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Política de Estado


Martes, 16 Abril 2019 07:23

Nuestra Señora de Paris

Anoche un mundo atónito vivió pendiente del mar de fuego en que pareció convertirse Notre Dame, 800 años de fe labrada en piedra que ha sobrevivido a guerras de religión, revoluciones y dos guerras mundiales, y era casi imposible sustraerse al simbolismo de ver arder la civilización que nos ha creado, la que tantos pirómanos en los más altos puestos desean convertida en cenizas.

‘Arden las redes sociales’ no fue nunca un cliché tan adecuado como anoche, cuando la furia electoral y la docena de tópicos imperiosos de la actualidad quedaron súbitamente eclipsados por esa imagen, la espira desplomándose pesada ante millones de ojos atónitos que contemplaban signo tan inequívoco, prodigio tan claro.

Arde Notre Dame como una alarma para una civilización dormida. Porque, como observa un espontáneo en Twitter, Notre Dame lleva muchos años ardiendo. La catedral que levantó lo que hoy nos parecería una aldea, sin grúas, sin maquinaria de construcción moderna, sin la prodigiosa acumulación de capital de nuestros días, dedicada a Nuestra Señora y hecha para durar hasta el regreso de Cristo en gloria y majestad, es, como tanto monumento de nuestra historia esparcido por todo el continente, un mudo reproche. Nuestra época escéptica, con todos sus medios, no es capaz de algo similar, porque, como decía Heine, la nuestra es una época de opiniones como la Edad Media lo era de convicciones, y no se levanta una catedral gótica con opiniones.

Aparecieron los inanes enanos del odio a nuestra civilización con sus absurdas comparaciones, rescatando en sus comentarios muertos en el mar o cuestionables colonizaciones, y nunca parecieron tan pequeños ni tan obvia la mezquindad de sus almas atrofiadas. Pero no me parecieron mucho menos tristes quienes zigzagueaban para eludir qué era realmente lo que ardía, qué significaba, qué había querido levantar el pueblo que tardó más de un siglo en construirlo. Lo he leído llamar ‘símbolo cultural’, lo que no es falso, en el mismo sentido que no es falso llamar a un hogar ‘refugio contra la lluvia’, e incluso ‘monumento a la humanidad’, lo que es puro disparate y diametralmente opuesto a la verdad para referirse a lo que era un monumento a Dios, y más que un monumento, una casa para Su Gloria.

Dos portadas de nuestros diarios nacional despliegan ese contraste. Para El País, ‘Las llamas devastan Notre Dame, símbolo de la cultura europea’, mientras que para ABC, ‘Arde Notre Dame, memoria cristiana de Europa’. Pero no son meramente dos visiones equivalentes, porque la primera es sencillamente falsa. Notre Dame no era un símbolo de la cultura europea; desde luego, no de la Europa que se está fosilizando en Bruselas: esa tendría su símbolo, no sé, en el Centre Pompidou o esa torre de Babel que es el Parlamento Europeo. En cuanto al titular de ABC, es ciertamente ‘memoria cristiana’, en cuanto a su finalidad pero también en el sentido de recuerdo de un pasado que se hace lejano a ritmo acelerado. Lo que fue y ya está dejando de ser.

Pero los prodigios no pararon con el espectacular incendio, el hundimiento de la techumbre y la simbólica caída de la espira. El padre Fournier, capellán de los bomberos de París, se internó en el océano de fuego para rescatar el Santísimo Sacramento y la reliquia más preciada de la catedral, la Corona de Espinas. Fuera, con el rostro transfigurado por las llamas, cientos de católicos parisinos se reunían espontáneamente para rezar y cantar el avemaría, de pie o de rodillas, en un acto de religiosidad callejera que no habíamos visto en muchos años sino los protagonizados por otra religión venida de lejos, esta sí vibrante y desacomplejada.

Y si los expertos había pronosticado avanzada la tarde que nada quedaría de Notre Dame, un nuevo prodigio fue la noticia de que la estructura se salvaría, así como las dos emblemáticas torres; sobre todo, la primera foto del interior, la Cruz brillando intacta sobre el altar. Notre Dame no ha muerto. Ahora está por ver si ha muerto o no en Europa lo que Notre Dame representa.

 

 

16/04/19 www.infovaticana.com

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