Martes, 06 Abril 2021 08:31

Los tres tropiezos de Biden el católico

Las guerras y los conflictos diplomáticos, la inmigración, el aspecto religioso. El comienzo renqueante del presidente estadounidense

 

Las imágenes del presidente Joe Biden tropezando tres veces en la escalera del Air Force One con destino a Atlanta son paradigmáticas porque representan, no tanto su precario estado psicofísico, como se resaltó en repetidas ocasiones durante la campaña electoral, sino más bien por ser los primeros tropiezos de un presidente aclamado como aquel que iba a llevar a Estados Unidos y al mundo hacia una nueva era de paz y hermandad mundial y universal. Las imágenes transmitidas por televisión desde la Joint Base Andrews en Maryland han dado la vuelta al mundo y se han vuelto virales en la web.

 

Apenas sesenta días después de asumir el cargo el 20 de enero, el mandatario de 78 años se ha convertido en protagonista de tres graves incidentes de los que los tres tropiezos del Air Force One son ahora una representación plástica. Un “vía crucis” muy personal para alguien que, hace apenas dos meses, era recibido de manera unánime por los medios de comunicación de todo el mundo, con una acogida “mesiánica” como subraya en su libro el teólogo italiano Massimo Faggioli, entusiasta defensor y elogiador del “segundo presidente católico” de la historia de Estados Unidos de América.

 

Para Faggioli, de hecho, la de Biden es «una presidencia que despierta expectativas políticas pero también religiosas, incluso salvíficas» porque a él le corresponde «curar las heridas morales y corporales infligidas a Estados Unidos por Trump, la pandemia y la globalización». De hecho, Biden –continúa el profesor de la Villanova University– “encarna un catolicismo experto en humanidad, animado por valores de solidaridad, compasión y dignidad humana”.

 
 Sin embargo, los primeros traspiés del presidente más querido del mundo deberían suscitar una seria preocupación incluso entre sus partidarios más acérrimos.

 

Biden cae por primera vez

El primer tropiezo de Biden está relacionado con el tema más candente y urgente del panorama político, el de la guerra y los conflictos diplomáticos internacionales. Su predecesor fue inmediatamente etiquetado como el gobernante más violento y peligroso del planeta, la persona que pronto conduciría el mundo a una guerra nuclear. Se habló de un líder ególatra (alguien habló de alguna forma de enfermedad mental), con una violencia verbal desbordante que pronto se convertiría en un doloroso conflicto bélico internacional.

 

Sin embargo, «Trump –observa Paolo Guzzanti en las columnas de Il Riformista– ha inundado el mundo de palabras, pero no de bombas», ordenando incluso la retirada de muchas tropas de los frentes de Oriente Medio (Siria, Afganistán, Iraq y Somalia) y de más de seis mil soldados de Europa.

 

Pues bien, poco más de treinta días después de su toma de posesión, el presidente católico y demócrata Joe Biden abrió fuego contra Siria. Una sincronización extraordinaria que representa una forma de récord dado que hacía cuatro años que Estados Unidos no atacaba Oriente Medio, ya bastante desestabilizado por los bombardeos de Clinton, Bush y Obama (Premio Nobel de la Paz 2009).

 

El ataque a una base iraní dejó 17 muertos. El portavoz del Pentágono, justificando los asaltos como una respuesta adecuada a los ataques recibidos por las fuerzas armadas estadounidenses, dijo: «Por orden del presidente Biden, las fuerzas militares estadounidenses han llevado a cabo ataques aéreos contra las infraestructuras utilizadas por grupos militantes pro iraníes en el este de Siria».

 

En cuanto a la diplomacia internacional durante el mandato de Trump (que pensaba en los intereses de los estadounidenses), las relaciones entre Estados Unidos y las grandes potencias fueron en ocasiones tensas pero cordiales, como demuestran el histórico encuentro y el apretón de manos con el dictador norcoreano Kim Jong-Un (déspota liberticida al que la prensa dominante mira con benévola ternura y curiosidad). En cambio, al bueno de Biden le han bastado veinticinco días para disparar la tensión entre la Casa Blanca y el Kremlin, definiendo “asesino” al líder ruso Putin. Putin, en respuesta, le deseó “buena salud” al presidente democrático y pacifista, pero también llamó a consultas al embajador ruso en Washington, Anatoli Antonov, y calificó el ataque de Biden como “un ataque a toda Rusia”.

 
 

Biden cae por segunda vez

Un segundo tropiezo es el relativo a la inmigración, uno de los temas políticos más controvertidos de los últimos años. Durante cuatro años, el presidente Trump ha sido acusado de devolver a los migrantes con el uso de la fuerza, mantener retenidos a menores en centros de detención específicos y construir el muro en la frontera con Méjico, iniciado en 1990 por Bush padre y ampliado en más ocasiones, incluso por el Premio Nobel de la Paz Obama, pero que le costó a Trump una excomunión no oficial del papa Francisco (No es cristiano”).

 

Ante este panorama, Biden ha sido retratado como el presidente de los migrantes, los extranjeros y las minorías étnicas, capaz de abrir las puertas de Estados Unidos a toda Sudamérica. Un presidente de “puentes” y no de “muros”. Sin embargo las cifras son desalentadoras para todos aquellos que creyeron en el sueño de una América sin fronteras.  «La ola migratoria ha puesto en seria dificultad los planes de la administración, que prometía una política migratoria más humana y respetuosa de los derechos respecto a la de Donald Trump» (El Post, 22/03/2021).

 

Con la administración Biden, la inmigración se ha triplicado: en los dos primeros meses de 2021 casi 200.000 personas han cruzado la frontera. Según Los Angeles Times, 2021 podría convertirse en el año con más llegadas de las últimas dos décadas.

 

Gracias a las promesas de Biden, la llegada de menores y niños no acompañados ha aumentado exponencialmente; de estos, muchos dreamers están ahora retenidos en la frontera con Méjico (unos 14.000), mientras el presidente ruega a los sudamericanos que no abandonen sus tierras. Un gran aprieto para el presidente que ahora se ve obligado a implementar las medidas de su antecesor (condenado hasta ayer por los medios de comunicación de todo el mundo): expulsiones, repatriaciones, detenciones. Pero todo de forma más amable y humana.

 
 

Biden cae por tercera vez

La tercera caída de Biden (quizás la más clamorosa, mirando las imágenes) se refiere al aspecto religioso. El presidente fue aclamado como católico y democrático en plena sintonía con el pensamiento y el mensaje del papa Francisco. Sobre este punto, en los días de su elección, el jesuita Antonio Spadaro evidenció con especial entusiasmo la foto del papa Francisco en el despacho del nuevo presidente.

 

Pacifista, dialogante, de mente abierta, Biden fue aclamado como el verdadero “cristiano adulto”, encarnación de los valores evangélicos y muy devoto, incluso más que los obispos estadounidenses, demasiado intolerantes, demasiado partidarios de Juan Pablo II, demasiado centrados en cuestiones morales como la defensa de la vida, el aborto y el género. Biden ha sido presentado como un católico ejemplar, un católico bondadoso y sincero, dotado de una buena dosis de discernimiento  y apto para gobernar con sabiduría, como el rey Salomón.

 

En realidad, la de Biden es una extraña forma de catolicismo à la page: es ese catolicismo fluido, que no tiene interés en las cuestiones morales y que está centrado en las sociales, obsesionado con los llamados derechos civiles, la ecología y las batallas LGBT+, que el presidente hizo suyas en la campaña electoral exaltando a una multitud ya bastante delirante.

 

Una fuerte señal llegó con el nombramiento de la pediatra Rachel Levine como subsecretaria de salud: la primera funcionaria federal abiertamente transgénero en el gobierno de Estados Unidos. Pero precisamente sobre este tema surgió el primer roce entre Biden y el Vaticano, que acogió con satisfacción su elección. A Biden no parece haberle gustado la respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a la pregunta sobre las bendiciones de las parejas homosexuales. Mientras que el Vaticano considera «ilícitas» tales bendiciones, el personal del presidente católico, en la persona de la secretaria de prensa Psaki (a su manera, también católica devota), dijo que Biden «sigue creyendo y apoyando las uniones entre personas del mismo sexo. Lleva mucho tiempo convencido de ello».

 

Como sabemos, en relación al tema del aborto el presidente Biden tiene posiciones opuestas a las de su predecesor y a las de la Iglesia católica. Lo demostró el primer día después de su elección, cuando firmó a gran velocidad un cambio de rumbo con respecto a las políticas que prohibían el financiamiento de los abortos en el extranjero.

 

Un último paso en falso en el catolicismo bideniano no se refiere a su persona, sino a su entorno espiritual. Mientras los obispos estadounidenses inmediatamente advirtieron a Biden sobre sus políticas en contra de la vida y a favor de la ideología LGBT, el presidente consiguió el apoyo de los jesuitas estadounidenses. Ciertamente no los de Ignatius Press, todavía demasiado católicos para animar a un político, pero sí los de la revista America de James Martin y los de las universidades que cuentan, como la Santa Clara University situada en Silicon Valley, California.

 

Precisamente su director, el sacerdote jesuita Kevin O’Brien, viejo amigo de la familia Biden, presidió la misa de inauguración del mandato Biden-Harris en Washington antes de la ceremonia de investidura.

 

Ahora, el padre O’Brien está siendo investigado por presunta conducta inadecuada: se le acusa de haber tenido «comportamientos [inadecuados] en contextos para adultos, consistentes principalmente en conversaciones que podrían ser incompatibles con los protocolos y límites establecidos por los jesuitas». Es lo que escribió en un comunicado John M. Sobrato, presidente de la junta directiva de la universidad, a la vez que los jesuitas iniciaban una investigación interna. El sacerdote es un «líder jesuita ampliamente reconocido a nivel nacional» y su amistad con Biden ha contribuido a alimentar su fama.

 

Para Biden es otro episodio desagradable que contribuye a ensombrecer un mandato que, en tres meses, ya se encuentra en medio de un vía crucis personal que probablemente continuará en los próximos meses y años de su mandato. Si esto ayuda a que los ciegos abran los ojos… “¡Feliz culpa!”.

 

 

Infovaticana.com