que no tiene como prioridad las personas y el bien común y que hizo de la especulación “su paraíso” desde donde seguir “engordando” sin importar a costa de quién. Así nuestros jóvenes sin hogar, sin familia, sin comunidad, sin pertenencia, quedan a la intemperie del primer estafador”. 

Migrantes: no basta la denuncia, superar la indiferencia y el miedo. Los obispos sean padres de estos jóvenes. Deben serlo también para los jóvenes migrantes, subraya Francisco, tocando uno de los puntos débiles de la actualidad en todo el continente latinoamericano. “Muchos de los migrantes tienen rostro joven, buscan un bien mayor para sus familias, no temen arriesgar y dejar todo con tal de ofrecer el mínimo de condiciones que garanticen un futuro mejor.

En esto no basta solo la denuncia, sino que debemos anunciar concretamente una “buena noticia”. La Iglesia, gracias a su universalidad, puede ofrecer esa hospitalidad fraterna y acogedora para que las comunidades de origen y las de destino dialoguen y contribuyan a superar miedos y recelos, y consoliden los lazos que las migraciones, en el imaginario colectivo, amenazan con romper”. El camino a seguir es el de los cuatro famosos “Acoger, proteger, promover e integrar”, dice el Papa, sugiriendo la lectura del libro del vicario de París que tiene como subtítulo “Acoger a los migrantes, una llamada al coraje”. “Es una joya”, asegura. 

El mundo descarta, Cristo no. “Todas estas situaciones plantean preguntas, son situaciones que nos llaman a la conversión, a la solidaridad y a una acción educativa incisiva en nuestras comunidades. No podemos quedar indiferente. El mundo descarta, lo sabemos y padecemos”, Cristo no. Y “esta tensión nos obliga a preguntarnos continuamente: ¿dónde queremos pararnos?”.

Romero, comprometido con las alegrías y sufrimientos de la gente se había planteado la misma pregunta y al final eligió “escuchar con la Iglesia”, como recitaba su estema episcopal, y “aprender a escuchar los latidos” del pueblo, percibir “el olor de los hombres y mujeres de hoy hasta quedar impregnado de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias”. “Sin dicotomías o falsos antagonismos”, subraya el Papa. 

“Es importante, hermanos –continua--, que no tengamos miedo de tocar y de acercarnos a las heridas de nuestra gente, que también son nuestras heridas, y esto hacerlo al estilo del Señor. El pastor no puede estar lejos del sufrimiento de su pueblo; es más, podríamos decir que el corazón del pastor se mide por su capacidad de dejarse conmover frente a tantas vidas dolidas y amenazadas”. Eso significa “dejar que ese sufrimiento golpee y marque nuestras prioridades y nuestros gustos, el uso del tiempo y del dinero e incluso la forma de rezar”. Estad cerca de los sacerdotes, encontradlos. Bergoglio invitó a los obispos a estar cerca de sus sacerdotes. Pero antes, hace un inciso sobre la palabra “compasión”. 

“Me preocupa como la compasión ha perdido su centralidad en la Iglesia, también los grupos católicos están perdiendo la compasión e incluso en los medios de comunicación católicos no hay compasión”, dice improvisando, “está el estigma, la condena, la crítica, la denuncia de lo que no funciona, pero no la compasión. Sin embargo no hay que perder la compasión en la Iglesia y sobre todo en los obispos” porque “la Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión, y esto empieza en casa”. Por tanto “es siempre bueno preguntarnos como pastores ¿Cuánto impacta en mí la vida de mis sacerdotes? ¿Soy capaz de ser padre o me consuelo con ser mero ejecutor? ¿Me dejo incomodar?”, pregunta Bergoglio. 

“Sabemos que nuestra labor, en las visitas y encuentros que realizamos ―sobre todo en las parroquias― tiene una dimensión y componente administrativo que es necesario desarrollar. Asegurar que se haga sí, pero eso no es ni será sinónimo de que seamos nosotros quienes tengamos que utilizar el escaso tiempo en tareas administrativas”. Hay que “dejarse incomodar”, solicita el Papa, dejando por un momento el discurso escrito, “dejarse incomodar por los sacerdotes”.

“No podemos delegar a otros la puerta abierta para ellos. Puerta abierta que cree condiciones que posibiliten la confianza más que el miedo, la sinceridad más que la hipocresía, el intercambio franco y respetuoso más que el monólogo disciplinador”. Que el obispo sea padre no un administrador que “pasa revista a las tropas”. Francisco cita a Rosmini: “No hay duda de que solo los grandes hombres pueden formar a otros grandes hombres”, para afirmar que “Es importante que el cura encuentre al padre, al pastor en el que “mirarse” y no al administrador que quiere “pasar revista de las tropas”. 

Es fundamental que, con todas las cosas en las que discrepamos e inclusive los desacuerdos y discusiones que puedan existir (y es normal y esperable que existan), los curas perciban en el obispo a un hombre capaz de jugarse y dar la cara por ellos, de sacarlos adelante y ser mano tendida cuando están empantanados. “En Argentina, sin embargo”, recuerda Francisco contando una anécdota personal, “escuchaba a personas que decían: “He llamado al obispo y me han respondido: tiene la agenda llena, llame dentro de 20 días, no me han preguntado ni siquiera qué quería, vale, me lo apunto...”.

Estas son situaciones que no están bien. Tener la agencia llena está bien, os ganáis el pan, pero si veis la llamada de un sacerdote hoy o al máximo mañana deben llamarlo. ¿Me ha llamado, qué sucede? ¿Puede esperar hasta tal día? Y ese día el sacerdote sabrá que tiene un padre”. Vuestra gente no es la “serie B” de la sociedad de nadie”. 

No falta, al final, en el discurso del papa Bergoglio un llamamiento al pueblo para que no olvide sus raíces: la sociedad de Panamá y de América Latina en general peca de «autoestima cultural», observa el Pontífice. “El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos. En esto también se juega la dignidad: en la autoestima cultural. Vuestros pueblos no son el “patio trasero” de la sociedad ni de nadie.

Tienen una historia rica que ha de ser asumida, valorada y alentada. Las semillas del Reino fueron plantadas en estas tierras. Estamos obligados a reconocerlas, cuidarlas y custodiarlas para que nada de lo bueno que Dios plantó se seque por intereses espurios que por doquier siembran corrupción y crecen con la expoliación de lo más pobres”. 

Para los obispos la invitación está clara: “Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de vuestros pueblos, que provoca una indigencia radical ya que deja sin es indispensable inmunidad vital que sostiene la dignidad en los momentos de mayor dificultad”. 

 

 

vatican insider

 

 
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