Domingo, 29 Agosto 2021 12:31

‘Cristiada’ y la persecución religiosa en México

Este sábado me gustaría traerles la brillante reseña de la película ‘Cristiada’ (Dean Weight, 2012), que podemos encontrar entre las páginas del libro del sacerdote español José María Pérez Chaves: ‘100 películas cristianas’. Aprovecho para recomendarte este magnífico libro en el que encontrarás las 100 películas cristianas que, a juicio de su autor, un páter cinéfilo donde los haya, han dejado mayor impronta a lo largo de la historia del séptimo arte.

A mediados de los años 20, se impone en México la Ley Calles, que proscribe el culto cristiano. Esto conlleva una serie de revueltas sociales que, finalmente, desembocarán en las llamadas Guerras Cristeras. Al principio, los cristeros serán grupúsculos desorganizados que combatirán como Dios les dé a entender, pero, poco a poco, se irán convirtiendo en un auténtico ejército.

 

La película

Como ya adelantábamos en nuestro análisis de Jesús de Nazareth (José Díaz Morales, 1942), México ha padecido una de las persecuciones religiosas más sangrientas de la historia universal (superada solo por la perpetrada en España durante la Segunda República y la Guerra Civil). Así es, desde tiempos del Imperio romano, la Iglesia no había conocido un hostigamiento tan sañudo contra sus miembros, por lo que resulta sorprendente que el cine no haya querido explorar con mayor ahínco esta realidad. Esto es más sorprendente aún si tenemos en cuenta que, ni siquiera durante la edad de oro del celuloide azteca, este quiso indagar en ella. Por eso, esta película, aunque tarde, vino a reparar este olvido.

 

Este relegamiento por parte del séptimo arte es similar al sufrido por la persecución religiosa de España, que tuvo que esperar hasta el presente siglo XXI, para que una película se acordase de ella, y esta, norteamericana: Encontrarás dragones (Roland Joffé, 2011). Ciertamente, ni siquiera durante el Gobierno del general Franco, la industria española tuvo intención de recordar el hecho, sino que, por algún motivo –¿el perdón?, ¿la paz?, ¿el restañamiento de las heridas?–, se quiso pasar página.

 

De este modo, solo Raza (en una escena muy breve) y Cerca del cielo se hicieron eco de ella. Únicamente cuando la citada cinta estadounidense se estrenó, el celuloide de nuestro país quiso honrar la memoria de algunos mártires: la de los claretianos de Barbastro con Un Dios prohibido; la de los dominicos de Almagro con Bajo un manto de estrellas, o la de san Pedro Poveda con Poveda.

 

De la misma manera, tras el armisticio en México y el surgimiento de un Gobierno de conciliación, el del presidente Ávila Camacho, el cine azteca se inhibió a la hora de indagar en la persecución religiosa que había sufrido el país unos años antes. Y así, tan solo un título se estrenó en esa época: Sucedió en Jalisco (Raúl de Anda, 1946), que tenía como fin, precisamente, reconciliar las dos facciones que se habían enfrentado durante las Guerras Cristeras. En 1947, John Ford realizó su propia versión de los hechos, El fugitivo, pero, en ella, no se atrevió a mencionarla explícitamente, sino que se limitó a sugerirla.

 

Y ya no volvió a ser abordada hasta treinta años más tarde, cuando se presentó en cines La guerra santa (Carlos Enrique Taboada, 1979), que pasó desapercibida. De este modo, tuvimos que esperar hasta el siglo XXI, para que se realizase una cinta que le hiciese justicia, y esa es Cristiada.

 

Como la película nació con una clara vocación internacional, sus productores decidieron rodarla en inglés, prestarle la batuta a un director norteamericano y contar con un elenco actoral de excepción. Por este motivo, invirtieron una cantidad ingente de dinero en ella, convirtiéndola, de este modo, en la cinta más cara hasta el momento del cine mexicano. Para dirigirla, optaron por el cineasta Dean Wright, que, aunque debutaba en solitario tras las cámaras, había colaborado en varias cintas de entidad: TitanicEl hombre bicentenarioEl señor de los anillos (2 y 3), Las crónicas de Narnia (1 y 2), etcétera.

 

En cuanto a los intérpretes, ¿qué decir de ellos? Contrataron a rostros tan reconocibles como el de Andy García (El padrino. Parte IIIOcean’s ElevenLos intocables de Eliot Ness), Peter O’Toole (Lawrence de ArabiaEl león en inviernoBecket) y Eduardo Verástegui, el galán por antonomasia de la pantalla azteca (BellaLittle BoyChasing Papi). E incluso le encargaron la banda sonora a un autor de renombre: James Horner (1953-2015), que no dudó en otorgarle los compases épicos que ya dispusiera para Braveheart (Mel Gibson, 1995).

 

La cinta, pues, cumplió con su propósito y divulgó entre los espectadores de este siglo un hecho que había caído en el olvido: la mayor persecución religiosa padecida por la Iglesia desde tiempos del Imperio romano (superada solo, como ya hemos indicado, por la ejecutada en España durante la Segunda República).

 

Además, no escatimó en medios a la hora de mostrar la violencia con la que el Gobierno mexicano había llevado a cabo este hostigamiento, ni el sadismo que había manifestado en más de una ocasión (cabe recordar que colgaban de los postes eléctricos a hombres, mujeres y niños después de haberlos mutilados), por lo que le hizo ver de primera mano el sufrimiento del pueblo azteca. Recibió varios premios y nominaciones (aunque todos ellos, en galas de cine religioso), y hoy es, sin lugar a dudas, el título referencial de las Guerras Cristeras.

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¿Qué podemos aprender de ella?

Debemos saber que la situación persecutoria en México había comenzado mucho antes de que se implantara la Ley Calles, concretamente, en 1915. Ese año, en efecto, y dado el clima de anticlericalismo que se estaba fraguando en el país, fueron asesinados 160 sacerdotes, sin que tuviera repercusión jurídica alguna. Más aún, de alguna manera, se sancionó a favor de este crimen, puesto que, en 1917, se promulgó una nueva Constitución, que regulaba la vida religiosa: el cierre de las escuelas católicas, la disolución de la órdenes religiosas, la confiscación de los bienes eclesiásticos, la expulsión de los sacerdotes, la prohibición del hábito, etcétera.

 

De esta manera, pues, el presidente Plutarco Elías Calles (1877-1945) aplicó una ley que ya existía, aunque, dada la ferocidad con que lo hizo, recibió al final su nombre. Y es que no solo puso por obra las cláusulas que hemos mencionado, sino que también aprovechó la coyuntura para impedir la celebración de la santa misa y hasta para arrestar y fusilar a los clérigos que incumplieran la norma. Por este motivo, el 18 de noviembre de 1926, el papa Pío XI hizo oír su voz mediante la encíclica Iniquis afflictisque, en la que se posicionaba a favor de los católicos mexicanos y en la que criticaba abiertamente la demencia y la saña de sus gobernantes.

 

Esta situación, como muestra la película, propició innumerables mártires, entre los que podemos destacar al presbítero san Cristóbal Magallanes y al niño san José Sánchez del Río (interpretados, respectivamente, por Peter O’Toole y Mauricio Kuri). De ambos, diría el papa san Juan Pablo II lo siguiente: «No abandonaron el valiente ejercicio de su ministerio [el primero, como sacerdote; el segundo, como monaguillo] cuando la persecución religiosa arreció en la amada tierra mexicana, desatando el odio a la religión católica.

 

Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica, tan arraigada en sus comunidades eclesiales, a las cuales sirvieron promoviendo también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad mexicana en particular»[1].

 

 

Esta reseña, y 99 más, las pueden encontrar en el libro ‘100 películas cristianas’, publicado por Homo Legens.

 

 

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