Sábado, 27 Febrero 2016 09:23

Represión en Tailandia: el nuevo calvario de los cristianos perseguidos de Pakistán

 

Un impactante reportaje de la BBC revela las durísimas condiciones que padecen en prisión hombres, mujeres, niños y bebés, en medio de la ineficacia de la ONU.

 

“No tenemos ninguna fe en las Naciones Unidas. Sólo tenemos fe en Dios. Él nos traerá la libertad”. Son palabras de Nazeem, una joven cristiana paquistaní de 19 años peticionaria de asilo en Tailandia, mientras se aferra a un bebé, sometida a las durísimas condiciones de una prisión del país.

En un impactante reportaje con cámara oculta, la cadena pública británica BBC nos revela la situación que padecen miles de cristianos paquistaníes que, como Nazeem, llegaron a Tailandia buscando refugio, forzados a huir, sin nada, para salvar sus vidas de la persecución religiosa que sufren en su propio país.

Nada más lejos de la imagen hospitalaria que ofrece Tailandia al turista. A estos peticionarios de asilo se les responde con detenciones rutinarias y encarcelamientos en prisiones masificadas e insalubres: familias al completo incluyendo mujeres, niños y bebés, a los que la ONU tiene el deber de proteger.

En total se estima que hay unos 11.500 solicitantes de asilo paquistaníes en Tailandia, más que de cualquier otro país, excepto Myanmar. No hay cifras oficiales sobre el número de detenidos. Con el silencio que impone Tailandia sobre sus cárceles y la vergüenza que esto supone para la ONU, no resulta extraño. Pero las de organizaciones humanitarias afirman que suman cientos cada mes, citando por ejemplo que en marzo de  2015 se detuvieron a 132 cristianos paquistaníes en un solo día. 

“Odian la palabra ‘Dios’. A mi hermana la asesinaron exclusivamente por esto”, señala un sacerdote

El comienzo de un nuevo calvario

 

El reportaje de la BBC se introduce con el sonido de la oración y el canto cristiano, que brota de una pequeña habitación alquilada. Una congregación de un centenar de fieles está reunida en la Misa del domingo, oficiada por el Padre Joshua, que tuvo que huir desde de la ciudad paquistaní de Lahore, la misma de la que es oriunda Asia Bibi, símbolo de esta persecución del fundamentalismo islámico a los cristianos de Pakistán.

“A mi hermana la quemaron viva, simplemente porque mencionó a Dios. Odian la palabra ‘Dios’. La asesinaron exclusivamente por esto”, cuenta el sacerdote.

Para escapar del entorno hostil de Pakistán existen pocas opciones seguras. Una de ellas es Tailandia, que permite acceder con un visado de turista a corto plazo. Pero cuando al llegar revelan su situación, lo que se encuentran está muy lejos de ser una acogida: en este país, que no es signatario de la Convención de Refugiados de las ONU, cualquier persona sin visado de asilo o sin permiso de trabajo corre el riesgo de ser acusado de la inmigración ilegal y de ser encarcelado.

Crsitianos pakistaníes en Tailandia /YoutubeCrsitianos pakistaníes en Tailandia /Youtube

Ante la constante afluencia de refugiados, Tailandia permitió la intervención de la Agencia de Naciones Unidas, ACNUR, para investigar la credibilidad de quienes aducen huir de la persecución. Pero solo caben dos resultados posibles: la repatriación o el traslado a otro país. Además, las familias afectadas denuncian que el examen requiere de una larga burocracia de años a la espera de recibir la evaluación, durante la cual se ven privados de todo acceso al trabajo, la educación o la asistencia sanitaria. 

En esta situación, los miles de solicitantes de asilo paquistaníes han fijado su residencia temporal en lúgubres habitaciones de una red de bloques de pisos en las afueras de Bangkok. Sin posesiones, sólo pueden abonar el alquiler y la comida gracias a la caridad de organizaciones benéficas cristianas.

“Están deteniendo a la gente por todas partes, te pueden llevar en cualquier momento, siempre hay tensión”, dice un refugiado

Víctimas también como refugiados

 

Esta ya de por sí si cruda situación ha empeorado: la Policía de Inmigración de Tailandia, impaciente ante el fracaso de la ONU en la resolución de solicitudes de asilo, ha optado por la represión.

“Están deteniendo a la gente por todas partes, te pueden llevar en cualquier momento, siempre hay tensión”, declara a la BBC un joven padre, con su bebé de 25 semanas en brazos. Cerca  de allí, la Policía acaba de irrumpir en un bloque de habitaciones, rompiendo las puertas: el periodista acude y se encuentra a decenas de mujeres llorando, aferrándose a sus hijos.

Crsitianos pakistaníes en Tailandia /YoutubeCrsitianos pakistaníes en Tailandia /Youtube

Hombres, mujeres y niños, más de 50 solicitantes de asilo paquistaníes, son detenidos y llevados ante el tribunal local, donde son esposados, acusados de inmigración ilegal y multados con 4.000 baht (unos 114 euros). Quienes no pueden pagar son encarcelados. De nada les sirve el que, como solicitantes de asilo registrados ante la ONU, tengan el documento que les acredita como “persona de reconocido interés internacional “, que conlleva la prohibición de retenerles mientras se analiza su caso.

Bien lo sabe Sabir, que sigue aguardando su evaluación transcurridos dos años desde que huyera de Pakistán junto a diez miembros de su familia, con los que sobrevive en una pequeña habitación sin cocina ni baño. ACNUR no gestionarán su solicitud de asilo hasta 2018, porque, le dicen, “hay un retraso”.

Pero ahora, entre lágrimas, señala que su preocupación es su esposa, de la que no ha vuelto a saber desde su detención hace dos semanas. Quien dejó su país por la amenaza de muerte que pesaba sobre su familia si no se convertían al Islam, afirma: “El único miedo que tenemos es a la Policía de Inmigración, nada más”.

“En medio del contexto global de aguda crisis humanitaria, es cierto que actualmente nos enfrentamos a grandes demoras en la gestión de las solicitudes de asilo en Tailandia, a un tercio del nivel necesario”, se reconoce desde la ACNUR a la BBC, “pero hemos logrado impedir la detención de más de 400 ‘personas de interés del ACNUR’ en los últimos seis meses, al insistir en su condición de solicitantes de asilo registrados”, esgrimen.

Mientras, el Gobierno tailandés acusa a la ONU de una “inactividad” que “crea efectos de gran alcance sobre su seguridad”, en referencia a su temor de que los pakistaníes puedan tener vínculos con el terrorismo, con lo que trata de justificar “la serie de detenciones de inmigrantes ilegales del último año”.

Hacinados en las celdas tailandesas

 

La inquietud de Sabir, y de tantos familiares de refugiados detenidos, aumenta por el  silencio que impone Tailandia sobre la situación en las celdas. Haciéndose pasar como miembros de los imprescindibles equipos de voluntarios que llevan agua potable y alimento para la subsistencia de los presos, la BBC ha logrado acceder a  su interior.

Cientos de solicitantes de asilo detenidos, casi todos cristianos paquistaníes, se encuentran hacinados en una gran sala, con un calor sofocante.  Durante una hora al día, a algunos de los confinados se les permite salir de sus celdas para ver a los visitantes.  Al percibir la llegada de los voluntarios, los presos, entre ellos muchos niños, presionan con fuerza sus rostros contra la malla de alambre que les separa.

Crsitianos pakistaníes en Tailandia /YoutubeCrsitianos pakistaníes en una cárcel de Tailandia /Youtube

Los hombres van semidesnudos: sin darse cuenta que son periodistas, cuentan a los reporteros que es la única manera de mantenerse frescos en las celdas abarrotadas. Lasmujeres acunan a sus bebés. Muchos se quejan de que sus hijos están sufriendo diarreas y vómitos, debido a la falta de saneamiento y de agua potable.  Una madre que lleva tres meses encarcelada con sus hijos se lamenta: “el más joven tiene tres años y el mayor ,10. Se les está haciendo muy difícil estar aquí, están muy mal”.

El gobierno de Tailandia aduce que son los padres quienes “a menudo prefieren que sus hijos permanezcan con ellos durante su detención”. Sin embargo, el país ha firmado una serie de convenciones de la ONU sobre el tratamiento humano a los prisioneros que prohíben el encarcelamiento de los niños,  especialmente en los centros para adultos.

Ninguno de los detenidos han recibido asistencia jurídica de la ACNUR desde su detención. A este respecto es cuando Nazeem, joven cristiana paquistaní de 19 años, confiesa en la cárcel, aferrando en sus brazos a su primo, un bebé: “No tenemos ninguna fe en las Naciones Unidas. Sólo tenemos fe en Dios. Él nos traerá la libertad.”

Invocando el perdón

 

La única forma para salir de prisión es que organizaciones benéficas locales soliciten la libertad bajo fianza a las autoridades tailandesas. Esto conlleva el pago de unos 1.140 euros por persona, con lo que esto representa para quienes lo han perdido todo.

Entre los detenidos, el reportero descubre al otro lado del cordón de seguridad a Laila, la esposa de Sabir. Se muestra desesperada por no ver a su familia: “Los extraño, desearía poder ver las caras de mis hijas”, suplica. Pero la única forma que de ver a sus niños sería su previsible detención también.

El reportaje incluye algunos testimonios de quienes han logrado su libertad, como el de un cristiano paquistaní  detenido el año pasado junto a otros 20 hombres, mujeres y niños. “Nos afeitaron las cabezas y nos colocaron grilletes en las manos y los pies. Hemos tenido un montón de problemas para dormir, sentarnos o caminar. Las cadenas pesan unos 4 kilos y medio, y solía tener lesiones. Nos causaba mucho dolor. Fue muy difícil para nosotros”. Un excompañero de celda rompe a llorar cuando recuerda: “Todo la ropa para taparme era un pequeño trozo de tela”.

Las personas encargadas de asegurar su protección no aparecieron nunca. Fue un misionero local quien finalmente compró su libertad. Pero sorprendentemente, Daniel invoca el perdón que predica su fe: “Jesús nos dijo: Si alguien te daña, no le maldigas; debes rogar por él’. Por lo tanto, pedimos que bendiga al ACNUR”.

 

 

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