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Miércoles, 05 Diciembre 2012 10:52

Divorciarse no es poder recomenzar de cero

La Iglesia católica ante los divorciados

A veces, los que se divorcian quieren una segunda oportunidad y no entienden que la Iglesia católica
no reconozca su nuevo matrimonio. En el libro "Dije 'sí'. Dije 'quiero'" (1), Alain Bandelier explica que,
para comprenderlo, hace falta conocer las razones teológicas de esa doctrina y también tener realismo.
Como señala en el fragmento que reproducimos aquí, el pasado no se puede borrar: es ilusorio creer
que el divorcio permite recomenzar partiendo de cero.

¿Por qué los discípulos de Cristo que se casan y se separan no son libres de contraer una nueva unión?
Esta pregunta se ha vuelto hiriente. De una parte, por razones culturales: las mentalidades han
cambiado y tenemos una visión –que podríamos llamar cada vez más absolutista– de los derechos del
hombre. La ley soy yo y yo hago lo que quiero: dejadme seguir mi conciencia. ¿Mi conciencia o mis
deseos? (¡es que no son lo mismo!). Y, de otra parte, por razones estadísticas: la llamativa
multiplicación del número de divorcios multiplica a su vez el número de personas que se plantean volver
a casarse y lo acaban haciendo.

Hoy día la Iglesia católica es casi la única que afirma teóricamente el matrimonio indisoluble y lo
continúa practicando. Se olvida con demasiada frecuencia que esta postura que hoy llaman rigorista fue
la de la Iglesia indivisa del primer milenio. ¿Por qué? Porque comprometerse en un segundo matrimonio
en vida del primer cónyuge es siempre una elección contradictoria: se quiera o no, se sepa o no,
significa borrar un vínculo imborrable.

Reconocerlo así permite vivir en la verdad y caminar junto a
Cristo, sin duda en la humildad y quizá en el dolor, pero en verdad. Por el contrario, quien niega el
pasado se otorga a sí mismo y a los demás un futuro ilusorio; y aún más quien reniega de él. [...]

¿Olvidar el pasado y rehacer la vida?

Una historia de amor interrumpida bruscamente, una pareja deshecha: la ruptura es una realidad difícil
de llevar. No resulta fácil elegir el camino en soledad. Como tampoco resulta fácil comprometerse en
una nueva relación. En este caso, la tentación es la de tachar con una cruz el pasado. Hacer como si
jamás hubiera existido para convencerse de que «ancha es Castilla» y de que el futuro se abre ante
uno.

Observemos cómo el vocabulario tanto de los afectados como de su
entorno es de manera espontánea bastante abolicionista. [...] La gente
habla así como así de su exmarido o de su exmujer, o –más lapidariamente
aún y por abreviar– de su «ex», lo cual es cierto en el plano civil: el divorcio,
que se reduce a unas anotaciones en el registro, declara abolida la unión
civil anterior, pero no refleja estrictamente la realidad. En primer lugar,
lo que ha vivido cada persona. Uno no se puede deshacer del otro
mediante una simple sentencia verbal: algo de él o de ella queda inscrito en su interior. Y vale más
reconocerlo que intentar exorcizarlo. [...]

La expresión más ilusoria y más discutible es la que se refiere a «rehacer la vida». Es evidente la idea
que la sustenta, no del todo equivocada. Después de una tragedia, de un fracaso o una ruptura, se
siente el deseo de volver a empezar, de «reinventarse», como se suele decir en el mundo de los
negocios y en los avatares de la vida profesional; o bien, según los jugadores que han perdido dinero
en el casino, de «rehacerse». ¿Es este el vocabulario más apropiado para hablar de una persona, de su
historia, de su misterio?

Solo tenemos una vida: no hay otra de repuesto. Eso de borrarlo todo y empezar de nuevo solamente
ocurre en la escuela, donde se escribe en la pizarra y basta con pasar el borrador; o cuando jugamos a
las cartas: se vuelven a repartir y se inicia otra mano. En la vida, la vida real, es distinto, porque la vida
continúa. ¿Para qué mentirse a uno mismo y a los demás cultivando el pensamiento mágico y actuando
como si el pasado se pudiera suprimir? Eliminarlo mentalmente no es eliminarlo realmente, sino
obligarlo a ocultarse. Entonces se esconde en los recovecos del inconsciente, desde donde no deja de
parasitar el presente.

El pasado se puede superar, es evidente, pero no se puede negar. [...] Yo doy fe de que acompañar a
personas divorciadas poniendo entre paréntesis la gracia del sacramento acentúa el clima trágico (en
quienes están «perdidos y obligados a luchar contra el inevitable repliegue en sí mismos, contra la
pérdida de confianza y los sentimientos violentos y destructivos») y el voluntarista (en personas
«valientes y voluntariosas» decididas a «vencer su desgracia, a luchar hasta reconstruir su vida»).

En resumen, el asunto no consiste en rehacer la vida como el que arranca de un cuaderno una hoja
impresentable llena de tachaduras, sino en escribir hoy el libro de la propia vida, igual que se pasa
página para empezar una novela, pero continuando con la misma historia y con el mismo héroe... ¡no
siempre tan heroico!

¿El final del amor es el final del matrimonio?

«¡Lo nuestro se ha acabado!». Sea cual sea la entonación que se le dé a esta frase –de pena o de
alivio, de odio y resentimiento, o de resignación y misericordia–, rubrica la constatación de un fracaso y
casi un acta de defunción: la de una vida juntos. Pero ¿qué es lo que se ha acabado? ¿La felicidad? ¿El
amor? ¿La pareja? ¿El matrimonio? Sin duda, en ese momento lo que se quiere decir es «¡se ha
acabado todo!».

Pero los hechos son testarudos y la hondura de lo real impide que las cosas, simple y
llanamente, desaparezcan. Los efectos especiales sólo existen en el cine. Sí, hay que decir –por mucho
que decirlo tenga la virtud de irritar al cónyuge que ya no puede soportar al otro, o bien al que se ha
marchado con otro y le gustaría olvidarlo todo– que no es raro que uno de los esposos continúe
amando a pesar de la separación, la distancia e incluso la traición. [...]

Añadamos que el amor conyugal no se reduce a un sentimiento amoroso ni
al apego afectivo. Es también una historia común, una amistad espiritual, el
deseo del bien del otro y la voluntad de ayudarle. En el caso de los
cristianos, además, «el amor conyugal alcanza la plenitud a la que está
ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y
específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma
caridad de Cristo que se dona sobre la cruz» (Juan Pablo II, Familiaris
consortio, n. 13). ¡Este amor sobrenatural o teologal no se esfuma de un
día para otro! Si aún habita en el corazón de alguno de los dos, no existe
ninguna razón para que la adversidad lo arranque de ahí. Por el contrario,
se volverá más profundo aún y más puro: ese hombre o esa mujer es una
criatura de Dios que me ha sido confiada de una manera especial. En
resumen, que «el divorcio es la muerte del amor» se dice demasiado
pronto. Y hacerlo así evidencia una visión empobrecida del amor y lo reduce a su dimensión epidérmica
y psicológica.¿Se puede destruir la indisolubilidad?

Y, si el amor está muerto y enterrado, ¿significaría eso la muerte del matrimonio? [...] Este es el
discurso que se escucha en sesiones y conferencias: «En caso de divorcio, se interrumpe la relación
entre los esposos. Cristo está presente y se compromete con cada uno de ellos individualmente, pero
no con la pareja. Cristo continúa caminando junto a cada uno por separado».

A esta problemática al fin y al cabo jurídica, Alain Mattheeuws responde acertadamente desde el plano
apropiado, que es el místico: «Cristo no desaparece de la pareja que sufre. Por ser un sacramento, [el
matrimonio] queda inscrito siempre en la memoria no solo de los registros canónicos, sino del Cuerpo
de la Iglesia» (Séparés, divorcés à coeur ouvert, ediciones Lethielleux – Parole et Silence, 2010, p. 126).

De este modo recoge la enseñanza de Juan Pablo II: «Por tanto, el amor coniugalis no es solo ni sobre
todo sentimiento; por el contrario, es esencialmente un compromiso con la otra persona, compromiso
que se asume con un acto preciso de voluntad [...]» (discurso a La Rota, 21-01-1999).
Si se quiere ser fiel al Concilio Vaticano II, conviene releer el mensaje de Pablo VI a los Equipos de

Nuestra Señora: «El matrimonio (no dejemos de repetirlo) es una comunión fundada en el amor y hecha
estable y definitiva por una alianza y un compromiso irrevocables. El amor verdadero es, pues, el
elemento más importante de esta comunión: ese amor que es don, renuncia, servicio, superación. Pero
esta comunión, una vez sellada, no se halla a merced de los altibajos de un querer humano subjetivo,
cambiante e inestable. Queremos una vez más reafirmar esta doctrina tradicional recordada también
por la Constitución pastoral Gaudium et spes [n. 48] en contra del falaz argumento según el cual el
matrimonio llega a su fin cuando el amor (pero ¿qué amor?) se extingue» (Documentation Catholique, 7-
06-1970, n. 1564).

¿Derecho a la felicidad?

«Pero ¿qué amor?». Es una pregunta inquietante. Todos deseamos amar y todos deseamos ser
amados, pero este aparente consenso es hoy motivo de enfrentamientos radicales. El papa Benedicto
XVI menciona un problema de lenguaje desde las primeras líneas de su primera encíclica Deus caritas
est: «El término “amor” se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas, y también de las
que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes» (n. 2).

El Santo Padre, de manera inesperada e incluso inédita en las enseñanzas pontificias, rehabilita el eros,
el «amor ascendente», que «tiende a la eternidad» y «quiere llevarnos más allá de nosotros mismos».
Pero eso conlleva «un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación» (n. 5) sin el que «el eros
ebrio e indisciplinado no es elevación, “éxtasis” hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre» (n.
4). Y esta conversión del amor pasa por la inserción en él del «agapé: el amor se convierte en ocuparse
del otro y preocuparse por el otro.

Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad,
sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más
aún, lo busca» (n. 6).

En mi opinión, este es el punto neurálgico del malentendido, de la incomprensión, de la contradicción
entre la cultura contemporánea y el mensaje cristiano acerca del amor humano y el matrimonio. El
lenguaje y las promesas de Cristo y de su Iglesia no coinciden con el lenguaje y las expectativas del
mundo.

La gente busca lo que llama «la felicidad»: una especie de saciedad de los apetitos sensibles,
emocionales e intelectuales; el Evangelio, por su parte, propone las bienaventuranzas y un camino de
desprendimiento, de vulnerabilidad, de insatisfacción, de compasión e incluso de persecución.

Para la gente el amor significa una forma de dolce vita; sin embargo, Jesús enseña que no hay un amor
más grande que el de entregar la vida (cfr. Jn 15, 13 y Mc 8, 35). Y eso puede ser doloroso, ¡bien lo
sabe Él!

En el fondo, el hombre de hoy y también el católico medio (porque ya hemos visto que las
estadísticas no revelan demasiadas diferencias entre uno y otro) quieren el amor, pero ni por asomo la
cruz. No comprenden que la Iglesia, esa madre malvada, no les libere de lo que les complica la vida y se
la hace dolorosa.

Desean poder agarrarse a una felicidad humana y dejan pasar quizá la felicidad divina. Así lo intuye05/12/12 Aceprensa
www.aceprensa.com/articles/print/id/20183/ 4/5
este poeta, que no es precisamente obispo ni católico: “Cuando el amor os llame, seguidle, / aunque
sus caminos sean duros y escarpados. / Y cuando os hable, creed en él, / aunque su voz pueda
desbaratar vuestros sueños / como el viento del norte asola vuestros jardines. / Porque así como el
amor os corona, debe crucificaros” (Khalil Gibran, El profeta). [...].
Fidelidad a Jesucristo

Tras el fracaso de una pareja, y sin hacerse demasiadas preguntas sobre las razones de ese fracaso,
se afirma como una especie de evidencia que los infelices esposos tienen derecho a una nueva
oportunidad. La felicidad que se da por supuesta en un futuro debería borrar y algo así como reparar la
desgracia sufrida. ¿La desgracia? A mi juicio, existe un discurso compasivo