Miércoles, 17 Diciembre 2014 21:54

Se le miente en la cara diciendo que no pasa nada, que es un trámite... y se esconden las secuelas del síndrome post-aborto

La autora es Profesora de Ética y Filosofía de la Universidad Austral

 

Por: Paola Delbosco

 

07-11-14  En los proyectos de ley que buscan despenalizar el aborto se expresa que éste es una solución para un problema social: el embarazo inesperado, que puede llevar al aborto clandestino y, en consecuencia, a la muerte de la mujer por las condiciones precarias de realización.

A la vez se argumenta que, nadie quiere el aborto, pero hay casos en los que no se puede evitar y situaciones en las que es la única salida. Eso dicen.

Ante este esquema de pensamiento, que implica desde su propio punto de vista, reconocer un fracaso social, conviene preguntarse si realmente las cosas son como se presentan, y si el Estado -y nosotros como sociedad- debemos conformarnos con este supuesto mal menor inevitable.

En primer lugar, cabe discutir si verdaderamente es inevitable. ¿Es realmente el aborto la única opción? La respuesta es no. 

nuestros vecinos de Chile, con una de las legislaciones más pro-vida del mundo, pueden llegar a una mortalidad materna nula porque invirtieron sus recursos en la atención de las madres vulnerables y en los planes de asistencia para ayudar social, psicológica, médica y económicamente a las mujeres embarazadas en riesgo.

Muchas veces, ante un embarazo inesperado que viene acompañado de dificultades, la sociedad mira para otro lado y condena a una mujer vulnerable con la fría indiferencia.

A quien tiende la mano pidiendo ayuda, se le devuelve la cruel condena a un aborto. Se le miente en la cara diciendo que no pasa nada, que es un trámite... y se esconden las secuelas del síndrome post-aborto, con sus trastornos en la alimentación, la sexualidad y el sueño, la depresión clínica o subclínica, los comportamientos auto agresivos (alcohol, drogas, promiscuidad, nuevos abortos) y la mayor incidencia de abuso/maltrato infantil hacia otros hijos/as.

El momento de legislar lleva siempre implícita una reflexión sobre qué sociedad queremos ser, hacia dónde vamos. En el debate del aborto, surge la pregunta: ¿queremos ser una sociedad del descarte, de la indiferencia, de la frialdad? O, por el contrario, ¿una sociedad inclusiva, solidaria, cercana, responsable?

El peso de un aborto se lleva toda la vida. A veces esta decisión es fruto de la ideología y se sobrevive encerrada en esa cáscara, pero cuando se carga con la presión de unas circunstancias de desamparo, siempre hiere el corazón de una madre que no puede olvidar a su bebé.

La Argentina es un país abierto. Luchemos por conservar esa magnanimidad que supo abrir los brazos para gentes de todo el mundo y protejamos a nuestras madres vulnerables invirtiendo los recursos del Estado en ayudarlas.

En un mundo de violencia podemos contribuir a la paz, porque como dice el Talmud, el que salva una vida, salva al mundo entero. Y, en este caso, salvamos dos: la del bebé y la de la mamá.

 

 

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