Sábado, Agosto 15, 2020

Política de Estado


Domingo, 02 Agosto 2020 09:19

Mâran’athâ!

¿Estamos en el Fin de los Tiempos? Pedro Abelló lo plantea en este extenso artículo.

Mâran’athâ!

Quien haya tenido acceso a ciertos análisis sobre la situación actual, como el del periodista Javier Villamor (1), por citar un caso, o a cualquiera de los muchos análisis similares que se han realizado y se realizarán a partir de las dudas y la perplejidad que suscitan las políticas mundiales puestas en ejecución con la excusa de esta pandemia, puede legítimamente preguntarse si realmente el mundo está avanzando a pasos gigantescos hacia una especie de comunismo global, en el que no existirán libertades de ningún tipo y cada mínimo aspecto de la vida de las personas será totalmente controlado y condicionado por un poder mundial único, una especie de “campo de concentración tecnológico”, en palabras de Villamor, en el que el concepto de persona habrá perdido todo significado y los individuos habrán quedado reducidos a la condición de ganado y tratados como tal, puros objetos sin ninguna dignidad ni valor en sí, al servicio de las élites en el poder y de su interés en cada momento. Parece que para eso nos están preparando, convirtiéndonos en un rebaño temeroso y débil, tanto mental como físicamente, para poder someternos sin correr el riesgo de que nos rebelemos.

Pese al asombro y la inquietud que tal perspectiva puede producir en una población que, apenas hace unos meses, no podía ni llegar a imaginar la situación en que se encontraría de repente, en un abrir y cerrar de ojos, lo cierto es que muchas personas en el mundo llevamos años intentando, al parecer infructuosamente, advertir sobre el peligro que supone el llamado nuevo orden mundial, que ahora ha decidido acelerar radicalmente su implantación. 

Sin embargo, con independencia de que las mentes más analíticas hayan sido capaces desde hace años de detectar el peligro y comenzar a lanzar advertencias sobre el mismo, lo cierto es que no hace falta ser un gran analista de la realidad para llegar a tales conclusiones, puesto que llevan casi tres mil años escritas y perfectamente explicadas.

El problema es que nuestra sociedad ha perdido totalmente el respeto por el pasado y, en consecuencia, por la religión y por cualquier forma de tradición o transmisión de la sabiduría anterior a nuestra modernidad. Hemos llegado a considerar que sólo vale lo nuevo, que toda la historia anterior de la humanidad es un agujero negro y que sólo la habilidad tecnológica del hombre moderno refleja la auténtica humanidad, que es totalmente autónoma y capaz de construir el mundo perfecto con su pseudociencia utilitarista y esa tecnología que, en realidad, ya no dominamos, sino que nos domina.

Pues bien, quien ha conservado el respeto por el pasado y por su legado, por la religión y su fundamento, la revelación, y lo ha estudiado con el respeto y la veneración que merece, en realidad no ha experimentado ningún tipo de sorpresa por lo que está sucediendo, solamente, tal vez, por su inminencia, puesto que todo lo que está pasando y lo que pasará está perfectamente anunciado por los profetas de Israel, el Libro de Daniel, los Evangelios, el Apocalipsis, multitud de revelaciones a los santos de todos los tiempos y, muy particularmente, por las más recientes apariciones y revelaciones marianas desde Fátima, particularmente Amsterdam, Garabandal y Medjugorje.

Entiendo que cualquier persona que lea esto y haya permanecido toda su vida completamente ajena a la religión, como es el caso, desgraciadamente, de la inmensa mayoría de la población, incluso de aquellos que, reivindicándose como “religiosos”, hayan limitado su presunta religiosidad a una pura formalidad sin ninguna profundización, opinarán que los que pensamos así somos una especie de locos iluminados bastante peligrosos. Yo no tengo ya que rendir cuentas ante nadie de este mundo, y por tanto me importa poco lo que se piense de mí; estoy dispuesto a asumir los peores calificativos y no dejaré de decir lo que me parezca oportuno, lo cual, por cierto, puede convertirse dentro de poco en delictivo. ¿Sabían ustedes, por ejemplo, que según algunas legislaciones actualmente en discusión en ciertos parlamentos occidentales, el hecho de citar la Biblia, o el simple hecho de poseerla, podrán considerarse delitos de odio? Ante todo ello, solamente puedo decir una cosa: el tiempo – y probablemente a no tardar mucho – nos dirá quién tiene razón y quién está equivocado. Sólo hay que esperar y mantener los ojos y la mente abiertos. Sólo la obstinada incapacidad del hombre materialista para asumir que vivimos en un mundo espiritual y material al mismo tiempo puede impedirnos el ejercicio de intentar entender dónde estamos.

Para quien sea capaz de seguir leyendo, intentaré explicar: 1) por qué esa perspectiva terrorífica que he comentado al inicio es cierta, y 2) por qué, a pesar de ello, no nos debe causar ningún temor.

En primer lugar, debemos situarnos. Estamos viviendo lo que la Biblia llama Fin de los Tiempos. No se trata del Fin del Mundo, pero sí de un mundo, del que los hombres hemos construido desde las lejanas primeras civilizaciones mesopotámicas hasta hoy, lo que el Libro de Daniel llama Tiempo de los Gentiles. Todos los finales son traumáticos, y éste lo será particularmente. Los textos sagrados nos proporcionan las claves para caracterizar este tiempo, lo que podemos llamar “signos de los tiempos”.

Nos hablan, en primer lugar, de la Gran Apostasía. Se trata de un tiempo en que el hombre ya no cree en Dios, lo ha expulsado y ha ocupado su lugar. El hombre se ha endiosado a sí mismo, se ha rebelado contra cualquier poder superior a él, considerándose totalmente autónomo, y ha decidido que él solo, con sus propias fuerzas, se basta para construir el mundo que se ajusta a su voluntad de poder. Es la misma soberbia, el mismo afán de “ser como Dios” que provocó la primera caída, sólo que entonces el hombre caído sabía muy bien que había un Dios, y hoy ya lo ha olvidado.

Es, sin duda, el perfecto retrato de nuestro tiempo. El hombre no admite ninguna limitación a su voluntad, pero una voluntad sin limitaciones se vuelve necesariamente destructiva, porque las múltiples voluntades ilimitadas chocan siempre entre sí, y es a esa destrucción a lo que estamos asistiendo.

¿Pero basta esta caracterización para pensar que vivimos efectivamente ese Fin de los Tiempos? Realmente es difícil encontrar un momento en la historia que se ajuste tan perfectamente como el nuestro a esa Gran Apostasía. Pero si nos quedasen dudas, las revelaciones nos ayudan a disiparlas inmediatamente, porque, desde Fátima, todas ellas anuncian explícitamente la inmediatez de estos acontecimientos. Claro que la condición es que creamos en ellas.

Ya en los años 30 del pasado siglo, las revelaciones a santa Faustina Kowalska sobre la Divina Misericordia contienen estos términos: “(…) ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita (…) Les ofrezco la última tabla de salvación, (…) porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia (…) Preparas al mundo para Mi última venida”.

Entre los años 40 y 50, la Señora de Todos los Pueblos se aparece en Amsterdam para pedir con firmeza a la Iglesia la proclamación del quinto dogma mariano: María Corredentora, Mediadora y Abogada del género humano, que será el último dogma, porque, así como en la primera venida de Cristo María permaneció velada y casi oculta en su humildad, en Su segunda venida (que sucede al Fin de los Tiempos) es el Triunfo de María lo que abre paso al Reino de Cristo en la tierra.

Pero más explícita todavía es la Virgen del Carmen en Garabandal (años 60), que anuncia un Aviso, un Milagro y un Castigo. Sobre el Aviso, la receptora del mensaje nos dice lo siguiente: “Ese aviso es como un castigo, para los buenos y los malos: para los buenos, para acercarlos más a Dios, y para los malos, para anunciarles que viene el fin de los tiempos y que estos son los últimos avisos”. El Milagro sucederá dentro de los doce meses siguientes al Aviso. “Después del Milagro, si el mundo no se convierte, Dios enviará un Gran Castigo sobre la humanidad endurecida e incrédula, salvo, consiguientemente, un pequeño resto que será preservado”.

El día del fallecimiento de Juan XXIII, Conchita, de 12 años, receptora de los mensajes, comenta: “Ahora ya no quedan más que tres papas”. Preguntada por el significado de estas palabras, responde que la Virgen le había dicho que, después de este Papa (Juan XXIII), sólo quedaban tres. Preguntada si entonces vendrá el fin del mundo, Conchita responde, “no el fin del mundo, pero el fin de los tiempos“. Se le preguntó si no era lo mismo. La niña respondió: “a mi fue la Virgen quien me lo dijo: “Después de este Papa ya sólo quedan tres, y después, el fin de los tiempos“. (Diario de Conchita de 5-6-63).

En Medjugorje, Bosnia-Herzegovina, la Virgen se aparece ininterrumpidamente desde el 24 de junio de 1981. Sus mensajes dan la vuelta al mundo y el lugar se ha convertido en un centro de peregrinación que recibe a millones de peregrinos. En esas apariciones, la Reina de la Paz comunica a los videntes diez secretos de orden escatológico, que deberán ser revelados al mundo tres días antes de que suceda cada uno de ellos. Algunos de estos secretos contienen castigos, que deben ser interpretados como la corrección del Padre que ofrece a sus hijos, que han preferido la oscuridad a la Luz, una última tabla de salvación. La Virgen dice al respecto: “La oración y el ayuno pueden atenuar e incluso impedir los castigos”; “la oración es el único medio para salvar a la especie humana”; “no estéis angustiados ni preocupados; Dios os ayudará y os mostrará el camino”; “estáis viviendo un tiempo de gracia mientras permanezco con vosotros”; “deseo que comprendáis la gravedad de la situación, y que gran parte de lo que suceda depende de vuestra oración”; “la oración de un solo Rosario puede hacer milagos en el mundo y en vuestras vidas”; “os guío hacia un tiempo nuevo”; “os invito como nunca antes a prepararos para la venida de Jesús”; “¿no reconocéis los signos de los tiempos?”; “todo lo que no pertenece a Dios será barrido”.

En definitiva, estas revelaciones nos anuncian que estamos todavía viviendo el tiempo de gracia que precede al tiempo de la justicia divina, lo que el Apocalipsis llama la Gran Tribulación y los profetas de Israel el Día de la Ira de Yahvé, y ese tiempo de gracia se nos da como oportunidad última para convertirnos y cambiar el sentido de nuestras vidas mediante el arrepentimiento, la confesión, la penitencia y la oración. Nos muestran el poder de la oración para cambiar incluso esos castigos. Nos piden lo mismo que aquello en lo que todas las apariciones marianas han insistido: oración, Eucaristía, Biblia, ayuno y confesión, y nos advierten que, si la humanidad no se convierte, “todo lo que no pertenece a Dios será barrido”.

Podemos entender, por consiguiente, que lo que tenemos por delante es una purificación de la humanidad y del mundo, que ha alcanzado el punto de no retorno que pone en movimiento la dinámica de ese Fin de los Tiempos. A este respecto, el Apocalipsis nos habla, en términos simbólicos, de los elementos que caracterizan esa sociedad humana que debe ser purificada.

En las revelaciones al Padre Gobbi encontramos posibles equivalencias de esos símbolos: el Gran Dragón Rojo sería el ateísmo marxista, cuyos diez cuernos representan la potencia de sus medios de comunicación, y sus siete cabezas coronadas las Naciones en las que el comunismo ateo se ha establecido y domina con su poder ideológico, político y militar. Su enormidad manifiesta la gran extensión de su dominio en el mundo. Su color rojo se relaciona con la guerra y la sangre.

La Mujer Vestida de Sol tiene la misión de sustraer a la humanidad del dominio del Dragón Rojo, formando el “ejército de los pequeños”, cuya única arma es la oración.

La Bestia semejante a una pantera es la Masonería, que obra en la sombra y se oculta para introducirse en todas partes. Actúa con astucia y mediante la propaganda. Las siete cabezas son sus múltiples logias, y sus diez cuernos son sus instrumentos de amplificación, los medios de comunicación. El objetivo de esta Bestia es negar el culto debido a Dios, oponiéndose a todos los mandamientos divinos y a todas las virtudes.

La Bestia que tiene dos cuernos, semejantes a los de un cordero, es la Masonería infiltrada dentro de la Iglesia, la Masonería eclesiástica, difundida entre los miembros de la jerarquía. Su finalidad es construir un falso Cristo y una falsa Iglesia, oscureciendo la Palabra divina por medio de interpretaciones naturalistas y racionalistas, vaciándola de todo contenido sobrenatural.

El número de la Bestia, 666, es el de aquél que quiere ponerse por encima de Dios, puesto que 333 indica el Misterio de Dios. 666 es, por tanto, el número del Anticristo, que aparece en el vértice de la gran tribulación y de la apostasía. Sus seguidores serán sellados con la marca en la frente y en la mano, es decir, en su inteligencia y en su voluntad. La marca en la frente implica acoger la doctrina de la negación de Dios; la marca en la mano implica trabajar sólo para uno mismo, para la propia satisfacción y no para Dios.

El Señor envía sus Ángeles para castigar la tierra. El primer flagelo es una llaga dolorosa y maligna en la carne de los marcados con el signo de la Bestia (enfermedades graves e incurables), y siguen los demás flagelos…

No resulta difícil establecer relaciones directas entre aquello que estamos viendo desarrollarse ante nosotros y estas figuras apocalípticas. ¿Acaso no es el nuevo orden mundial un comunismo global, que se propone gobernar el mundo con mano de hierro excluyendo totalmente de él a Dios, sirviéndose para ello de la propaganda, el engaño y el temor propagados a través de los medios de comunicación? ¿Acaso no vemos la Iglesia dividida, infiltrada por ideas contrarias a su doctrina milenaria, ocupada en cuestiones totalmente mundanas, descuidando las almas? ¿Acaso no se cierne sobre nosotros la amenaza de un control tal que, realmente, quien no se someta a él “no podrá comprar ni vender”, como anuncia el Apocalipsis?

Da toda la impresión de que esa perspectiva terrorífica de la que hablaba al principio no sólo está en obra, sino que ha sido prevista y descrita desde hace milenios, junto con todas sus consecuencias. Podemos, pues, concluir que, efectivamente, tenemos muchos números de estar viviendo ese Fin de los Tiempos descrito en las Escrituras.

¿Pero no podría Dios simplemente barrer todo lo podrido y evitarnos el mal trago? Eso supondría que no hay nada de podrido en nosotros, y que sólo en los “demás” está la parte podrida. Por desgracia sabemos bien que no es así. Todos somos, en una medida u otra, por acción o por omisión, corresponsables de que el mundo haya llegado donde ha llegado, y todos debemos, en una medida u otra, sufrir por ello, si bien es cierto que Dios promete su ayuda a quien está con Él. Dios es un Padre que nos ama y quiere nuestro bien. No abandona a los suyos. Su voluntad conduce siempre a nuestro bien y nos pide que confiemos en su Amor por nosotros. Dios concede en este tiempo gracias especiales a los que le aman y confían en Él, aunque ello no excluye necesariamente el sufrimiento.

Dios no nos blinda contra el sufrimiento. Si Él ha sufrido, su Iglesia, todos nosotros, también sufriremos. Dios no nos ha prometido la felicidad y el bienestar en este mundo, sino la felicidad eterna en el otro, siempre que sigamos Su Palabra. El sufrimiento, pues, no puede excluirse, pero el Espíritu Santo derrama sus dones sobre sus fieles para sobrellevarlo, y ni un solo pelo cae de nuestra cabeza sin que Dios lo permita. Y Él sabe lo que puede permitir.

Decía que todos los finales son convulsos, y que éste lo será particularmente, porque se produce también en este tiempo la “Pasión de la Iglesia”. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo y Cristo es su Cabeza. Ahora bien, sucede que siempre el cuerpo debe pasar por donde ha pasado la cabeza, y puesto que la Cabeza, Cristo, pasó por la persecución, la pasión y la muerte antes de su Resurrección, así la Iglesia debe pasar también por su persecución, pasión y “muerte” antes de su triunfo final, lo cual debe suceder en este tiempo.

Será, por tanto, un tiempo de persecución contra la Iglesia, en el que sus enemigos se apoderarán del mundo y pretenderán convertirlo en un reino del hombre sin Dios, un mundo en el que la fe habrá desaparecido en la mayoría, que vivirá totalmente ajena a Dios o enfrentada a Él, y sometida a los dictados de un mundo formalmente ateo, lo que hemos llamado la Gran Apostasía.

¿Por qué, entonces, si todo esto es así, no nos debe causar temor esta visión de nuestro futuro inmediato? Lo terrible de una situación como esta sería que no pudiéramos verle un final o una solución. El poder del enemigo es tan enorme y nuestra debilidad tan grande en comparación, que sin una perspectiva espiritual, sin la capacidad de encajar todo este cuadro en los planes de Dios para el mundo, es decir, bajo una perspectiva totalmente horizontal y mundana, no habría apenas lugar para la esperanza. Pero por fortuna no es así. Dios sigue siendo el Dueño de la historia y nunca pierde el control sobre ella. Ha previsto este tiempo desde el inicio y nos ha anunciado que terminará con Su victoria sobre el mal. Nos ha enviado a la Virgen Santísima para advertirnos, para guiarnos y para darnos fuerza y esperanza sabiendo que no estamos solos. Nos ha dicho lo que debemos hacer para gozar de la protección que Él dará a los suyos, que no excluye necesariamente el sufrimiento pero garantiza la salvación. Si Él ha sufrido por nosotros, no podemos pretender quedar exentos y al margen de toda penalidad. Somos Iglesia, y es toda la Iglesia la que debe pasar por su Semana Santa para llegar al Domingo de Resurrección. Pero sabemos que el final de todo esto ya está marcado, que tiene un único vencedor, que es Dios y los que estén con Él, que sucederá en su tiempo, en su momento, en el que Dios tiene previsto desde siempre, y que ese final supone la aparición de “un nuevo cielo y una nueva tierra”, purificados del mal, como debieran haber sido desde el principio, un Reino de Dios en la tierra, esos nuevos tiempos para los que la Virgen nos ha estado preparando durante tanto tiempo.

Mâran’athâ, ¡ven Señor Jesús!

 

 

02/08/20 www.infovaticana.com

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