Martes, 06 Abril 2021 08:23

El cisma nuestro de cada día

Del cisma que amaga llevamos hablando desde hace ya algún tiempo, y la palabra impresiona hasta tal punto que impone el titular, como en el caso de la reciente entrevista al cardenal Brandmüller. Pero hay otro cisma más permanente, oculto y generalizado que también menciona el cardenal alemán y que lleva tiempo entre nosotros.

 

La noticia, en realidad, es que se hace expreso; que un grupo cada vez más nutrido de prelados (en Alemania especialmente, pero no solo) monta ‘caminos sinodales’ o hace declaraciones públicas o toma decisiones haciendo la guerra por su cuenta y salga el sol por Antequera.

 

Pero esa es la proverbial distancia entre lo real y lo oficial. Oficialmente, se han multiplicado los obispos que de un modo u otro, por ejemplo, han disentido del “no” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, refrendado por el Papa, a la bendición eclesiástica de uniones homosexuales.

 

No se discute, por ahora, el fondo; nadie afirma expresamente que lo que la Iglesia ha considerado siempre un grave pecado haya dejado de serlo, no con esas palabras, al menos. Se objeta la ‘oportunidad’, el ‘lenguaje’, que puede herir los sentimientos de los homosexuales, o incluso la idea de que bendiciendo a las parejas -en cuya relación puede discernirse elementos positivos, según el propio ‘responsum’- se esté bendiciendo el pecado.

 
 Pero comparen ahora todo eso, todo lo perfilado en los documentos en discusión en el sínodo permanente de Alemania, con lo que piensa una mayoría de occidentales que se dicen católicos. Está siete pueblos más allá. Lo dice el propio Brandmüller: “Puedo decir con certeza que la mayoría de los católicos alemanes son indiferentes a todo esto. Tenemos una sociedad muy secularizada, la participación en la misa dominical preocupa como máximo al 10 por ciento. Los que se adhieren a las tesis progresistas son personas vinculadas al Comité Central católico, pero la mayoría de los fieles son indiferentes, créanme. El laicismo galopa rápido y la distancia de los fieles de la Iglesia se ha incrementado”.

 

Los estudios de actitudes y creencias que anualmente publican las grandes demoscópicas en Estados Unidos, por ejemplo, hablan de un fiel que de forma mayoritaria no cree en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. No sé en qué sentido uno sigue siendo católico si descree de algo tan central para nuestra fe. De cuestiones morales, ni hablamos.

 

Pero la vida (eclesial) sigue igual, por así decir: los obispos siguen contando con los fieles que aparecen en las estadísticas (y marcan ‘religiosamente’ la X) y no parecen innecesariamente urgidos a aclararles este o cualquier otro punto de doctrina que ignoren o rechacen. Ellos están más a hablar (literalmente) de pájaros y flores (conversión ecológica).

 

Hoy, para poner un ejemplo que hará comprensible el panorama, el nacimiento del luteranismo sería imposible, sin más. Oh, naturalmente, podría surgir un teólogo y monje agustino alemán hablando de la fe sin obras como único camino de salvación, pero lo publicaría en una revista teológica y sus colegas estarían de acuerdo o disentirían con mayor o menor erudición y nadie se daría cuenta. Lo predicaría en Misa, y su obispo no le diría, probablemente, nada. Misericordia ante todo.

 

El Pueblo de Dios, por su parte, lo ignoraría. Unos elegirían su parroquia, otros huirían de ella, y allí acabaría todo. ¿Qué importa? Todos conocemos sacerdotes que disienten en el púlpito de la doctrina. Pero la subconsciente mentalidad consumista, presente en el católico como en cualquier otro ciudadano de Occidente, lo consideraría una cuestión de oferta y demanda: ese producto no me interesa, no lo ‘compro’. No hay más. El pobre Martín Lutero del siglo XXI se quedaría sin su Dieta de Worms y sin sus guerras de religión, ignorado por el común, solo en su gabinete, dirigiéndose a un grupito de ‘especialistas’.

 

Solo hay un rasgo del Lutero histórico que me hace dudar de esta tesis: sus insultos contra el Papado. Porque si algo se entiende hoy en día, por analogía con las empresas en las que trabajamos y las autoridades políticas que nos gobiernan, es que cualquier cosa puede consentirse menos ir pública y directamente contra el jefe.

 

 

Infovaticana.com