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Política de Estado


Jueves, 12 Febrero 2015 07:18

Un movimiento social cristiano en época del pontificado del Papa Francisco

Un movimiento social cristiano en época del pontificado del Papa Francisco
 
La Doctrina Social de la Iglesia es la única alternativa global al liberalismo dominante
 
Giorgio Chevallard

Con ocasión de la celebración de los 1.000 números de la Revista Cristiandad, tendremos otra vez en Barcelona al Dr. Guzmán Carriquiry, el primer laico que ocupa una vicepresidencia de una Comisión Pontificia (Pontificia Comisión de América Latina - CAL), después de 40 años al servicio de la Santa Sede, muchos de ellos trabajando en el secretariado del Consejo Pontificio para los Laicos, colaborador de cinco Papas y amigo personal del Papa Francisco.

 

Por la inteligencia y el valor eclesial de sus análisis y contribuciones, por su amistad especial con Barcelona (frecuentemente invitado por E-CristiansUniversitat Abat Oliba, grupo FE i CULTURA,…) y para prepararnos a este nuevo encuentro, creemos interesante reproducir un resumen de su intervención del 24 de noviembre 2012 en una Jornada organizada por E-Cristians, hablando sobre la crisis que es antropológica y moral antes que económica.

Es especialmente significativo recuperar este juicio en el momento que España y Europa esperan de los nuevos movimientos populistas como Syriza y Podemos la solución de los problemas de la crisis, de la dictadura de liberalismo económico, que promueve la austeridad (aún necesaria) por encima del bien común de los pueblos, que se preocupa de la macroeconomía mucho más que del bienestar del pueblo.

Evidentemente, nadie puede pensar de vivir del trabajo de los demás (es asistencialismo, es parasitismo). Hace falta que los cristianos sepamos conjugar una respuesta política creíble al desmoronamiento del sistema y de las evidencias que han sostenido nuestra civilización.

No basta ni la austeridad, ni el economicismo materialista, hace falta recuperar la persona, con su pasión por la vida y el bien, suyo y de los demás. Hace falta más doctrina social puesta en práctica. Políticamente, otra ocasión perdida para la presencia del catolicismo.

Frente a este Poder que todo lo invade y domina (aún en diferentes formas), hay que volver a empezar por la persona concreta – tú, yo - y su deseo infinito.

La intervención de Carriquiry

Hay una profunda relación entre crisis económica y crisis moral: el economicismo tecnocrático, indiferente al valor de la persona, es el único análisis y remedio que se pone a la crisis. Una crisis global impone un análisis global y cambios globales.

Después de la caída del comunismo, es necesario repensar el desarrollo global. Se vivía con un gran optimismo (se hablaba de “fin de la historia”, de crecimiento inevitable), hemos tenido 20 años de gran desarrollo impulsado por los avances tecnológicos y el dinero fácil.

La primera causa de la crisis moral es el déficit ético de las estructuras económicas nos dice la “Caritas in Veritate”: la economía no funciona sin la ética. No bastan ni un llamado moral edificante, ni un moralismo sólo crítico, que echa toda la culpa a los demás. ¿Qué nos ha traído a todo esto?

La avidez de ganancias a toda costa; el predominio de la economía financiera sobre la producción de bienes y servicios; el consumir por encima de las propias posibilidades (con un endeudamiento insostenible e casi irrecuperable con las tasas de interés del mercado); los deseos a satisfacer a cualquier precio y sin responsabilidad (la “dictadura de los deseos” rompiendo enlaces personales y sociales) ¿Es nueva esta avidez (concupiscencia)? No, son los viejos ídolos de siempre: el poder, el dinero, el placer. Sin el pecado original no se entiende la realidad de lo que pasa.

Ya Augusto Del Noce en los años ’70 anunciaba un periodo de materialismo irreligioso para después de la caída del marxismo. Se forma una sociedad líquida, crece la insolidaridad [N.d.T.: la desvinculación], el totalitarismo de la disolución (la TV corrosiva); crece un nihilismo aparentemente autosuficiente, la banalidad. Es una mutación antropológica: se forma un “no-pueblo”, una masa indiferenciada, manipulada por los medios de comunicación.

La crisis nos arrastra si faltan fuerzas de cohesión. Se suman el tremendo potencial de los medios (tecnología) con la confusión sobre los fines, la confusión “moral”. Este vacío ideal genera un vacío político: lo vemos bien en la crisis de Europa, sin proyectos, donde los partidos sólo se pelean: faltan ideales. En la Eurozona falta un alma europea, una interioridad profunda que nazca de la historia común: vivimos sin destino, sin pertenencia, impotentes, sin esperanza (en contraste, el 94% de los brasileños son optimistas).

En Europa domina el pesimismo, falta energía; la crisis golpea sobre todo a los jóvenes que no estén preparados a afrontar el paro, la descompensación afectiva, los sacrificios. Vivimos un invierno demográfico insostenible donde vence la cultura de la muerte (aborto, eutanasia, suicidios): Europa se suicida. Los 2 millones de jóvenes de la Jornada Mundial de la Juventud expresan una búsqueda de sentido. La crisis religiosa, la descristianización golpean más duro que en Estados Unidos: pero “sin Dios, acabamos contra el hombre”.

 

¿Dónde reconstruir? No bastan medidas técnicas, debemos afrontar el trasfondo moral, buscar las energías de reconstrucción: hombres verdaderos valen más que el dinero. Si para cada generación le toca un nuevo inicio (Spe Salvi), tenemos una gran oportunidad: vivir la realidad como una provocación que nos despierte y nos de energías para conocer y construir (hemos sido conniventes con el poder que siempre intenta adormecer el deseo del hombre). Poner al centro la persona (que cuenta mucho más que los mecanismos de desarrollo): buscar el cambio del corazón de la persona, de su afecto y su voluntad, poco a poco. Es un reto educativo: despertar y cultivar su humanidad, mantener vivos sus anhelos, el sentido religioso, connaturales en el hombre. Sólo así renace la pasión por nuestra humanidad. Vivimos una emergencia educativa, porqué una hipótesis de significado es necesaria para que haya educación. La riqueza de un pueblo son los hombres y mujeres con su humanidad. Hay una incapacidad de nuestra generación de educar (se han desmantelado los lugares educativos: la familia, la escuela, la iglesia).

Necesitamos recuperar los vínculos de pertenencia, vivir la persona del otro como don: el matrimonio, la paternidad, la filiación, la fraternidad. La familia es el mejor seguro social, que cuida la solidaridad intergeneracional, que sin embargo sufre continuos atentados. Hace falta reconstruir las moradas humanas para las personas, un tejido social; vivir la experiencia de ser pueblo, de tener una morada común.

Debemos superar la actual dialéctica Estado-mercado. Reafirmar el principio desubsidiariedad: no pretender todo del Estado, que se trasforma en asistencialismo, a veces incluso parasitario. Promover la cultura del trabajo: la laboriosidad, el sentido profundo del trabajo.

Privilegiar la economía real frente a la especulativa. Invertir talentos en el propio trabajo. Reabsorber el paro actual en la perspectiva de estancamiento económico es imposible: plantearse como repartir el trabajo (sobre todo en España).

Recuperar para las empresas una “affectio societatis”, porque no viven sólo de acciones y profit). Promover la economía del don, la gratuidad que no es contradictoria con la economía, baste pensar en el valor económico y la repercusión social de los afectos verdaderos (la familia, la paternidad y maternidad, la amistad, el voluntariado, la asistencia, las ONG,...[el “capital social”]).

Es la solidaridad: una pasión por la propia vida y destino que nos hace apasionar por la vida y el destino de lo demás (la Sollicitudo Rei Socialis la define como: “una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común”). Con una prioridad para los más pobres, que es muy distinta del asistencialismo.

Frente a pobreza, paro, precariedad laboral, inmigrantes, ancianos, drogados,… hace falta la caridad del buen samaritano, la Caridad de las Obras. Esto no resuelve la crisis, pero la palia: y pone las personas de pié, como hacen Caritas y otras ONG. La Caridad exige la justicia, pero la supera; no es una “filantropía” temporal; la Ciudad del hombre no puede fundarse sólo en la carta de derechos y deberes.

Hacen falta soluciones de equidad, justicia y desarrollo, no basta una simple austeridad: reglas financieras, una política autentica (ver el reciente documento de “Justicia y Paz”). Rehabilitar la dignidad de la política, “forma eminente de caridad”, por amor a los ciudadanos y al bien común. La política sin pasión por el bien y la verdad se reduce. La “Caritas in Veritate” es la verdadera fuerza de desarrollo.

Los católicos estamos llamados a ser protagonistas, a encontrar nuevos modelos de desarrollo. Amor y verdad, la bipolaridad constitutiva de lo real, son atributos divinos: debemos volver a Dios. La esperanza es imperdible para los cristianos, nunca estamos solos.

Sin Dios, no hay fraternidad, solo egoísmo. Solo Cristo responde al corazón de los hombres. La certeza de la fe es más grande de nuestras miserias permite afrontar la realidad con positividad. La nueva evangelización hará la reconstrucción del tejido humano.

NOTA: una pregunta de los asistentes le acusó de pesimismo, frente a todo lo que ya hacía la Unión Europea. Guzmán contestó: no me desmarco ni una coma de lo dicho, si queremos tener verdadera esperanza en el corazón, y no nos basta un simple optimismo.

Si no vamos a fondo de las causas de la crisis, no sirve: hacen falta soluciones radicales, como el tema es radical. ¿Cómo se reparte el trabajo? Buscar una solidaridad social y política, como hicieron Schumann, Adenauer, de Gasperi [los padres de la Unión Europea].

 

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Y una constante actitud

 

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El amor

 

Y la consagración

 

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Mi Salvador y Señor

 

Jesucristo

 

Amén