Domingo, 24 Febrero 2019 08:17

La receta de Benedicto XVI para la Iglesia: distanciarse del mundo

Fue el 25 de septiembre de 2011 en el Konzerthaus de Friburgo, durante un Viaje Apostólico de 4 días que Benedicto XVI realizó a su país natal. Un discurso histórico, en el que Ratzinger se pregunta, ante el desplome de practica religiosa, si debe cambiar la Iglesia, si debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente.

Durante el discurso el Papa se pregunta cómo se debe configurar concretamente ese cambio en la Iglesia, “¿Se trata tal vez de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario mediante la reestructuración o pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino?” cuestionó el Papa alemán.

El motivo fundamental del cambio “consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma”, dijo el pontífice, y la Iglesia, añadió, “debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión”. Para cumplir su misión, dice Benedicto, “deberá continuamente también tomar distancias respecto a su entorno, deberá, por decirlo así, desligarse del mundo”. 

La Iglesia “no posee nada por sí misma ante Aquel que la ha fundado, de modo que se pudiera decir: ¡La hemos hecho muy bien!” Su sentido consiste en ser “instrumento de la redención, en dejarse impregnar por la Palabra de Dios y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios”, dice Ratzinger. Benedicto XVI continua diciendo que cuando es realmente “Ella misma”, está siempre en movimiento, al servicio  de la misión que ha recibido del Señor. Por ello debe abrirse y dedicarse sin reservas a las preocupaciones del mundo.

“En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria” asegura el Papa, “la de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda en este mundo, es autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo”.  De este modo al Papa no le extraña que dé mayor importancia “a la organización y a la institucionalización”, que no a su llamada de estar “abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo”.

Para corresponder a su verdadera tarea, según el Papa Emérito, la Iglesia “debe hacer una y otra vez el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya”, en cierto sentido, añade, “la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior”.

Las secularizaciones, ya consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares, continúa Benedicto XVI “han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena”. Separándose de sus lazos materiales “su obra misionera volvía a ser creíble”.

El testimonio misionero de la Iglesia “desprendida del mundo” resulta más claro, prosigue Ratzinger, “liberada de fardos y privilegios materiales y políticos” la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera genuinamente cristiana al mundo entero.

La Iglesia se abre al mundo, “no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder”, sino más bien para “hacerles entrar en sí mismos y conducirlos” hacia Dios. El Papa deja claro que no se trata de encontrar una nueva táctica para “relanzar la Iglesia” sino que se trata más bien de dejar “todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad”, quitando lo que “sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención y costumbre”.

Para el hombre, sigue Su Santidad, “la fe cristiana es siempre un escándalo”, creer que el Dios eterno se preocupa de los seres humanos, nos conoce, es accesible, ha sufrido y muerto en la cruz, que se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna, “es sin duda una auténtica osadía”. Este escándalo “ha sido desgraciadamente  ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe” dijo el Papa.

Por último dice que hay una razón más para buscar ese distanciamiento del mundo desprendiéndose de lo mundano que hay en la Iglesia. Dice que una Iglesia “aligerada de los elementos mundanos” es capaz de comunicar a los hombres “también en el ámbito social y caritativo”, la particular fuerza vital de la fe cristiana. Incluso las obras caritativas de la Iglesia deben “prestar una atención constante” a la exigencia de un “adecuado distanciamiento del mundo” para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, “sus raíces se sequen”, Dijo Benedicto.

“Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios”, concluyó el Papa alemán, antes de bendecir y agradecer a su auditorio la atención mostrada.

Discurso completo del Santo Padre

Ilustre Señor Presidente Federal
Señor Presidente de Ministros
Señor Alcalde
Ilustres señoras y señores
Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio,

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como “valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos” (Lumen gentium, 35), como el Concilio Vaticano II define a quienes, basándose en la fe, se preocupan como ustedes del presente y del futuro. En sus ambientes de trabajo defienden con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia, algo que verdaderamente –como sabemos– no es siempre fácil en el tiempo actual.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: Usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay  motivos para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes en su conjunto están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario mediante la reestructuración o pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia, y aquí no podemos afrontarlos todos. Pero por lo que se refiere al motivo fundamental del cambio, éste consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos destacan distintos aspectos del envío a la misión: la misión se basa ante todo en una experiencia personal: “Vosotros sois testigos” (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: “Haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: “Proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, este testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, “trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima” (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, deberá continuamente también tomar distancias respecto a su entorno, deberá, por decirlo así, desligarse del mundo.

En efecto, la misión de la Iglesia se deriva del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. Y el amor no está presente en Dios sólo de un modo cualquiera: Él mismo lo es, es por su naturaleza amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse aislado en sí mismo, sino que por su naturaleza quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, este amor ha alcanzado a la humanidad – esto es, a nosotros – de modo particular; y esto por el hecho de que Cristo, el Hijo de Dios, ha salido, por decirlo así, de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; no sólo para ratificar al mundo en su ser terrenal, y ser para él como un mero acompañante que lo deja tal como es, sino para transformarlo. Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye –como dicen los Padres de la Iglesia– un sacrum commercium, un intercambio entre Dios y los hombres. Los Padres lo explican del modo siguiente: nosotros no tenemos nada que podríamos dar a Dios; sólo podemos poner ante Él nuestro pecado. Y Él lo acoge, lo asume como propio y nos da a cambio a sí mismo y su gloria. Se trata de un intercambio verdaderamente desigual, que se lleva a cabo en la vida y la pasión de Cristo. Él se hace pecador, toma sobre sí el pecado, asume lo que es nuestro y nos da lo que es suyo. Pero después, en el desarrollo del pensamiento y de la vida a la luz de la fe, se ha ido aclarando que nosotros no le damos sólo el pecado, sino que Él nos ha dado la capacidad; desde lo íntimo nos da la fuerza de darle también algo positivo, nuestro amor, de entregarle la humanidad en sentido positivo. Naturalmente, está claro que únicamente gracias a la generosidad de Dios el hombre, el mendicante que recibe la riqueza divina, puede no obstante dar también algo a Dios; Dios hace que el don nos sea soportable haciéndonos capaces de convertirnos en quienes pueden darle algo.

La Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada por sí misma ante Aquel que la ha fundado, de modo que se pudiera decir: ¡La hemos hecho muy bien! Su sentido consiste en ser instrumento de la redención, en dejarse impregnar por la Palabra de Dios y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Cuando es realmente Ella misma, está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. Por eso debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo, del cual ella precisamente forma parte, dedicarse sin reservas a estas preocupaciones, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

 En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, es decir, la de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda en este mundo, es autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo. Así, no es raro que dé mayor importancia a la organización y a la institucionalización, que no a su llamada de estar abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe hacer una y otra vez el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya y volver a estar de nuevo abierta a Dios. Con esto sigue las palabras de Jesús: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,16), y es precisamente así como Él se entrega al mundo. En cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones –sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares– han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena. De este modo, comparte el destino de la tribu de Leví que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino que, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. La Iglesia compartía en aquellos momentos históricos con esta tribu la exigencia de una pobreza que se abría hacia el mundo, para separarse de sus lazos materiales, y de este modo también su obra misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia desprendida del mundo resulta más claro. Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración de Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera que va unida a la adoración cristiana, y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así hacia Aquel del que toda persona puede decir con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para relanzar la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy, viviéndola íntegramente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención y costumbre.

Digámoslo con otras palabras: para el hombre, la fe cristiana es siempre un escándalo, y no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupa de los seres humanos, que nos conoce; que el Inasequible se ha convertido en un determinado momento y lugar en accesible; que el Inmortal ha sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, creer todo esto es sin duda una auténtica osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es, cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de buscar el verdadero distanciamiento del mundo, de desprenderse con audacia de lo que hay de mundano en la Iglesia. Naturalmente, esto no quiere decir retirarse del mundo, es más bien lo contrario. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a quienes los ayudan–, precisamente también en el ámbito social y caritativo, la particular fuerza vital de la fe cristiana. “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar una atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia desligada del mundo testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación  con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

 

9 comentarios en “La receta de Benedicto XVI para la Iglesia: distanciarse del mundo
  1. María

    Efectivamente tiene toda la razón, pongo el ejemplo en españa, tiene exceso de propiedades y privilegios, exceso de ONGs que dependen económicamente de las subvenciones del estado, colegios que dependen de subvenciones estatales, y muchas más posesiones y dependencias que los fieles no sabemos, a veces nos parece fantástico que las autoridades civiles reformen templos o restauren retablos porque son antiguos, ¿quién estaría en contra. El mundo es astuto, porque detrás de todas esas restauraciones y ayudas viene luego la contrapartida, que se se va creando una dependencia de los obispos hacia los poderes públicos. Muchas confesiones protestantes no tienen ni retablos ni imágenes antiguas ni iglesias artísticas, pero son muchos los hombres y mujeres que acuden a ellas semanalmente para encontrarse con Dios y porque encuentran un consuelo a sus quehaceres diarios. ¿Está Dios en los retablos o en las catedrales?.

    1. Pero qué imbecilidad!
      Qué modo de mezclar churras con merinas.
      Vamos,que las iglesuchas luteranas y calvinistas rebosan de gente…
      Qué cosas!

      1. Carlos, no comprendes nada, porque aún no has nacido de arriba, como enseñaba Jesús.
        ¿Querrás?

      2. ppp

        Carlos , …No hay ni mezclas ,ni imbecilidad , es simplemente una constatación .
        María tiene razón .

    2. Que nos “beneficiamos” de que el estado restaure iglesias, en ello mucho que discutir, como que no lo haga con todos los edificios religiosos por igual. Pero vale… Y es cierto que hay contrapartidas y hay que pasar por el aro o si no, te quedas a dos velas. Que se lo pregunten, si no, a los benedictinos del Valle.
      De ahí a decir lo de que en las iglesias protestantes se encuentran con Dios…
      Se lo pasarán bien, yo no digo que no. Pero no tienen a Jesús en la Eucaristía. Así que sacarían lo mismo si se fueran al campo o al bar.
      Dios está en los retablos y en las catedrales y en toda iglesia o ermita donde haya un Sagrario.

  2. Belzunegui

    ¡ Que me devuelvan a Benedicto ! Benedictus qui venit in nomine Domini.

  3. Juanito

    Hace ya 8 años de este memorable discurso, que marca las distancias de la Iglesia verdadera respecto al mundo, especialmente al mundo globalizado en el materialismo, la impureza y la impiedad. Este discurso (junto con el de Ratisbona y la alusión al anticristo en un ángelus) fueron causas de la maniobra para sacarle de la cátedra romana. La descripción de la situación de la Iglesia que hace Benedicto y sus soluciones son lo contrario. lo absolutamente opuesto, a lo que pregona y ejecuta quien ocupa ahora esa cátedra para desgracia de los fieles a Jesucristo. Por desgracia, Benedicto no ha visto todavía completamente el peligro que encarna su sucesor. Pero Dios va a hacer que lo vea muy pronto: la espada de la verdad -el aviso- se levantará no solo contra “el pastor” , sino también contra “el hombre en compañía del Señor” (el contemplativo) Za 13, 7.

  4. Spes

    Que hermoso habla el Papa Benedicto,. Como me ha gustado,