Lunes, 22 Diciembre 2014 11:19

Seis testimonios de los horrores que viven 'niños soldado' en la República Centroafricana

 
 
Al comienzo de la crisis en este país había unos 2.500 menores que pertenecían a grupos armados; ahora son entre 6.000 y 10.000.
 
"Vi a muchos de mis compañeros morir mientras luchábamos.
 
Vi muchas cosas, muchas atrocidades", relata uno de los chicos, que son obligados a combatir, matar o cometer otros actos de violencia extrema
 
El escalofriante relato de Save the Children sobre los "niños soldado"
 
22-12-14  Víctor Ruiz

Han transcurrido dos años desde el estallido de la guerra civil en República Centroafricana. Por aquel entonces, se calcula que los grupos armados habían reclutado unos 2.500 niños, mientras que a día de hoy el número de 'niños soldado' se ha multiplicado casi por cuatro y ya son entre 6.000 y 10.000.

Así lo denuncia la organización Save the Children, que advierte de que algunos de ellos son secuestrados u obligados a unirse a grupos armados, mientras que otros se han unido voluntariamente para poder sobrevivir, porque tienen necesitan comer desesperadamente, conseguir ropa, dinero o protección. Los hay que también se suman a los combatientes por la presión de amigos o familiares, para proteger a los suyos o para vengarse por la muerte de padres o hermanos.

En su informe 'Caught in a Combat Zone', Save the Children detalla como estos pequeños, algunos de 8 años de edad, son obligados a combatir, llevar armas o ejercer otros papeles de apoyo. A menudo son víctimas de abusos físicos y mentales por parte de los militantes, y algunos son obligados a matar o a cometer otros actos de violencia.

También destaca que presenciar o cometer asesinatos y otros actos de violencia extrema durante meses, e incluso años, provoca miedo, ansiedad, depresión e inseguridad en los niños, que pueden necesitar apoyo psicológico especializado.

 

"Inmersos en la violencia"

 

“Muchos de estos niños han pasado por cosas por las que ningún adulto y, menos un niño, debería pasar, presenciando la muerte de seres queridos, viendo sus casas destrozadas y sobreviviendo en condiciones duras y de inseguridad en los arbustos durante meses”, dice Julie Bodin, responsable de Protección de Save the Children en República Centroafricana.

“Aunque abandonen el grupo armado o les liberen, estos niños pueden ser estigmatizados o rechazados por sus comunidades y encontrar muchas dificultades para volver a la 'vida normal' después de estar tanto tiempo inmersos en la violencia”.

La pobreza extrema, junto con la falta de acceso a la educación y de oportunidades de empleo para los mayores, contribuye a que cada vez más niños sean reclutados por grupos armados.

El informe recuerda que dos años después del estallido de la crisis y tres meses después del comienzo del mandato de la misión de Naciones Unidas (MINUSCA), el Gobierno de República Centroafricana, las agencias de Naciones Unidas, los países que aportan tropas y los donantes deben aumentar sus esfuerzos para prevenir el reclutamiento de niños soldado y para desmovilizarlos. Las intervenciones, rápidas y sostenibles, deben también incluir apoyo especializado para ayudar a los niños a recuperarse y a reintegrarse en sus comunidades.

“Se necesitan más recursos de manera urgente para recomponer la vida de estos niños y para reconstruir y fortalecer las escuelas, que son clave para que puedan salir adelante. Esto es básico, no solo para ellos sino para el futuro del país”, concluye Bodin. 



Los testimonios

 

Save the Children detalla como en diciembre de 2012, el grupo armado Séléka desató la violencia en el país, con una serie de acontecimientos, asesinatos y pueblos arrasados que culminaron con el golpe de Estado de marzo de 2013.

En diciembre de ese mismo año, nació el grupo 'antibalaka', cuyos componentes tomaron las armas en busca de venganza.

En medio de este ambiente, la organización internacional ha recogido los testimonios y experiencias de aquellos que han pasado de ser niños, a ser combatientes.

 

Jules, 12 años

 

Jules ha tenido una infancia difícil desde el primer momento. Después de tener que someterse a varias operaciones siendo muy pequeño, se vio obligado a marcharse con su hermano mayor a otra población para que éste buscase trabajo ante la precariedad que soportaba su familia.

Poco después, el grupo armado Séléka atacó su pueblo matando a su hermano y único protector. Como respuesta, Jules se unió a un grupo 'antibalaka', movimiento rival del Séléka, para vengar a su hermano.

Recientemente, la madre de Jules descubrió la situación de su hijo y fue a buscarle consiguiendo que dejara las armas. Aunque la familia sigue sufriendo la pobreza extrema que azota al país y vive en un campo de refugiados, al menos, han conseguido reunirse.

 

"Tengo pesadillas, veo musulmanes Séléka a mi alrededor y quieren cortarme en trozos pequeños", relata el niño.

 

Jules ha vuelto a estudiar y visita regularmente los espacios infantiles facilitados por Save the Children, pero sigue colaborando puntualmente con el grupo armado como recadero a cambio de alimentos, siempre con la convicción de que tiene que vengar el asesinato de su hermano y ser el protector de su familia con solo 12 años.

Cristal, 16 años

 

Cristal tenía 16 años cuando se unió al Séléka. Un año después, afortunadamente, ha conseguido un trabajo y se gana la vida vendiendo cacahuetes.

"Se llevaron a mi hermano mayor a la comisaría, donde fue maltratado. Fui a verlo para intentar que lo liberasen. Muchas personas fueron maltratadas en ese momento y la escuela ya había cerrado a causa de la violencia, así que tenía que hacer algo al respecto", narra.

Y Cristal se unió al Séléka para proteger a su familia. "Después de estar un año con el Séléka, mi padre vino a Bangui a buscarme", y su vida cambió. Ahora, desde la distancia, Cristal reconoce que se equivocó, que no tomó la decisión adecuada y ha lanzado un mensaje: "No es bueno que un niño se una a un grupo armado porque van a ver cosas horribles. Verán sangre, verán decapitaciones y se enfrentarán a la muerte mientras que juegan con tu mente", se lamenta.

Actualmente Cristal puede decir: "Vi todo esto pero ahora voy a la Iglesia y siento que me he liberado de todo. Mi vida es mejor que cuando estaba en el grupo armado".

 

Simon, 16 años

 

Aunque ahora tiene 17 años, con 16 se convirtió en el miembro más joven de un grupo 'antibalaka' después de ver cómo asesinaban a su familia e incendiaban su casa y todo lo que poseía. "Me uní al grupo para vengar a mi familia ya que Séléka nos destruyó", afirma.

En su entrevista, reconoce que le encantaría poder dejar el grupo y las armas a un lado, pero siente que no tiene otra alternativa, que nunca encontrará un trabajo ni podrá sobrevivir por sus propios medios. Además, cree que el final de la guerra no está cerca, por lo que los grupos armados como el suyo deben mantener sus armas y estar preparados para ser una vez más atacados.

Para aguantar los horrores a los que se enfrenta diariamente y mitigar los dolores de las heridas sufridas en los enfrentamientos, Simon se esconde tras el consumo de drogas y sus amuletos. "Por el momento me quedo en la base, pero me siento mal y no puedo obtener atención médica adecuada. Nadie se ocupa de nosotros", denuncia.

 

Maeva, 17 años

 

Un día de 2003, cuando Maeva volvía de la Iglesia, descubrió que su tía, persona que se había hecho responsable de su cuidado, había sido asesinada supuestamente a manos de los milicianos del Seleka. Solo tres días después, cinco milicianos regresaron a la casa y la violaron.

Mientras se refugiaba con unos parientes en el campo para tratar de olvidar el trauma vivido, Maeva oyó por primera vez que existía un grupo 'antibalaka' y decidió unirse a ellos.

"Lo hice por lo que le habían hecho a mi tía. Como resultado de mi ira, decidí unirme a ellos. Mi tía era la única cosa preciosa que tenía, significaba tanto para mí", explica, para añadir que el grupo le hizo fuerte y le enseñó a matar.

Años después, la niña reconoce que podría dejar las armas, pero, como en el caso anterior, no ve un futuro fuera de las paredes de la base del grupo armado, lejos de los 'niños soldado'. Aún así, sueña cada día con volver a la escuela.

 

Grâce à Dieu, 15 años

 

Grace tenía 15 años cuando Séléka vino a su ciudad a finales de 2012 y pensando que su padre era rico, le secuestraron. Siendo el mayor de siete hermanos, la única salida que encontró para poder mantener a su familia fue la de convertirse en 'niño soldado'.

Desde entonces, él y otros niños fueron enviados regularmente a luchar en la primera línea de combate, un hecho que describe como la parte más dura de su experiencia.

“Cada mañana entrenamos duro, arrastrándonos por el barro. Los soldados querían que fuésemos mezquinos, despiadados”, recuerda. "Siempre me esforcé para no matar a gente inocente. Vi un montón de cosas, muchas

atrocidades", añade Grâce en su testimonio.

“Cuando combatíamos, éramos nosotros, los niños, los que estábamos muchas veces en primera línea. Otros se quedaban atrás. Vi a muchos de mis compañeros morir mientras luchábamos”, concluye.

En marzo y abril 2014, gracias a la intervención de los líderes locales apoyados por ONG, los niños de Séléka fueron desmovilizados y enviados de vuelta con sus familias.

 

Jean, 16 años

 

Jean veía en Séléka una forma de ganar dinero para su familia pero pronto descubrió que la realidad era muy diferente. "Cuando era joven, cuando me incorporé, no sabía lo que estaba haciendo pero ahora ya he crecido".

"Me uní a Séléka porque pensé que me gustaría ganar dinero", explica.

 

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