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Sábado, 15 Enero 2022 15:08

Tiempos martiriales

En torno a palabras de S. Juan Pablo II

Era 1981, y el santo Papa Juan Pablo II hablaba en Fulda (Alemania) con un grupo de fieles a quienes dijo:

 

“Nosotros debemos prepararnos para sufrir grandes pruebas dentro de poco, tales que demandarán de nosotros una disposición a perder la vida, y una total dedicación a Cristo y por Cristo. Con vuestras oraciones y las mías es posible mitigar esa tribulación, pero ya no es posible apartarla, porque sólo así la Iglesia puede ser efectivamente renovada. ¿Cuánto tiempo llevará la renovación de la Iglesia surgida de la sangre? Ese tiempo, demasiado, no será de otra manera. Nosotros debemos ser fuertes y estar preparados, y confiar en Cristo y su Madre, y ser muy cuidadosos en el rezo del Rosario”.

 
Anuncia, pues, el Papa santo una gran tribulación. Y dice que puede ser mitigada, pero no suprimida.

 

Hay dos apariciones de la Virgen en este reciente siglo XX, aprobadas por la Iglesia que anuncian tribulación o castigo. Nos referimos a Fátima (en Portugal, año 1917) y Akita (en Japón, años principios y mediados de los 1970´s).

 

En Fátima (13-7-1917), en lo conocido como tercera parte del secreto, el Cielo comunica a los niños videntes, lo que describe así la mayor de ellos, Lucía: “El Ángel dijo con voz fuerte: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz, que es Dios, (…) a un obispo vestido de blanco “hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre”, también a otros obispos, sacerdotes y religiosos y religiosas, subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran  cruz de madera (…); el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y, medio tembloroso, con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y de pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas, y del mismo modo murieron, unos tras otros, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posición. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos ángeles, cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.”

 

Si en un principio, cuando se desveló el secreto, se interpretaba que se refería a tiempos pasados, sin embargo, cuando el entonces Papa Benedicto XVI visitó Fátima, afirmó que su mensaje no se refería sólo al pasado, sino también al presente y al futuro.

 

Respecto a las apariciones de la Virgen en Akita (Japón), éstas fueron aprobadas por el obispo local de entonces y también por el entonces prefecto de la Congregación de la Fe, Joseph Ratzinger (luego Papa Benedicto XVI), que afirmó que eran dignas de fe y continuación de las de Fátima. En 1975 una imagen de la Virgen lloró 101 veces ante 500 testigos, cristianos y no cristianos, entre ellos el alcalde budista de la villa de Akita. La Virgen nos dijo que la causa de su tristeza, de sus lágrimas es “pensar en la pérdida de tantas almas” “Si los hombres no se arrepienten y se mejoran, el Padre infligirá un terrible castigo a toda la humanidad (…) fuego caerá del cielo (y afectará) tanto a buenos como malos, sin exceptuar a sacerdotes y fieles” Y la Virgen comunica a Sor Agnés Sasawa: “Reza mucho la oración del Rosario. Sólo Yo puedo salvarles de las calamidades que se acercan. Aquéllos que ponen su confianza en mí se salvarán”.

 
Tanto el santo Papa Juan Pablo II, como las apariciones citadas nos exhortan a la oración, especialmente el Rosario, y a la penitencia y conversión.

 

Y ya sea tribulación o castigo, hemos de tener presente que el Señor “es tardo a la cólera y rico en piedad” y que antes de desatar su indignación advierte suavemente: “(…) a los enemigos de tus hijos y reos de muerte los castigaste con tantos miramientos e indulgencia, dándoles tiempo y espacio de arrepentirse de su maldad (…)” (Sab 12, 20)

 

Y si nos alarman las pruebas que Dios permite en nuestros días, tengamos presente lo que nos dice un libro piadoso: “Si mis manos os han herido, ha sido por amor, por despertaros del sueño morboso en que habíais caído y en el que, sin duda, pereceréis de continuar en él”.

 

E incluso en pruebas duras, aun en castigos, la misericordia de Dios nunca está lejana ni ociosa, y Dios quiere que nos acojamos a ella, como el Buen Ladrón que sometido a terrible suplicio clamó al Señor con arrepentimiento sincero y pudo oír las más dulces palabras: “Hoy estarás Conmigo en el Paraíso”.

 

Y si pensamos que nuestra fe es demasiado débil para afrontar estos tiempos críticos que se presagian, siempre tenemos la posibilidad de pedir al Señor “la Fe de los mártires”. Ya sea que nos toque un martirio cruento, ya sea el no menor martirio de la cruz de la vida y de cada día.

 

Y para personas a las que cuesta aceptar que Dios se comporte como Dios y piensan que cómo es posible que permita cosas duras, y se ven tentados a juzgarlo, terminemos con unas luminosas palabras de Juan Pablo II: “Hombre, tú que juzgas a Dios, que le ordenas que se justifique ante tu tribunal, mira si no eres tú responsable de la muerte de este Condenado, si el juicio contra Dios no es en realidad un juicio contra ti mismo. Reflexiona y juzga si este juicio y su resultado – la Cruz y luego la Resurrección – no son para ti, el único camino de salvación” (San Juan Pablo II, p. 83 de “Cruzando el umbral de la Esperanza”).

 

No olvidemos que nuestro Dios ha querido templar su justicia con una aun mayor misericordia: que ha muerto en la cruz por cada uno de nosotros, para darnos vida eterna.

 

 

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