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Miércoles, 05 Diciembre 2012 11:26

Divorciarse no es poder recomenzar de cero

La Iglesia católica ante los divorciados

 

A veces, los que se divorcian quieren una segunda oportunidad y no entienden que la Iglesia católica no reconozca su nuevo matrimonio. En el libro "Dije 'sí'. Dije 'quiero'" (1), Alain Bandelier explica que, para comprenderlo, hace falta conocer las razones teológicas de esa doctrina y también tener realismo. Como señala en el fragmento que reproducimos aquí, el pasado no se puede borrar: es ilusorio creer que el divorcio permite recomenzar partiendo de cero.

¿Por qué los discípulos de Cristo que se casan y se separan no son libres de contraer una nueva unión? Esta pregunta se ha vuelto hiriente. De una parte, por razones culturales: las mentalidades han cambiado y tenemos una visión –que podríamos llamar cada vez más absolutista– de los derechos del hombre. La ley soy yo y yo hago lo que quiero: dejadme seguir mi conciencia. ¿Mi conciencia o mis deseos? (¡es que no son lo mismo!). Y, de otra parte, por razones estadísticas: la llamativa multiplicación del número de divorcios multiplica a su vez el número de personas que se plantean volver a casarse y lo acaban haciendo.

Hoy día la Iglesia católica es casi la única que afirma teóricamente el matrimonio indisoluble y lo continúa practicando. Se olvida con demasiada frecuencia que esta postura que hoy llaman rigorista fue la de la Iglesia indivisa del primer milenio. ¿Por qué? Porque comprometerse en un segundo matrimonio en vida del primer cónyuge es siempre una elección contradictoria: se quiera o no, se sepa o no, significa borrar un vínculo imborrable. Reconocerlo así permite vivir en la verdad y caminar junto a Cristo, sin duda en la humildad y quizá en el dolor, pero en verdad. Por el contrario, quien niega el pasado se otorga a sí mismo y a los demás un futuro ilusorio; y aún más quien reniega de él. [...]

¿Olvidar el pasado y rehacer la vida?

Una historia de amor interrumpida bruscamente, una pareja deshecha: la ruptura es una realidad difícil de llevar. No resulta fácil elegir el camino en soledad. Como tampoco resulta fácil comprometerse en una nueva relación. En este caso, la tentación es la de tachar con una cruz el pasado. Hacer como si jamás hubiera existido para convencerse de que «ancha es Castilla» y de que el futuro se abre ante uno.

 

Quien niega el pasado se otorga a sí mismo y a los demás un futuro ilusorio

 

Observemos cómo el vocabulario tanto de los afectados como de su entorno es de manera espontánea bastante abolicionista. [...] La gente habla así como así de su exmarido o de su exmujer, o –más lapidariamente aún y por abreviar– de su «ex», lo cual es cierto en el plano civil: el divorcio, que se reduce a unas anotaciones en el registro, declara abolida la unión civil anterior, pero no refleja estrictamente la realidad. En primer lugar, por lo que ha vivido cada persona. Uno no se puede deshacer del otro mediante una simple sentencia verbal: algo de él o de ella queda inscrito en su interior. Y vale más reconocerlo que intentar exorcizarlo. [...]

La expresión más ilusoria y más discutible es la que se refiere a «rehacer la vida». Es evidente la idea que la sustenta, no del todo equivocada. Después de una tragedia, de un fracaso o una ruptura, se siente el deseo de volver a empezar, de «reinventarse», como se suele decir en el mundo de los negocios y en los avatares de la vida profesional; o bien, según los jugadores que han perdido dinero en el casino, de «rehacerse». ¿Es este el vocabulario más apropiado para hablar de una persona, de su historia, de su misterio?

Solo tenemos una vida: no hay otra de repuesto. Eso de borrarlo todo y empezar de nuevo solamente ocurre en la escuela, donde se escribe en la pizarra y basta con pasar el borrador; o cuando jugamos a las cartas: se vuelven a repartir y se inicia otra mano. En la vida, la vida real, es distinto, porque la vida continúa. ¿Para qué mentirse a uno mismo y a los demás cultivando el pensamiento mágico y actuando como si el pasado se pudiera suprimir? Eliminarlo mentalmente no es eliminarlo realmente, sino obligarlo a ocultarse. Entonces se esconde en los recovecos del inconsciente, desde donde no deja de parasitar el presente.

El pasado se puede superar, es evidente, pero no se puede negar. [...] Yo doy fe de que acompañar a personas divorciadas poniendo entre paréntesis la gracia del sacramento acentúa el clima trágico (en quienes están «perdidos y obligados a luchar contra el inevitable repliegue en sí mismos, contra la pérdida de confianza y los sentimientos violentos y destructivos») y el voluntarista (en personas «valientes y voluntariosas» decididas a «vencer su desgracia, a luchar hasta reconstruir su vida»). En resumen, el asunto no consiste en rehacer la vida como el que arranca de un cuaderno una hoja impresentable llena de tachaduras, sino en escribir hoy el libro de la propia vida, igual que se pasa página para empezar una novela, pero continuando con la misma historia y con el mismo héroe... ¡no siempre tan heroico!

¿El final del amor es el final del matrimonio?

«¡Lo nuestro se ha acabado!». Sea cual sea la entonación que se le dé a esta frase –de pena o de alivio, de odio y resentimiento, o de resignación y misericordia–, rubrica la constatación de un fracaso y casi un acta de defunción: la de una vida juntos. Pero ¿qué es lo que se ha acabado? ¿La felicidad? ¿El amor? ¿La pareja? ¿El matrimonio? Sin duda, en ese momento lo que se quiere decir es «¡se ha acabado todo!». Pero los hechos son testarudos y la hondura de lo real impide que las cosas, simple y llanamente, desaparezcan. Los efectos especiales sólo existen en el cine. Sí, hay que decir –por mucho que decirlo tenga la virtud de irritar al cónyuge que ya no puede soportar al otro, o bien al que se ha marchado con otro y le gustaría olvidarlo todo– que no es raro que uno de los esposos continúe amando a pesar de la separación, la distancia e incluso la traición. [...]

 

Decir que "el divorcio es la muerte del amor" evidencia una visión empobrecida del amor y lo reduce a su dimensión epidérmica y psicológica

 

Añadamos que el amor conyugal no se reduce a un sentimiento amoroso ni al apego afectivo. Es también una historia común, una amistad espiritual, el deseo del bien del otro y la voluntad de ayudarle. En el caso de los cristianos, además, «el amor conyugal alcanza la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13). ¡Este amor sobrenatural o teologal no se esfuma de un día para otro! Si aún habita en el corazón de alguno de los dos, no existe ninguna razón para que la adversidad lo arranque de ahí. Por el contrario, se volverá más profundo aún y más puro: ese hombre o esa mujer es una criatura de Dios que me ha sido confiada de una manera especial. En resumen, que «el divorcio es la muerte del amor» se dice demasiado pronto. Y hacerlo así evidencia una visión empobrecida del amor y lo reduce a su dimensión epidérmica y psicológica.

¿Se puede destruir la indisolubilidad?

Y, si el amor está muerto y enterrado, ¿significaría eso la muerte del matrimonio? [...] Este es el discurso que se escucha en sesiones y conferencias: «En caso de divorcio, se interrumpe la relación entre los esposos. Cristo está presente y se compromete con cada uno de ellos individualmente, pero no con la pareja. Cristo continúa caminando junto a cada uno por separado».

A esta problemática al fin y al cabo jurídica, Alain Mattheeuws responde acertadamente desde el plano apropiado, que es el místico: «Cristo no desaparece de la pareja que sufre. Por ser un sacramento, [el matrimonio] queda inscrito siempre en la memoria no solo de los registros canónicos, sino del Cuerpo de la Iglesia» (Séparés, divorcés à coeur ouvert, ediciones Lethielleux – Parole et Silence, 2010, p. 126). De este modo recoge la enseñanza de Juan Pablo II: «Por tanto, el amor coniugalis no es solo ni sobre todo sentimiento; por el contrario, es esencialmente un compromiso con la otra persona, compromiso que se asume con un acto preciso de voluntad [...]» (discurso a La Rota, 21-01-1999).

Si se quiere ser fiel al Concilio Vaticano II, conviene releer el mensaje de Pablo VI a los Equipos de Nuestra Señora: «El matrimonio (no dejemos de repetirlo) es una comunión fundada en el amor y hecha estable y definitiva por una alianza y un compromiso irrevocables. El amor verdadero es, pues, el elemento más importante de esta comunión: ese amor que es don, renuncia, servicio, superación. Pero esta comunión, una vez sellada, no se halla a merced de los altibajos de un querer humano subjetivo, cambiante e inestable. Queremos una vez más reafirmar esta doctrina tradicional recordada también por la Constitución pastoralGaudium et spes [n. 48] en contra del falaz argumento según el cual el matrimonio llega a su fin cuando el amor (pero ¿qué amor?) se extingue» (Documentation Catholique, 7-06-1970, n. 1564).

¿Derecho a la felicidad?

«Pero ¿qué amor?». Es una pregunta inquietante. Todos deseamos amar y todos deseamos ser amados, pero este aparente consenso es hoy motivo de enfrentamientos radicales. El papa Benedicto XVI menciona un problema de lenguaje desde las primeras líneas de su primera encíclicaDeus caritas est: «El término “amor” se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas, y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes» (n. 2).

El Santo Padre, de manera inesperada e incluso inédita en las enseñanzas pontificias, rehabilita el eros, el «amor ascendente», que «tiende a la eternidad» y «quiere llevarnos más allá de nosotros mismos». Pero eso conlleva «un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación» (n. 5) sin el que «el eros ebrio e indisciplinado no es elevación, “éxtasis” hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre» (n. 4). Y esta conversión del amor pasa por la inserción en él del «agapé: el amor se convierte en ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca» (n. 6).

En mi opinión, este es el punto neurálgico del malentendido, de la incomprensión, de la contradicción entre la cultura contemporánea y el mensaje cristiano acerca del amor humano y el matrimonio. El lenguaje y las promesas de Cristo y de su Iglesia no coinciden con el lenguaje y las expectativas del mundo. La gente busca lo que llama «la felicidad»: una especie de saciedad de los apetitos sensibles, emocionales e intelectuales; el Evangelio, por su parte, propone las bienaventuranzas y un camino de desprendimiento, de vulnerabilidad, de insatisfacción, de compasión e incluso de persecución.

Para la gente el amor significa una forma de dolce vita; sin embargo, Jesús enseña que no hay un amor más grande que el de entregar la vida (cfr. Jn 15, 13 y Mc 8, 35). Y eso puede ser doloroso, ¡bien lo sabe Él! En el fondo, el hombre de hoy y también el católico medio (porque ya hemos visto que las estadísticas no revelan demasiadas diferencias entre uno y otro) quieren el amor, pero ni por asomo la cruz. No comprenden que la Iglesia, esa madre malvada, no les libere de lo que les complica la vida y se la hace dolorosa.

Desean poder agarrarse a una felicidad humana y dejan pasar quizá la felicidad divina. Así lo intuye este poeta, que no es precisamente obispo ni católico: “Cuando el amor os llame, seguidle, / aunque sus caminos sean duros y escarpados. / Y cuando os hable, creed en él, / aunque su voz pueda desbaratar vuestros sueños / como el viento del norte asola vuestros jardines. / Porque así como el amor os corona, debe crucificaros” (Khalil Gibran, El profeta). [...].

Fidelidad a Jesucristo

Tras el fracaso de una pareja, y sin hacerse demasiadas preguntas sobre las razones de ese fracaso, se afirma como una especie de evidencia que los infelices esposos tienen derecho a una nueva oportunidad. La felicidad que se da por supuesta en un futuro debería borrar y algo así como reparar la desgracia sufrida. ¿La desgracia? A mi juicio, existe un discurso compasivo no siempre acertado que abusa de este término. En efecto, desgraciados son el esposo o la esposa abandonados, que se quedan «tirados en la cuneta», como me decía alguno. O bien los maltratados, humillados y explotados. Pero hay cónyuges a los que no les disgusta retomar su libertad y parejas problemáticas para quienes la separación es la solución menos mala.

No pretendo minimizar la prueba de la soledad, sobre todo en el caso de los hombres y mujeres que han pasado por años de convivencia, de ternura, de felicidad conyugales y familiares. Por eso admiro más aún a los que reemprenden el camino solos por fidelidad a sí mismos y a Cristo. Simplemente quiero subrayar que optar por lo contrario no es el resultado del azar ni de una necesidad: es una elección.

Eso es lo que escribía al autor del folleto Toi que vis le divorce una mujer que llevaba veinte años divorciada: «[...] Se ve que conoce usted bien nuestra situación y que ha tratado con mucha gente afectada por una separación. No obstante, el texto no dice que volver a casarse no es algo automático, y que tampoco es ese el camino que nos propone la Iglesia. La Iglesia no nos muestra un camino exigente por el placer de vernos sufrir o por ponernos la vida difícil, sino porque es un modo de hacernos crecer en el amor de Dios. La exigencia es también una forma de misericordia divina».

Los cónyuges divorciados que siguen el camino de la fidelidad saben que es difícil: ¿se puede permanecer fiel a alguien ausente? También los que emprenden el camino de una nueva unión se enfrentan a cosas difíciles: ¿puede uno entregarse de verdad más de una vez? Para eliminar estas dificultades objetivas, habría que hacer como si fuera posible empezar de cero. Pero esa eliminación es puramente virtual, además de engañosa. Unos y otros deben aceptar la contradicción, es decir, en términos espirituales, la crucifixión. «Si alguno quiere venir detrás de mí... que tome su cruz y que me siga» (Mt 16, 24). La cruz no se busca allá lejos, no se inventa ni se imagina. Está ahí. Está ahí ya, en el centro de mi vida. La Iglesia no me carga con pesos insoportables, como dicen algunos: lo hace la vida, y a veces también lo hago yo mismo en el incierto juego de los acontecimientos, de las influencias externas y de las decisiones interiores.

«Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). El dulce Salvador nuestro no hace promesas falsas. No dice: os libraré de vuestra carga, como dan a entender algunos comentarios soft de estos versículos. Dice: «Llevad mi yugo sobre vosotros». Que vuestra carga sea la mía. Llevad mi cruz conmigo, igual que yo llevo vuestra cruz con vosotros. No, la Iglesia no abandona a los divorciados que se vuelven a casar «dejándoles definitivamente en una situación imposible de vivir». Lo único imposible de vivir es estar separado de Cristo. Pero él está con nosotros, como con usted, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

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(1) Alain Bandelier. Dije “sí”. Dije “quiero”. El matrimonio cristiano ante el desafío del divorcio. Rialp (2012). 239 págs. 21 €. Traducción: Gloria Esteban. T.o.: Le mariage chrétien à l’épreuve du divorce
Ver reseña en Aceprensa, 10-10-2012
El fragmento reproducido aquí, con autorización de la editorial, está en las págs. 140-150.