Lunes, 07 Junio 2021 11:03

La Iglesia y el tabaco

El lunes pasado, el cardenal y arzobispo de Barcelona Juan José Omella, sorprendía con un tuit, en el día sin tabaco, en el que confesó rezar para que los fumadores dejaran el vicio del tabaco. ¿Cuál ha sido la relación de la Iglesia y el tabaco a lo largo de la historia? Un artículo de la Revista Americana de Medicina Respiratoria, firmado por Marcos Langer, rescata historias y anécdotas del tabaco y la Iglesia.

Como sabrán nuestros lectores, el tabaco viene de Europa y fue cuando los españoles llegamos allí cuando empezó a consumirse por parte de los europeos.

 

El autor menciona un estudio de John B. Buescher, licenciado en Estudios Religiosos por la Universidad de Virginia, que cuenta en “In the Habit. A History of Catholicism and Tobacco” que para muchos de los eclesiásticos españoles que evangelizaron América, el tabaco, fumado o esnifado, tenía algo de diabólico por la conexión que le atribuían los indígenas con los “Espíritus Invisibles”.

 

Otro problema con su uso fue que los indios llevaban a la iglesia el hábito de fumar tabaco, tanto que en 1575 las autoridades eclesiásticas de México tuvieron que prohibir esa costumbre. Pero para entonces, no sólo los indios consumían tabaco, sino también buena parte de los sacerdotes, lo que condujo a que autoridades eclesiásticas en un Sínodo en Lima en 1583, les prohibieran “bajo pena de condena eterna” mascar o inhalar tabaco antes del servicio de la misa.

 

El consumo de tabaco, en cualquiera de sus formas, se hizo tan extenso y frecuente aún entre los fieles que acudían a las ceremonias religiosas, que la autoridad papal hubo de tomar cartas en el asunto. Así, Urbano VIII, Pontífice de la Iglesia entre 1623 y 1644, promulgó la Bula Cum Ecclesiae, respondiendo a la petición del deán de Sevilla. La bula tenía sus excepciones.

 

Poco después, en 1650, Inocencio X, decretó una pena aplicada a las basílicas de San Juan de Letrán y de San Pedro, principalmente por el perjuicio para las pinturas y esculturas por el humo del tabaco. Aunque también en este caso había lugar a excepciones, lo que presuponía poca esperanza en su cumplimiento.

 

Por fin, Benedicto XIII, Papa entre 1724 y 1730, fumador él, revocó la sanción, pero no la prohibición, en 1725. Y, aprovechando la inmensa popularidad del tabaco, inauguró en 1779 una “fábrica pontificia de tabaco” en la que monjas confeccionaban los cigarrillos.

 

En 1863, ampliando la obra de Benedicto, Pío IX construyó una fábrica de cigarros frente a la plaza Mastai en Roma y en 1871, ofreció su “caja dorada para rapé”, exquisitamente labrada con dos corderos simbólicos en un campo floreado, como premio en una lotería mundial para recaudar fondos para la Iglesia.

 

Pío XII, ya en el siglo XX, transmitió al General de los jesuitas en Roma que sus miembros debían renunciar, en nombre de la austeridad, a “artículos superficiales”, entre ellos “el tabaco”. En 2002, Juan Pablo II prohibió que en el territorio del Vaticano se fumase en lugares cerrados o incluso lugares públicos muy frecuentados, bajo multa de 30 euros.

 

Las últimas medidas las ordenó el Papa Francisco, quien prohibió la venta de tabaco en territorio vaticano en 2017.

 

Los Papas, los santos y el tabaco

León XIII (1878-1903) consumía rapé. A san Pío X (1903-1914), le gustaba fumar puros; su sucesor, Benedicto XV (1914-1922) no era fumador, pero Pío XI (1922-1939) lo hacía ocasionalmente, en cambio Pío XII (1939-1958) nunca y Juan XXIII (1958-1963), de resultas de su larga trayectoria diplomática, se inclinaba por los cigarrillos. Ni Pablo VI (1963-1978) ni Juan Pablo II (1978-2005) fumaban, pero Benedicto XVI (2005-2013) dicen que fumaba algún cigarrillo ocasional.

 

Ni los santos estuvieron exentos de caer bajo su influencia: en los procesos de beatificación de san José de Cupertino, san Juan Bosco y san Felipe Neri se estudió si el hábito de fumar estaba reñido con las virtudes heroicas exigidas. Es evidente que no se encontró obstáculo en ello. Y los dos modelos de santidad sacerdotal más recientes, san Juan María Vianney ― el Cura de Ars― y el Padre Pío, solían esnifar tabaco e incluso ofrecerlo sin mayores problemas a la concurrencia.

 

 

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