Lunes, 19 Abril 2021 10:24

La ideología es el opio del fiel

Cuando Marx dijo aquello de que “la religión es el opio del pueblo”, todo el mundo le entendió en seguida: el cristianismo -pues no se refería a ninguna otra religión- postula la existencia de un paraíso más allá de la muerte cuya consecución distrae a la gente de construir el paraíso político, aquí y ahora, que es la única realidad que existe.

 

Puede argumentarse contra esa opinión simplista que la visión cristiana ha promovido más cambios en las estructuras políticas que ninguna otra ideología y a lo largo de un periodo mucho más amplio, y que la búsqueda de la Salvación no ha llevado, en general, al olvido de las cosas de aquí abajo, sino a buscar en ellas la justicia.

 

Pero Marx no disparataba completamente. La atención y las energías del hombre, siempre limitadas, no están con la misma intensidad fijadas en las cosas de este mundo si su prioridad es alcanzar el otro, y no es irracional concluir que el santo tenderá más a consolarse de las injusticias del siglo esperando en el premio eterno.

 

Pero si el pensador alemán viviera hoy y se convirtiera al catolicismo, bien podría darle la vuelta a la frase, porque en nuestros días es más adecuado y más cercano a la verdad proclamar que la política es el opio de la fe. Porque va de suyo que si aceptamos que buscar el Reino distrae de la acción política, con más razón la acción política distraerá de las búsqueda del Reino. Y es exactamente lo que estamos viviendo hoy en la institución eclesial.

 

La semana pasada nos hacíamos eco de un vídeo grabado por Su Santidad en el que defendía su vaga opción política, a la que da en llamar ‘popularismo’. No es exactamente un modelo político aplicable, porque carece absolutamente de concreción y se basa meramente en una difusa apelación al ‘pueblo’, que tampoco es un concepto de fácil concreción y que, históricamente, ha servido de pretexto para las más espantosas tiranías.

 

Siendo así, la visión política en la que tanto insiste Su Santidad no es criticable, precisamente porque no es un modelo. La ‘política de fraternidad’ por la que aboga se basa en un ser humano que no existe. Los hombres individuales pueden ser fraternos o egoístas; incluso un mismo individuo puede ser lo uno o lo otro en diversos momentos y circunstancias de su vida, no es algo que sistema alguno pueda cambiar. De hecho, un dogma absolutamente central de nuestra fe, el Pecado Original -sin el que la Redención no tiene sentido alguno- impide pensar en un ser humano al que sistema alguno ‘haga’ bueno, en este caso, ‘fraterno’.

 

Mientras, la insistencia en arreglar el mundo desde el poder -eso es la ideología, cualquier ideología-, que no es en absoluto la misión de nuestros pastores, distrae de las realidades sobrenaturales que, al fin, son las únicas que van a durar toda la eternidad y también las únicas que cada alma, hasta el más pequeño entre nosotros, puede determinar libremente.

 

El Papa, este o cualquiera, no puede dejar de ‘hacer política’. La política es una actividad moral, de modo que la Iglesia tiene muchas cosas que decir sobre ella, muchas batallas en las que combatir. Pero ni es su misión específica, ni puede ocupar el espacio central del mensaje ni puede traducirse en opciones concretas indiscutibles.

 

 

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