Jueves, 03 Julio 2014 00:04

¿Por qué el catolicismo está en declive en occidente?

 

Occidente ya no cree en el pecado.
 
Una de las preguntas que a los cristianos nos carcome es: ¿Por qué ha entrado el catolicismo en fuerte descenso en el último medio siglo, más o menos, en los países más modernizados y prósperos del mundo – es decir, los Estados Unidos, Canadá, y gran parte de Europa? 

 

La respuesta más fácil a esta pregunta es que el descenso es el resultado del Concilio Vaticano II. Pero si el Vaticano II desempeñó un papel en la disminución, jugó sólo un rol muy pequeño, a través de un espíritu que se propagó en el clero de congraciarse con los fieles, por ejemplo predicando menos sobre el pecado y sus consecuencias y el maligno. Pero el énfasis de hablar casi exclusivamente del amor de Dios probablemente no fue determinante, a lo sumo, aceleró la declinación. 

¿NOS RECONOCEMOS COMO PECADORES?

 

El cristianismo es una religión de salvación, que ofrece salvarnos del pecado.

Según la historia cristiana, Dios se encarnó en Jesucristo, y luego sufrió y murió en la cruz, para salvarnos de nuestros pecados.

La premisa sobre la que todo esto se basa es, por supuesto, que nosotros los humanos somos pecadores – pecadores muy serios.

Sin embargo, ¿qué si no somos pecadores? Entonces se seguiría que no necesitamos la salvación del pecado. Y si somos pecadores, pero no sentimos que somos pecadores, entonces no sentimos la necesidad de la salvación. Así que el cristianismo no tendrá sentido para nosotros.

En general nosotros, los hombres y las mujeres modernas sentimos que somos pecadores, pero no en un sentido serio.

Admitimos que no somos perfectos. Cualquiera de nosotros puede elaborar una lista de nuestras imperfecciones: a veces comemos o bebemos un poco demasiado; a menudo hacemos poco ejercicio; no leemos lo suficiente buenos libros; cometemos pequeños actos de descortesía de vez en cuando; y así sucesivamente.

Y algunas cosas que antes eran pecado – como el divorcio, las relaciones sexuales fuera del matrimonio, la homosexualidad, la anticoncepción -, han dejado de serlo o si bien subsisten como algo pecaminosas, se ha extinguido el sentido de culpa sobre ellas.

Así, no hay realmente grandes pecados – ciertamente no hay pecados que sean lo suficientemente grandes para que el Creador y sustentador del universo se haya hecho hombre y venga a sufrir y morir para expiar nuestra gran maldad.

Admitimos que algunos seres humanos son realmente muy malos – Hitler, Stalin, Osama bin Laden, Charles Manson, y algunos otros. Pero son muy atípicos en la humanidad. El resto de nosotros, los seres humanos normales, estamos totalmente horrorizados por los crímenes de Hitler y compañía. Esta es una prueba -¿no es cierto? - que nosotros mismos no somos muy malos.

Así que no necesitamos la salvación del pecado. Y no necesitamos una religión que ofrezca esta salvación. Y si es así, no es de extrañar el catolicismo está en declive.

CRECIÓ LA IDEA DE QUE EL HOMBRE NO ES MALO

 

Hubo un tiempo, hace siglos, cuando la gente en el mundo de la cristiandad (el mundo que hoy llamamos el “mundo occidental” – porque ya con exactitud no podemos llamarlo mundo cristiano) tenían un fuerte sentido de su pecaminosidad, y por lo tanto una fuerte sensación de que tenía que ser salvada de sus pecados. En esa atmósfera floreció el catolicismo.

Aun cuando llegó la gran Reforma Protestante (mejor llamada, tal vez, la revolución protestante), este fuerte sentido del pecado persistió. Los tempranos líderes protestantes, por ejemplo Lutero y Calvino, tuvieron tan fuerte el sentido del pecado humano como cualquier católico – y tal vez un sentido aún más fuerte.

Pero las cosas cambiaron en el siglo XVIII. La idea de que la naturaleza humana se inclina al mal, fue gradualmente reemplazada por la idea opuesta, de que la naturaleza humana se inclina al bien.

El pensador que expresa esta idea mejor que nadie fue Jean-Jacques Rousseau, a menudo llamado “el padre del romanticismo.” Pero si Rousseau tuvo una poderosa influencia en el pensamiento y el sentimiento del siglo XVIII (y ciertamente la tuvo), esto se debe a que expresó con palabras persuasivas lo que todos – o por lo menos un gran número de personas – ya estaban a punto de pensar y de sentir.

Esta sustitución de la idea moderna de la bondad humana a la idea católica del pecado original ha tenido, hay que admitir, algunas consecuencias muy importantes y buenas.

Por un lado, facilitó la llegada de la democracia; porque si el ser humano es bueno, entonces podemos confiar en él para gobernarse a sí mismo. Por otro, se nos ha dado una gran confianza en nuestras propias capacidades creativas, dando lugar a un enorme progreso económico y tecnológico.

Pero, y esto también hay que reconocer, socavó la razón de ser de la religión católica.

¿HAY ALGUNA POSIBILIDAD DE QUE LA ANTIGUA VISIÓN CATÓLICA DE LA PECAMINOSIDAD HUMANA PUEDA SER REVIVIDA? 

 

Sí, si nos adentramos en otra época de la maldad, como la edad de Hitler y Stalin.

Era relativamente fácil creer en el pecado original en la época de Hitler y Stalin, porque ofreció demostraciones diarias de la maldad.

Pero ¿no hay otra manera de recuperar nuestra sensación de que necesitamos salvación del pecado?

Todo depende de lo que entendamos por el pecado.

Si el pecado es un asunto de inmoralidad a los grande (asesinato, violación, robo, malversación de fondos, el abuso sexual de menores, la autodestrucción a través del abuso de drogas y alcohol, etc.), entonces la mayoría de nosotros no somos pecadores, y no necesitamos redención cristiana.

Pero si el pecado es una falta de santidad, entonces todos necesitamos la redención, porque sólo Dios es verdaderamente santo. Nosotros, los humanos no somos santos, y no podemos hacernos santos. Podemos llegar a ser santos – a ser salvados de nuestro estado pecaminoso de falta de santidad – sólo por el don de Cristo.

Quizás la raíz del problema es que nosotros, los modernos no creemos realmente en Dios. A lo más, semi-creemos. Pero si de verdad creyéramos en Dios, tendríamos un fuerte sentido de la santidad de Dios; y si tuviéramos un fuerte sentido de la santidad de Dios, tendríamos un correspondientemente fuerte sentido de nuestra propia falta de santidad (es decir, de nuestro pecado); y esto a su vez nos haría sentir la necesidad de la salvación del pecado.

En este sentido puede ser útil mostrar como algunos hechos que hoy casi no son pecados, vuelvan a adquirir el sentido de pecado por el mal que traen a la humanidad, como el aborto, el divorcio, la corrupción, el sexo fuera del matrimonio, etc.

Fuentes: David Carlin, Signos de estos Tiempos  02-07-2014