Domingo, 28 Marzo 2021 13:30

Masacres, violaciones de grupo, limpieza étnica. En Tigray se está llevando a cabo un genocidio

Mujeres brutalizadas hasta el último centímetro de su carne, niños ejecutados, cadáveres desmembrados por los animales. Los espeluznantes testimonios de los supervivientes a la violencia y las masacres de las milicias de Etiopía y Eritrea.

La CNN vio el video y habló con el médico que la trató: habían llenado su vagina con piedras, clavos, trozos de plástico. Así es como las mujeres de Tigray son violadas, drogadas y tomadas como rehenes por los soldados etíopes y eritreos. Brutalizadas hasta el último centímetro de su carne: es difícil describir el horror que relatan las historias clínicas y los testimonios que los médicos comparten con la emisora estadounidense.

Desde que el primer ministro etíope Abiy Ahmed disolvió el gobierno de Tigray y emprendió la sangrienta campaña militar en la región con la ayuda de Eritrea, la violación de las mujeres que, desesperadas, huyen de los bombardeos se ha convertido en arma de guerra. «Los tigrinos no tenéis historia, no tenéis cultura. Puedo hacer lo que quiera contigo y nadie se preocupará por ti», le repetía el soldado de las fuerzas de Amhara a una mujer refugiada en el campo de Hamdayet, ciudad sudanesa en la frontera con Etiopía, mientras la violaba. La joven ahora está embarazada. El testimonio que recogen los médicos del campo siempre es el mismo: «Mientras las violan, los agresores les repiten que las están purificando, que deben limpiar su sangre tigrino», relata uno de ellos a la CNN. «Es un genocidio», añade.

 

Atada y violada durante diez días

Nadie conoce el número exacto de víctimas de la espantosa guerra que está desgarrando el Tigray; investigaciones independientes cuentan decenas de masacres, miles de muertos: las fronteras de Etiopía reabrieron a los periodistas hace pocas semanas, tras meses de matanzas silenciosas y comunicaciones intermitentes, y solo ahora salen a la luz los atroces detalles de las masacres, pero también de las violaciones en masa de mujeres y niñas. Channel 4 News entrevistó a muchas de ellas; cuarenta se encerraron en un refugio de la región, demasiado traumatizadas ante la idea de salir a la calle o buscar a sus familias.

«Nos violaron los soldados eritreos; nosotras éramos seis, ellos treinta. Se reían y hacían fotografías con los teléfonos móviles», ha relatado una muchacha que fue rehén de tropas reconocibles por sus uniformes y por el dialecto eritreo. Intentó escapar, pero su fuga no duró mucho: los soldados la encontraron, le inyectaron drogas, la desnudaron, la ataron a una piedra, la apuñalaron y la violaron durante diez días.

 

La más pequeña tenía 8 años

No muy lejos del refugio, en el Ayder Referral Hospital de Mekele, cientos de mujeres y niñas están siendo tratadas después de sufrir atroces violencias. Los ambulatorios rurales no paran de enviarlas allí, porque no saben cómo tratar la violencia sexual: en las últimas semanas han llegado más de doscientas. De las 106 estructuras sanitarias de la región, solo 10 se han salvado de los bombardeos y están funcionando; una de cada cinco está ocupada por las milicias. Desde la Comisión de Derechos Humanos de Etiopía hasta el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y el presidente estadounidense Biden, se reclama una investigación independiente.

Según la ONU, entre diciembre y enero hubo más de 136 violaciones solo en las áreas al oeste de Mekele, pero según los médicos, el número real de violencias es muchísimo mayor: desde que estalló el conflicto, los que antes eran unos pocos casos por semana han pasado a ser al menos veinte al día. Y de una violencia sin precedentes. Las mujeres dan resultado positivo a enfermedades venéreas, el VIH, presentan signos de abuso físico, de violentas palizas, huesos rotos. «La más joven a la que he tratado», cuenta un médico a la CNN, «solo tenía 8 años; la más mayor, 60». Y cada mujer que tiene el valor de pedir ayuda cuenta haber presenciado las violaciones de su madre, sus hermanas, sus hijas y sus amigas.

 

Violencia delante de los niños

Purificar la sangre, la descendencia: los médicos lo llaman genocidio. A la Afp, Thiras (nombre ficticio) lo llama pesadilla; una pesadilla que comenzó cuando unos soldados etíopes la secuestraron y la llevaron a su campamento: durante dos semanas hubo hasta diez hombres haciendo cola frente a su celda, esperando su turno para violarla. Y cuando logró volver con su familia, un soldado irrumpió en su casa y la violó en presencia de sus hijos, aterrorizados, de 11, 7 y 3 años. Desde Mekele a Wukro las historias se multiplican: algunos dicen que los soldados eritreos afirman estar cumpliendo órdenes, «es hora de que los tigrinos lloren», dicen mientras en grupo se ensañan con las mujeres obligando a sus hijos pequeños, a sus maridos y a sus padres a mirar amenazándoles con las armas.

 
 

La espantosa masacre de Dengelat

Innumerables son las crónicas de las masacres y los detalles que han sido desvelados de las matanzas de Axum (de las que tempi.it escribió aquí y aquí) y de la iglesia de Maryam Dengelat, el pasado 30 de noviembre, cuando un grupo de soldados eritreos abrió fuego contra cientos de fieles reunidos para la misa. Un testigo de la masacre contó haber pasado un día entero enterrando cuerpos empapados en sangre: sacerdotes, ancianos, mujeres y más de veinte niños. Abraham, este es el nombre ficticio que usan los excelentes cronistas de la CNN, dice que reconoció a algunos de los pequeños que unos días antes habían huido, como él, de los bombardeos al pueblo de Dengelat, en el que se refugiaron en el monasterio excavado en la montaña.

Los cuerpos de los fugitivos habían sido acribillados a balazos en la ladera de la pendiente rocosa, luego los soldados habían ido de casa en casa obligando a las madres a atar a sus hijos, matando a mujeres embarazadas, atando a los hombres a las puertas y disparándoles en la cabeza. Un grupo de supervivientes se escondió debajo de los cadáveres de amigos y familiares. La masacre se prolongó durante tres días. Después los soldados permitieron que los residentes que se habían salvado enterraran a los muertos, con los fusiles preparados para disparar ante la más mínima lágrima.

 

Abraham enterró cincuenta cadáveres

Abraham recogió los documentos de identidad y anotó cómo iban vestidos los cadáveres indocumentados o irreconocibles por las heridas, los cubrió con tierra y zarzas para que no fueran devorados por las hienas y los buitres que ya sobrevolaban la zona. Luego puso los zapatos de cada uno sobre esas tumbas improvisadas para que los padres y familiares que habían sobrevivido pudieran identificar a sus seres queridos. Yohannes Yosef tenía solo 15 años y, como él, muchos niños fueron ejecutados con las manos atadas. Abraham enterró solo a cincuenta personas, pero dice que más de cien perdieron la vida en el mortal asalto.

 
 

Marta, el marido y los buitres

Marta acababa de casarse, recibió un tiro en la mano y su esposo murió en sus brazos. Aún no sabía que estaba embarazada; arrastró el cadáver de su marido y los de otras siete personas a una casa para que las bestias salvajes no se los comieran. Durmió junto a los cuerpos hasta la tregua para los entierros, y vio desde el umbral cómo obligaban a las madres a atar a sus propios hijos, que luego eran masacrados. Abraham había elegido morir en la iglesia, tumbado en el suelo mientras la artillería bombardeaba el tejado. Luego se hizo el silencio. Al cabo de 48 horas, los soldados entraron en la iglesia pidiendo a los que aún estaban vivos que cavaran las tumbas, no en la iglesia como manda la tradición ortodoxa, sino en una fosa común. La mayoría de los cuerpos ya había sido medio devorados por los buitres.