Sábado, 17 Abril 2021 14:55

Las tarifas de precios parroquiales establecidas por obispos y sacerdotes

 

El deber de colaborar con las instituciones católicas

 

Los católicos tienen el deber moral de colaborar con el sostenimiento del culto, pues es uno de los preceptos de la Iglesia Católica.

Tenemos que distinguir bien, en todas las instituciones de la Iglesia Católica Apostólica Romana, la diferencia que existe entre colaborar en la financiación del culto de la Iglesia Católica, y el deber de pagar los impuestos al Estado, que tienen los ciudadanos de cada país.

Los católicos, en lugar de pagar tasas fijas, o alícuotas de impuestos, establecidas por los Estados, tienen la libertad de decidir en sus corazones cuánta limosna aportarán a las instituciones católicas que ellos elijan.

Los fieles, en su calidad de ciudadanos, tienen la obligación de cumplir con el pago de los impuestos que le deben al César, es decir, al Estado.

Y en su calidad de miembros de la Iglesia, los fieles deben darle a Dios lo que es de Dios, pero no tienen que aportar sus limosnas de manera obligatoria, sino de manera libre y voluntaria, y no tienen que sufrir ningún tipo de abuso de autoridad de parte de los clérigos que pretendan imponerle, o sugerirle, una determinada cantidad de dinero, para cualquiera de sus servicios ministeriales, como sacerdotes ordenados en la Iglesia Católica.

En el Estado, todos los individuos y todas las sociedades, están obligados a pagar el dinero que se les solicita, de acuerdo con ciertos criterios de equidad, según la capacidad de pago de los contribuyentes, mediante tasas y alícuotas establecidas previamente por los funcionarios públicos.

En la Iglesia Católica, en cambio, los individuos particulares tienen plena libertad para decidir, de acuerdo con su conciencia, cuánto dan, en qué momentos van a dar, y en qué instituciones católicas dejarán sus limosnas.

En el CIC, los cánones que se refieren a las contribuciones para el culto, no parecen tener en cuenta la libertad y voluntariedad que tienen los fieles católicos, para cumplir con el precepto de aportar limosnas, porque trasuntan una especie de autoritarismo, que se refleja en la severidad con que algunos cánones se dirigen a los laicos, para que cumplan con el precepto de contribuir con el culto católico.

 

El precepto de la limosna corresponde a todos, laicos y clérigos.

 

Son todos los católicos, sean éstos fieles laicos o clérigos, quienes están llamados a colaborar con el financiamiento del culto católico, ayudando a las instituciones católicas en las cuales participan.

Y con respecto al Estado, las instituciones católicas, parroquias, obispados, escuelas, monasterios, etc., en cuanto personas jurídicas, tienen la obligación de pagar los impuestos, de la misma manera que están obligadas las instituciones civiles y comerciales.

Si los laicos católicos bautizados, que suman más de 1.200 millones en el mundo, no integrasen el Cuerpo Místico de Cristo, entonces la Iglesia Católica estaría integrada solamente por los aproximadamente 450.000 clérigos consagrados que la integran, y aquí está una de las grandes carencias de la Iglesia Católica, cual es la extremadamente escasa participación laical en la misión, en los apostolados, y en las administraciones eclesiásticas.

En realidad, el precepto de contribuir con el culto debería enseñarse en las clases de catecismo, en el hogar, en la escuela, y desde el púlpito, y no debemos confundir nuestra colaboración parroquial con el pago obligatorio que se realiza por un servicio público del Estado. 

Si realizáramos una teología cristiana de la limosna, creo que nos percataríamos de que no debe haber algún tipo de exigencia para que los cristianos den dinero para el culto. De hecho, en sus 2000 años de existencia, siempre se ha corroborado que todas las obras apostólicas y misioneras de la Iglesia Católica, se construyeron con las aportaciones libres y voluntarias de los católicos.

Todo fue construido en la Iglesia católica siguiendo las enseñanzas evangélicas, en las cuales no existen advertencias, ni exigencias, ni se les urge a los católicos a que entreguen limosnas de manera autoritaria.

Entender el término “Iglesia”, como si solamente estuviera compuesta por sacerdotes y obispos, es otro de los muchos errores cometidos en el CIC. Por eso, es importante que en el CIC no se mencione a la Iglesia, cuando quiere referirse concretamente a los clérigos que son responsables de las personas públicas de la Iglesia Católica.

Tal como está escrito, el C1258 produce confusión, porque se refiere a los clérigos sin mencionarlos, y les adjudica tácitamente, aunque pertenezcan a simples personas públicas, el poder total de la Iglesia Católica mundial, el cual pertenece solamente al Rey de Reyes y Señor de Señores, Nuestro Señor Jesucristo.

C1258  En los cánones que siguen, con el nombre de Iglesia se designa, no sólo la Iglesia universal o la Sede Apostólica, sino también cualquier persona pública en la Iglesia, a no ser que conste otra cosa por el contexto o por la naturaleza misma del asunto.

En nuestra opinión, los redactores del CIC deberían corregir el error de generalizar, con el término “Iglesia”, a todas o a cada una de las personas públicas que integran la Iglesia Católica. Además, el precepto de ayudar con limosnas a la Iglesia, está formulado para todos los bautizados, es decir que a todos los laicos y a todos los clérigos les corresponde cumplir con el precepto de procurarle a la Iglesia los bienes que necesita para sus propios fines.

Por lo tanto, como resultado del error cometido en el C1258, el C1260 no está bien planteado, porque menciona a la Iglesia como si fuera un etéreo ente universal que puede exigirle a los laicos, siendo que los laicos también conforman el ese cuerpo místico que denominamos Iglesia Católica.

Es sorprendente que se diga en el CIC que se les deben solicitar a los laicos los bienes que necesita la Iglesia, pues ya conocen muy bien fieles los católicos, cuáles son los criterios a tener en cuenta para cumplir con las ayudas a la Iglesia Católica.

La Iglesia Católica tiene una riquísima historia, repleta de ejemplos de cómo se construyeron infinidad de basílicas, catedrales, conventos monasterios, etc., con las limosnas de miles y miles de fieles que hicieron generosamente sus aportes a las obras católicas, sin ninguna necesidad de que nadie les haya advertido del deber de colaborar, ni de que les hayan presentado algún tipo de exigencia para que contribuyan con sus limosnas.

No hubo necesidad de que nadie les exija, a tantos colaboradores generosos que entregaron pequeñas y grandes fortunas para la construcción de muchísimas casas de órdenes y congregaciones religiosas. Al contrario, si a todas éstas generosas personas, en alguna institución católica les hubieran exigido aportar sus donaciones, seguramente se hubieran buscado una institución más humilde y modesta para poner en práctica su generosidad.

Los hombres y mujeres santos, que fundaron las miles de obras católicas que existen en el mundo, obraron siempre con las consignas evangélicas. Y cuando los cristianos descubren que una parroquia, un obispado, un monasterio, son serios, respetan la tradición del Magisterio de la Iglesia, y son muy honestos y muy trabajadores, no dudan en colaborar generosamente, sin que ni siquiera se lo soliciten.

Es decir, no se puede hablar de que unos cristianos deben exigirle a otros cristianos, pues las limosnas están indisolublemente ligadas a la eficiencia y santidad con que se trabaja en las instituciones católicas del mundo.

El sacerdote tiene el púlpito para predicar, y tiene las aulas de escuelas y universidades para hacer docencia acerca de la teología católica y de la limosna, cuya enseñanza les encantaría a todos los cristianos, si les explican las grandes maravillas y premios que conlleva la práctica de la generosidad cristiana. Por lo tanto, no tienen los clérigos ninguna necesidad de exigir, urgir o de advertir, y ni siquiera de mencionar la palabra “deber”, como lo hace el CIC en el C222.

Si en el C1260, en lugar de “la Iglesia”, se hubiese mencionado a “los clérigos de la Iglesia”, hubiese sido más correcto en términos de semántica, pero entonces quedaría de manifiesto que son los sacerdotes y obispos quienes tendrían la prerrogativa, según ese canon, de tener una actitud un poco imperativa y despótica para con los fieles, cuando les exigen que den sus limosnas para comprar los bienes que la Iglesia necesita.

En nuestra opinión, emplear la palabra “exigir” es muy severa, porque no hace falta demandar enérgicamente a los fieles, o mostrarse  exigentes con ellos, por parte de los obispos o de los sacerdotes, para que den sus contribuciones al culto católico, especialmente si tenemos en cuenta que las limosnas de los fieles están casi directamente relacionadas con el buen o mal desempeño de los clérigos que sirven en cada comunidad católica.

Sería cuestión entonces, de que en cada comunidad parroquial, etc., los clérigos, junto con todos los laicos, trabajen organizados e integrados, en su formación religiosa y en la diligente tarea misionera de transmitir la doctrina evangélica a todas las almas, y que todos confíen en que el Dueño de la mies (Lc 10,2 Mt 9,38) le retribuirá, a cada uno, según su trabajo (Rm 2,6).

En la historia de la Iglesia, los fieles siempre han contribuido con las obras apostólicas, desde unas pocas moneditas hasta sumas millonarias de dinero, de lo cual pueden dar fe los fundadores de las órdenes y congregaciones religiosas, pues muchas de esas obras católicas, a pesar de haber comenzado de una manera muy humilde, llegaron a tener, con el tiempo, propiedades por un valor de cientos, o de miles de millones de dólares.

A nadie le gusta que le impongan arbitrariamente lo que el Santo Evangelio no impone, ni que le sugieran pagar un precio determinado por todo aquello que el Evangelio les manda a los pastores, de manera muy clara, que deben darlo gratis.

Los católicos, por lo demás, colaboran con más ganas cuando las comunidades religiosas están bien organizadas y administradas; cuando sus clérigos enseñan en las escuelas, y predican desde el púlpito el verdadero Magisterio de la Iglesia; cuando tienen celo apostólico, cuando son honestos, cuando pasan horas en el típico confesionario de madera, y cuando se publican periódicamente los balances bien detallados de las instituciones católicas en las que trabajan.

En la Iglesia no colaboran unos católicos, para ayudar financieramente a otros católicos, sino que todos los católicos, sean cuales fueren sus títulos y el cargo que ocupan, están llamados a colaborar con la institución Iglesia Católica, con sus limosnas.

 

Canon 1260

 

La Iglesia tiene el derecho nativo de exigir de los fieles los bienes que necesita para sus propios fines.

En este canon se menciona la palabra “exigir”, cuyo significado es: pedir algo por derecho; demandar enérgicamente; necesitar; mostrarse exigente.

Debido a que la mayoría de las personas públicas de la Iglesia están representadas por clérigos católicos, es decir, sacerdotes, obispos, y cardenales, podemos colegir que cuando el canon 1260 dice “La Iglesia”, en realidad está refiriéndose a los clérigos de la Iglesia Católica. Por lo tanto, según el CIC, serían los clérigos quienes tienen derecho de de exigir de los fieles los bienes que necesitan las comunidades católicas, según se afirma en el C1260.

El C1260 dice que “la Iglesia” tiene el derecho de “exigir” a “los fieles”, como si los fieles no constituyeran la Iglesia, y como si la Iglesia fueran solamente los clérigos que la conforman, porque si a la Iglesia no pertenecen los laicos, querrá decir que la Iglesia son solamente los clérigos, lo cual no es verdad.

 

Canon 1271

 

C1271 Por razón del vínculo de unidad y de caridad, y conforme a las posibilidades de su diócesis, los Obispos contribuyan a que la Sede Apostólica disponga de los medios que, según las distintas circunstancias necesita para el debido servicio a la Iglesia universal.

Un criterio evangélico, que es muy conveniente y válido para animar a todos los miembros de la Iglesia Católica a que cumplan con el precepto de colaborar con el culto, podemos encontrarlo en el C1271. En este canon, que está dirigido a los obispados, respecto de su contribución con el culto católico, solamente utiliza la palabra “contribuyan”. Aquí no hay ninguna apariencia de autoritarismo, severidad, imposición, fascismo o despotismo.

El C1271 no obliga, no urge, no exige; ni siquiera advierte a los obispos de la necesidad de que colaboren. Pues bien, el mismo criterio debió tener el CIC cuando se refirió a los fieles, en lugar de las severas exigencias de los cánones 222.1, 1260, 1261 y 1262.

No es sutil la diferencia entre la manera con que el Derecho Canónico se dirige a los obispos, y la manera como se refiere a los fieles, respecto del deber de colaborar con la Iglesia universal.

La manera amable con que el CIC anima a los obispos en el C1271, debería utilizarla también para todos los fieles de la Iglesia Católica, pues a ellos, de la misma manera que a los obispos, habría que dirigirles las palabras: “por el vínculo de unidad y de caridad, y conforme a las posibilidades…” “contribuyan”.

En la Iglesia Católica, todo debe estar comandado e imbuido por la caridad, que es la reina de las virtudes, y todas las ayudas monetarias y personales para cada institución de la Iglesia, son la resultante del espíritu de sacrificio, la oración, el estudio, y el celo misionero y apostólico de todos y cada uno de quienes integran la parroquia, o cualquier otra obra católica diocesana.

O sea que lo mejor, para que los católicos den limosnas, es que en toda la Iglesia de Cristo se tome conciencia de la infinita importancia que tiene el trabajo abnegado y la vida virtuosa, tanto de los clérigos como de los laicos, en cada una de las comunidades cristianas y apostólicas.

Y como la limosna es un deber moral de todos los católicos, sería suficiente si en el CIC se mencionara, solamente una vez , la palabra “colaboremos” dando limosnas, de modo que, aún quienes escriben los cánones, tengan entendido y acepten, que a ellos también les concierne la tarea de colaborar.

 

Canon 222.1

 

C222.1 Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.

Deber: obligación, ética o moral. - Estar obligado a hacer algo.

En este canon, el CIC vuelve a contraponer a la Iglesia con los laicos. Los clérigos y los laicos constituyen la Iglesia Católica, por lo tanto, como ya dijimos anteriormente, el deber es para todos los miembros de la Iglesia, no solamente para los fieles laicos.

Aun cuando la palabra “deber” no sugiere, ni aparenta, ningún abuso de autoridad, denota, sin embargo, un cierto tono autoritario, porque en el tema de las limosnas no deben, algunos de los católicos, advertir a otros católicos sobre la obligación de colaborar, sino que cada uno, en la Iglesia Católica, debe exigirse a sí mismo, para dar lo mejor de sí mismo en las ofrendas, en los apostolados, y en el servicio humilde y abnegado.

Con respecto a los motivos por los cuales los católicos colaboran con las comunidades en las que participan, el C222.1 dice que se debe dar el dinero necesario para financiar el culto, para las obras de apostolado, para ayudar a los pobres y para el salario de los ministros. En el C1260 los motivos para colaborar son semejantes, pues se refiere a “los bienes que la Iglesia necesita para sus propios fines”.

Es decir que los cánones 222.1 y 1260, demandan dinero poniendo el énfasis en lo que solicitan los líderes de las instituciones cristianas, y no en la sagrada prerrogativa que tienen los católicos de aportar voluntariamente, de acuerdo con sus posibilidades y con toda libertad, tal como se enseña en las Sagradas Escrituras (1Cr 16,2). Según esos cánones, la parroquia, el obispado, etc., deberían establecer un presupuesto de gastos, y todos los feligreses deberían aportar hasta satisfacer lo establecido en el presupuesto.

 

En el boletín online que leí, de una parroquia católica de EEUU., mostraban en un recuadro cuáles fueron las recaudaciones que tuvieron en la semana, incluyendo lo recaudado en las misas, las aportaciones con tarjeta de crédito y de débito, las transferencias bancarias, y otras colaboraciones.

Mostraban en el boletín el total recaudado en esa semana, o en ese mes, y decían: “hemos recaudado un 67% de lo que habíamos presupuestado, y nos falta, por lo tanto, un 33%”, con lo cual, los feligreses, supuestamente, deberían sentirse avergonzados de no haber aportado más dinero. De todos modos, es muy de alabar la hermosa costumbre de muchas parroquias norteamericanas, de publicar boletines que contienen, entre otras cosas, una información detallada del dinero que reciben, y una información detallada de cómo emplean ese dinero.

Quisimos mencionar este ejemplo para que todos los católicos tratemos de entender, que los presupuestos deben prepararse pensando en las aportaciones que habitualmente hacen los fieles, y no en relación con los deseos particulares de quienes están a cargo de las comunidades religiosas.

Es por ello que nos parece conveniente que el CIC, en lugar de mostrarse exigente con los feligreses, y de mencionarles una lista de rubros que tienen que financiar, los estimulen, humilde y caritativamente, a que simplemente colaboren periódicamente con lo que pueden.

Y saber que, cuanto mayor sea la generosidad del trabajo apostólico y misionero de las parroquias, tanto mayor será la cantidad de fieles que se agregarán a ellas, y tanto más crecerán en santidad y en más limosnas para financiar las campañas apostólicas.

 

Las tarifas en el Derecho Canónico

 

El Código de Derecho Canónico (en latín Codex Iuris Canonici, representado como "CIC" en las citas bibliográficas) es el conjunto ordenado de las normas jurídicas que regulan la organización de la Iglesia latina, la jerarquía de gobierno, los derechos y obligaciones de los fieles, los sacramentos y las sanciones que se establecen por la contravención de esas normas.

El Código de Derecho Canónico vigente, fue promulgado el de 25 de enero de 1983, con entrada en vigor el 27 de noviembre.

No soy teólogo ni experto en Derecho Canónico, ni pretendo poner en tela de juicio la legislación de la Iglesia Católica. No obstante, creo que no es muy difícil entender que el CIC contiene muchos errores, entre ellos, los que se encuentran en los cánones que se refieren al precepto de contribuir al financiamiento del culto, como así también respecto de las tarifas que establecen los obispos para sacramentos y sacramentales.   

Mucha gente entiende, aun careciendo de una buena formación religiosa, solamente con el sentido común, que en las instituciones católicas no se deben cobrar los sacramentos, ni los sacramentales, mientras que, entre los católicos practicantes, no son pocos los que asimilaron erróneamente la idea de que las comunidades católicas pueden evadir el deber de pagar impuestos, que se pueden cobrar tarifas por los servicios del sacerdote, y lo mismo con otras injusticias ancestrales que deberían dejar de cometerse, de una vez por todas, en todas las instituciones católicas del mundo.

El Código de Derecho Canónico sigue permitiendo, al igual que otros códigos anteriores al mismo, que se produzcan en la Iglesia Católica actitudes simoníacas que promueven la comercialización de los sacramentos y la mercantilización de la actividad sacramental, en total contradicción con el mandato de Nuestro Señor Jesucristo, cuando reconviene a sus discípulos acerca de su ministerio sacerdotal: “Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis” (Mt 10,8).

El papa Francisco, desde el comienzo de su pontificado, ha clamado como nadie contra la actitud simoníaca de ponerle precio a los sacramentos y sacramentales. Sin embargo, no derogó, por el momento, todos los cánones del Derecho Canónico que son grandemente perjudiciales para toda la feligresía católica, y también para la actividad educativa y apostólica de los sacerdotes católicos.

Según el CIC, los obispos no solamente pueden exigir y urgir a los fieles para que colaboren económicamente con la Iglesia (C1260), sino que también se atribuyen el derecho de ponerle precio a los sacramentos y los sacramentales, tal como consta en los cánones 1264 y 952.

En lugar de prevenir a los clérigos para que no pidan ni sugieran tarifas por los servicios sacerdotales, el CIC les manda a los obispos, en los cánones 952.1 y 1.264.2, que fijen las  listas de las aportaciones en dinero que deben realizar los feligreses. Es decir que pueden, según lo que indica el canon 1264.1, establecer tarifas dinerarias para los servicios ministeriales sacerdotales.

No es sencillo para mí tener que comentar algunos de los tantos errores que se han escrito en el CIC, a los cuales casi no se refieren los cardenales, obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica.

Inclusive los papas de los últimos siglos, no parecieron haber comprendido la necesidad urgente de derogar las normativas de la Iglesia referidas a los estipendios de las misas, las tarifas para sacramentos y sacramentales, y las tarifas para trámites de las secretarías parroquiales.

Y también estoy pasmado de saber que, arzobispos y obispos, establecen tarifas para los servicios sacerdotales con toda naturalidad, y publican listas de precios en la Internet, y solicitan que en las parroquias se muestren las tarifas en un lugar visible; y que haya parroquias en las cuales tienen, hasta donde pude averiguar, hasta 80 precios diferentes para todos los servicios sacerdotales y parroquiales.

 

Canon 952 .1

 

C952.1 Compete al concilio provincial o a la reunión de Obispos de la provincia, fijar por decreto, para toda la provincia, la ofrenda que debe ofrecerse por la celebración y aplicación de la Misa, y no le es lícito al sacerdote pedir una cantidad mayor; sí le es lícito recibir por la aplicación de una Misa la ofrenda mayor que la fijada, si es espontáneamente ofrecida, y también una menor.

Estipendio: Cantidad de dinero que se paga a alguien por un trabajo realizado o por unos servicios prestados.

El canon 952 del CIC, está dentro del Libro VI, título III, Capítulo III. El capítulo III lo integran los cánones 945 al 958, y tratan del estipendio ofrecido para la celebración de la misa.    

Este canon comienza diciendo que los obispos tienen competencia para fijar por decreto, la ofrenda (la palabra ofrenda es utilizada aquí como el equivalente de "estipendio") que debe ofrecerse, por la celebración y aplicación de la Misa.

De acuerdo con el significado de la palabra "estipendio", si es una cantidad de dinero que se paga a alguien por unos servicios prestados, entonces podemos correctamente decir que el sacerdote debe recibir un estipendio mensual como salario, y no debemos denominar estipendios a las que deben ser limosnas voluntarias que, eventualmente dan los fieles, para que los sacerdotes apliquen la misa por una determinada intención. 

Es así de sencillo, si el fiel quiere que el sacerdote ofrezca la misa por una determinada intención, lo solicita en la secretaría parroquial, o se lo pide al sacerdote, y el sacerdote ofrece la misa por la listita de intenciones que le pidieron. Y al fiel que hace la solicitud, no se le piden ofendas, estipendios, tarifas, contribuciones, nada. Luego, como dice el papa Francisco, el fiel sentirá en su corazón si tiene que dejar una limosna en secreto, y cuánto dinerillo querrá ofrecer como limosna.

No olvidemos que los feligreses que usualmente piden ofrecer la misa por alguna intención  particular, ya están contribuyendo con la parroquia, con las aportaciones voluntarias que realizan de manera semanal o mensual, dinero con el cual deben poder afrontarse todos los gastos del culto y del salario de los clérigos de la comunidad parroquial. El gran error e injusticia de la actualidad, consiste en que comenzaron a establecer tarifas, lo cual no es producente, sino muy contraproducente y perjudicial, para toda la Iglesia de Dios.   

Nótese que los obispos reciben la potestad, otorgada por la legislación eclesiástica, para establecer un precio en dinero, no solamente para intenciones de los fieles en la misa, lo cual es injusto,sino también por la celebración del sacramento de la Eucaristía.

Seguramente, los obispos de todo el mundo habrán leído y/o escuchado, cientos de veces, el pasaje del Evangelio en el que Jesús les manda a sus discípulos que den todos sus servicios sacerdotales de manera gratuita (Mt 10,8). Sin embargo, podemos comprobar que en la Internet hay muchas declaraciones de clérigos que, si bien aceptan que los sacramentos y sacramentales deben ser gratuitos, tratan de convencer, mediante argumentos capciosos, que las tarifas de precios son razonables.

El mundo se hubiese ahorrado muchísimas injusticias de cobrar tarifas de dinero a los fieles, si no se hubiesen cometido tantos errores en la legislación eclesiástica.

Consecuentemente, hubiera habido en el mundo muchos más matrimonios cristianos, con todos los beneficios que ello reporta; muchos más bautismos, muchos más fieles que asisten a Misa, y mucha más gente humilde en la Iglesia Católica aportando su rica humanidad y sabiduría cristiana, y santificándose junto con todo el pueblo de Dios.

Los templos son casas de oración, no se los debe convertir en casas de negocios, dice el papa Francisco.

Los cardenales, obispos y sacerdotes, de la Iglesia Católica, ciertamente escucharon las prédicas encendidas del papa contra la mercantilización del trabajo sacerdotal. Sin embargo, algunos de ellos siguen dando explicaciones capciosas, y argumentan que el Código de Derecho Canónico les autoriza a establecer tarifas para los sacramentos.

En muchos países sigue siendo una práctica común, que los obispos establezcan para sus diócesis una lista de precios para los sacramentos y trámites parroquiales, como si se tratara de servicios públicos, semejantes a los que prestan las instituciones del Estado.

En Argentina, es una práctica generalizada que las parroquias tengan tarifas pre-establecidas para las intenciones de las misas que solicitan los fieles. Lo mismo sucede en muchas otras parroquias de América y del resto del mundo.

En España y en casi toda Europa, algunos obispados fijan la tarifa de aproximadamente 8 euros por cada intención de la misa solicitada por los fieles.

Ninguna misa en el mundo debe ser celebrada, u ofrecida, después de haber recibido una cantidad determinada de dinero. El dinero de estipendios o tarifas,  no se tiene que mencionar antes, ni durante, ni después de la celebración del sacramento, pues la misa, lo mismo que las intenciones de la misa, nada tienen que ver con la exigencia, o el pedido, o la sugerencia, de absolutamente ninguna cantidad de dinero, por pequeña que esta sea.

O celebran la misa sin mediación de dinero o de sugerencias de ayudas de cualquier especie, o la misa se convierte en una mercancía transable, como parte de un mercantilismo simoníaco.

Asocian el trabajo ministerial del sacerdote, que es esencialmente gratuito, con el pago de estipendios de la misa, lo cual convierte a la misa en un objeto de comercio, que tiene un valor monetario, y que se vende y se compra.

Los cánones que les dan a los obispos el mandato de tarifar los sacramentos, han causado estragos dentro de la Iglesia Católica, pues les han concedido la prerrogativa de poner en práctica un mercantilismo irritante, que su vez degrada el prestigio de los clérigos y restringe en las parroquias las posibilidades de atraer nuevos fieles.  

 

C1264

 

 

C1264  A no ser que el derecho disponga otra cosacorresponde a la reunión de Obispos de cada provincia:

1 determinar las tasas que se han de pagar por los actos de potestad ejecutiva graciosa o por la ejecución de los rescriptos de la Sede Apostólica, y que han de ser aprobadas por la Sede Apostólica;

2 determinar las oblaciones que han de hacerse con ocasión de la administración de los sacramentos y sacramentales.

 

C 1264

 

A no ser que el derecho (Aquí no se entiende bien a qué derecho se refiere. Tal vez debieron especificar con más detalle) disponga otra cosa, corresponde a la reunión de obispos de cada provincia: 

(Los obispos de todas las provincias, o sea, todos los obispos. Ni siquiera deja la opción de que cada obispo pueda decidir si cobrar o no cobrar por los sacramentos y sacramentales; todos deben establecer las aportaciones de dinero. Además, como es obvio, no les corresponde a los obispos ni a nadie, dentro de la Iglesia Católica, establecer cualquier tipo de lista de precios, aún haciendo aclaraciones, en otros cánones del CIC, de que tienen que atender a todos los fieles que no pueden pagar las tarifas que les solicitan).

 

1.- Determinar las tasas que se han de pagar por los actos de potestad ejecutiva graciosa o por la ejecución de los rescriptos de la Sede Apostólica, y que han de ser aprobadas por la Sede Apostólica.

(La sociedad perfecta que es el Estado, se financia con las aportaciones obligatorias que se reciben la denominación de tasas, aranceles, impuestos, tributos. En la sociedad perfecta que es la Iglesia Católica, que se financia con los aportes voluntarios de los católicos, se utiliza otro léxico, y se habla de limosnas, legados, donaciones, etc. Por ello, no parece lo más conveniente utilizar la palabra "tasa", pues esta palabra pertenece a la jerga utilizada en el mundo estatal y civil, en el que no hay contribuciones voluntarias, sino que todos los servicios estatales son de pago obligatorio.)

 

2.- Determinar las oblaciones (el dinero) que han de hacerse (que deben pagar los fieles que solicitan los sacramentos) con ocasión de la administración de los sacramentos (es decir, por la celebración de la eucaristía, el bautismo, la confirmación, el matrimonio,) y sacramentales (el agua bendita, la bendición sacerdotal, la oración del Santo Rosario, la oración del Via Crucis, las procesiones, etc.)

 

Oblación: Ofrenda que se hace a Dios, o a una divinidad.

Tasa: El tributo cuya obligación tiene, como hecho generador, la prestación efectiva o potencial de un servicio público, individualizado en el contribuyente. Su producto, no puede tener un destino ajeno al servicio que constituye el presupuesto de la obligación. -

Voluntario: Que se hace por espontánea voluntad y no por obligación o deber.

Persona que se ofrece a hacer un trabajo u otra cosa, no estando obligada a ello.

Gratis: De balde, sin pagar, de gracia, de manera gratuita o sin coste. Sin cobrar o pagar dinero. Que no cuesta dinero o que se obtiene de forma gratuita.

Emolumento: Remuneración adicional que corresponde a un cargo o empleo.

Antónimos de gratuito: Obligatorio

Antónimo de obligatorio: voluntario, optativo, libre, opcional

 

Los abusos a que han dado lugar los cánones 1264 y 952, en todo el mundo, son incontables. No me refiero a que abusan porque los precios que fijan de las tarifas son abusivos. Es el hecho de atreverse a pedir una cantidad de dinero, o de siquiera sugerirle a los fieles una colaboración por el servicio sacerdotal, que debe ser gratuito a rajatabla.

Pareciera que en algunas parroquias consideran el sacramento del Matrimonio, más como una fuente de ingresos para la parroquia y/o el sacerdote, que un servicio divino y espiritual de inmenso valor y beneficio para los contrayentes, y que es tanto más meritorio, para los sacerdotes y los contrayentes, cuanto más religiosa y desprovista de todo interés pecuniario sea la preparación al sacramento y la celebración del mismo.

  

Aranceles eclesiásticos en la diócesis de Bogotá

 

Quisiera aclarar que amo a la Iglesia Católica que está presente en Colombia, y deseo lo mejor para esa gran nación, en el orden religioso, político, social y cultural. 

No es agradable para mi tener que explicar al lector, con mucho respeto y modestia, algunos errores que considero deben corregirse, para bien de toda la Iglesia Católica que trabaja en Colombia. En realidad, son muchísimos los obispados y parroquias de todo el mundo, que con diferentes matices publicitan las tarifas parroquiales establecidas por obispos y sacerdotes.

Todo lo que escribo lo hago con un inmenso deseo de que la vida parroquial sea más santa, justa, eficiente y fecunda. Dicho esto, presento a continuación un decreto firmado por el arzobispo de Bogotá, el día 14 de enero de 2020.

 

Decreto N° 1484 - Arzobispo de Bogotá

 

En los puntos uno y tres del considerando, citan los cánones 952 y 1264, que son los que habilitan a los obispos a fijar precios para los sacramentos. En los sitios web de muchos obispados del mundo, también se citan esos cánones para justificar el establecimiento de listas de precios.

En el punto cuatro del considerando, los obispos aclaran que a los sacramentos se les debe dar el sentido de celebración de la fe, de servicio a los fieles y de gratuidad, y que se debe evitar hasta la más pequeña apariencia de negociación y comercio, y que ningún fiel puede quedar privado de los sacramentos y servicios eclesiásticos, en razón de su pobreza.

No obstante, en el punto cinco del considerando, los obispos se ponen firmes diciendo que

"el cumplimiento del arancel obliga en justicia y en conciencia".

y al final del decreto mandan a las parroquias que coloquen las tarifas en un lugar visible del despacho parroquial y en el templo parroquial. 

 

Curia diocesana de Zipaquerá - Bogotá - Colombia 

 

El arancel para la celebración del sacramento del matrimonio en capillas particulares será el que está vigente por la Diócesis para cada año. Tiene la siguiente distribución:

  • Ayudar a los fieles de la parroquia en donde se encuentra el sacerdote que los atiende.
  • Un porcentaje al sacerdote que presencia (celebra) el matrimonio.
  • La mayor parte está destinada para ayudar a los sacerdotes enfermos o mayores en el Centro Sacerdotal y ayudar a las parroquias pobres que pasan dificultades económicas o están en proceso de construcción de un templo.
  • Con respecto al aporte económico los fieles deben contribuir como católicos a apoyar las necesidades de las comunidades parroquiales de escasos recursos; esto lo pide la fe y la caridad cristiana.

 

Después de leer la lista motivos por los cuales se le pide a los novios pagar un arancel que obliga en justicia en conciencia, pareciera que en la parroquia están esperando que se presente una pareja de novios para el sacramento del matrimonio, y aprovechan entonces para hacerles pagar todos los gastos de la parroquia, como si la parroquia no tuviera otro ingreso monetario que la tarifa para ese sacramento grande, y gratuito, que es el matrimonio cristiano.

 

 

Código de los cánones de las iglesias católicas orientales - CCEO

 

Canon 1013 

 

(Sobre los impuestos y ofrendas por los actos de gobierno, la celebración de la Divina Liturgia, de los sacramentos, de los sacramentales y de cualquier otra celebración litúrgica) 

 

Canon 1013 

 

§1. El obispo eparquial tiene derecho, dentro de los límites establecidos por la ley particular de su propia Iglesia sui iuris, a fijar el monto de los impuestos por los diversos actos del poder de gobierno, y de las ofrendas que se hagan con motivo de la celebración de la Divina Liturgia, de los sacramentos, de los sacramentales, y de cualquier otra celebración litúrgica, a menos que el derecho consuetudinario disponga lo contrario.

 

§2. Los patriarcas y obispos eparquiales de varias Iglesias que ejercen su poder dentro del mismo territorio deben procurar, después de consultarse entre sí, que se establezcan las mismas normas sobre impuestos y ofrendas. 

 

Aquí los obispos orientales se expresan como si fueran funcionarios del Estado, e insólitamente, fijan impuestos a pagar por su servicio sacerdotal. De acuerdo con las enseñanzas evangélicas y la verdadera tradición católica, los obispos y los sacerdotes deben vivir solamente de su salario que les paga la parroquia o la diócesis.

A juzgar por lo que dice este canon, que el obispo está habilitado por el derecho eclesiástico para fijar impuestos y ofrendas tarifados, para la realización de actos de gobierno, por los sacramentos, las celebraciones litúrgicas, etc. El derecho mencionado no está en consonancia con las enseñanzas y normas establecidas por Nuestro Señor Jesucristo, que dijo que quien quiera ser el primero, que se haga el último y un esclavo de todos. "Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo vuestro." (Mt 20, 25-27).

 

 

Impuesto: es el tributo, exacción, o la cantidad de dinero que se paga al Estado, a la provincia, y/o a la municipalidad o ayuntaniento, obligatoriamente. El pago de impuestos tiene como propósito contribuir con la hacienda pública, financiar los gastos del Estado y otros entes, así como los servicios públicos. 

 

Frases del papa Francisco sobre la gratuidad del trabajo sacerdotal

 

Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis

 

La ilícita costumbre de los sacerdotes, de solicitar o sugerir sumas fijas de dinero por la celebración de los sacramentos y sacramentales, no comenzó en el siglo pasado, sino mucho antes. En siglo XIX, los obispos de Argentina y otros países ya establecían tarifas que los sacerdotes debían tener en cuenta para la celebración de los matrimonios, bautismos, funerales, etc.

 

Estaba vigente lo que se solía llamar el “derecho de estola”, que era el derecho que supuestamente tenían los sacerdotes de cobrar por sus servicios sacerdotales específicos. Era el mismo error que se comete actualmente, y que no era ningún derecho, sino una forma arbitraria de considerar el servicio sacerdotal, convirtiéndolo en un mercantilismo eclesiástico.

 

El clérigo es un obrero, como dice el Evangelio, que es digno de su salario, lo cual es algo que toda la feligresía lo entiende perfectamente (Lc 10, 7-8 Mt 10, 7-10 1Tm 5, 18), pero todavía no existe en la Iglesia una clara conciencia sobre la determinación del salario, debido al desorden administrativo que producen los cobros de tarifas, los eventuales beneficios estatales, la falta de una buena organización parroquial, y sumado a todo ello que muchas parroquias no realizan adecuadamente el trabajo apostólico en el barrio o pueblo en que se encuentran.

 

"Dios hizo sencillo al hombre, pero el hombre se complicó con muchas razones" (Qo 7,29). Los católicos hemos cometido tantos errores en  la historia de la Iglesia, que nos parece difícil entender suficientemente bien la sencillez con que debe desarrollarse toda su actividad pastoral y educativa. La organización parroquial, el trabajo sacerdotal y laical, el salario de los clérigos, no deberían ser motivo de preocupación o de conflicto, si tuviéramos en cuenta los sagrados principios rectores del Evangelio.

  

Quizás no hubo muchos clérigos, en toda la historia de la Iglesia Católica, que hayan hablado tan enérgicamente contra la mala costumbre de pedir dinero, por los servicios sacerdotales y parroquiales, como lo está haciendo el papa Francisco en su pontificado.

 

A continuación presentamos algunas frases del papa Francisco, tomadas de distintas publicaciones, en las cuales se refiere a la injusticia de que los clérigos establezcan tarifas de dinero para la celebración de los sacramentos, y a la avaricia y el comercio eclesiástico que parecen predominar en muchas parroquias y instituciones católicas del mundo.

 

Francisco fue muy claro, y habló desde experiencias personales: “Algunas veces, yo he visto –no aquí en Roma, sino en otra parte– he visto una lista de precios”. El Papa reprodujo el intercambio de expresiones, entre la gente y el sacerdote autor de la lista de precios: “’Pero cómo, ¿se pagan los sacramentos?’ ‘No, sino que es una ofrenda’. Pero si queremos dar una ofrenda – que deben darla – que la pongan en la caja de las ofrendas, a escondidas, y que nadie vea cuánto das”, afirmó el Pontífice.

 

“También hoy está este peligro: ‘Debemos mantener a la Iglesia. Sí, sí, sí, verdaderamente’. Que la mantengan los fieles, pero en la caja de las ofrendas, no con una lista de precios”, advirtió, muy crítico.

 

Bergoglio también denunció la tentación de la mundanidad. “Pensemos en algunas celebraciones de algún sacramento quizá, o en conmemoraciones donde tú vas, y no sabes si es la casa de Dios, o si es un lugar de culto, o si es un salón social.  

 

Es verdad que las celebraciones deben ser bellas. Bellas, pero no mundanas, porque la mundanidad depende del dios dinero, lo cual también es una idolatría. Esto nos hace pensar, acerca de cómo es nuestro celo por nuestras parroquias, el respeto que nosotros tenemos allí cuando entramos”, indicó, según informó Vatican News, el portal del Vaticano.

 

Francisco reflexionó, además, sobre la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, aclarando que también el corazón de cada uno de nosotros representa “un templo: el templo de Dios”. Si bien con la conciencia de ser todos pecadores, cada uno debería interrogar su propio corazón para verificar si es “mundano e idólatra”. “Yo no pregunto cuál es tu pecado, mi pecado. Pregunto si dentro de ti hay un ídolo, si está el señor dinero.

 

Bergoglio agregó que: “La salvación, ni tiene precio, ni se puede pagar con dinero”. Y pidió a todos los feligreses que tengan el valor de decirles a los sacerdotes, que cobrar por sus servicios sacerdotales es un pecado, además de denunciar, si llegan a ver en las iglesias una lista de precios.

 

El papa Francisco se queja de que los clérigos apliquen tarifas a los sacramentos. “Ah padre, ¿cuánto debo pagar para que el sacerdote lea el nombre? Nada, ¿entendido?  Nada. La misa no se paga. La misa es el sacrificio de Cristo, que es gratuito. La redención es gratuita. Si tú quieres dejar una limosna, hazlo, pero no se paga.”

 

El papa Francisco manifestó desde el Vaticano su rechazo al cobro que realizan algunas iglesias por celebrar los sacramentos, como bautizos, primeras comuniones, confirmaciones y matrimonios.

 

En su intervención, el papa Francisco dijo que no se puede contemplar, ni aceptar, que algo tan importante para mantener una vida cristiana, como son los sacramentos, tenga un costo.

 

“No tiene precio participar en las celebraciones de la iglesia, y por ninguna razón debería existir ambición económica por parte de los sacerdotes. Es un derecho para los cristianos, y las puertas de la iglesia siempre deben estar abiertas, y sin tarifas”, puntualizó.

 

Sobre el tema, el Sumo Pontífice citó como ejemplo que "Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo, por querer convertir la casa de oración en una cueva de ladrones”.

 

Expresó, como mensaje a los sacerdotes, que “hay dos cosas que Dios no va a perdonar, una es un sacerdote avaro, y otra es un sacerdote que no sirve a sus fieles, y los maltrata”. Las parroquias se han convertido en casas de negocios.

 

El Papa Francisco, en la misa cotidiana que se celebra en la residencia donde se hospeda en el Vaticano, volvió a destacar que no puede haber lista de precios para la administración de los sacramentos. Es algo que cuestiona el sentido que se pretende dar a la concurrencia al templo. “Esto llama nuestra atención afirmó el Papa– y nos hace pensar cómo nosotros tratamos nuestros templos, nuestras iglesias; si verdaderamente son casa de Dios, casa de oración, de encuentro con el Señor; si los sacerdotes favorecen eso, o si se parecen a los mercaderes”.

 

Porque cuando está el pecado, está el Señor Dios misericordioso que perdona, si tú te diriges a Él. Pero si está el otro señor – el dios dinero – tú eres un idólatra, es decir un corrupto: ya no un pecador, sino un corrupto. El núcleo de la corrupción es precisamente una idolatría: es haber vendido el alma al dios dinero, al dios poder. Es un idólatra”

   

El Papa Francisco mostró esta mañana su preocupación por los sacerdotes y obispos que están apegados al dinero. En la homilía que pronunció en la Casa Santa Marta meditó así sobre el Evangelio de la liturgia en unos días en los que se habla del contenido de la publicación de dos libros que intentarían demostrar el mal uso que el Vaticano hace del dinero.

 

“También en la Iglesia, están estos que en lugar de servir, de pensar en los otros, de sentar las bases, se sirven de la Iglesia: los carreristas, los apegados al dinero”, afirmó Francisco.

 

“Y cuántos sacerdotes, obispos hemos visto así. Es triste decirlo, ¿no? La radicalidad del Evangelio, de la llamada de Jesucristo  es para servir, para estar al servicio; no detenerse, ir siempre más allá, olvidándose de sí mismo”.

 

El Papa dijo que está “es la comodidad del status: ‘yo he alcanzado un status y vivo cómodamente sin honestidad, como esos fariseos de los que habla Jesús, que se paseaban en las plazas haciéndose ver por los otros”.

 

Existen, por tanto, “dos imágenes de los cristianos, dos imágenes de sacerdotes, dos imágenes de religiosas. Dos imágenes”. Y Jesús “nos hace ver este modelo en Pablo, en esta Iglesia que nunca está parada”, sino que “siempre va adelante y nos hace ver que ese es el camino”.

 

Porque “cuando la Iglesia es tibia, está cerrada en sí misma, y comercia tantas veces, esto no significa que sea una Iglesia ‘ministra’, que esté al servicio, sino que se sirve de los otros”.

 

El Papa explicó que “existen dos figuras: la de servir y la de ser servido”. Comentando la lectura de San Pablo, afirmó que el apóstol “se donó todo él al servicio, siempre”.  “Él se enorgullecía de servir, de ser elegido, de tener la fuerza del Espíritu Santo”. “Administraba sentando las bases, es decir, anunciando a Jesucristo”, añadió Francisco.

 

Francisco relató que en el Evangelio se observa a otro siervo “que en lugar de servir a los otros, se sirve de los otros”. “Hemos leído lo que ha hecho este siervo, con cuanta perspicacia se ha comportado para permanecer en su puesto”. 

 

Sin embargo, el Apóstol “nunca se detenía para obtener ventaja de un puesto, de una autoridad, de ser servido”, sino que él mismo era el que servía, manifestó Francisco. 

 

Servir, ésta es la alegría de la Iglesia: ir a los demás, siempre; ir a los demás y dar la vida. Esto es lo que ha hecho Pablo: servir”.

 

Al terminar, el Papa pidió “que el Señor nos de la gracia que le ha dado a Pablo, ese punto de honor de ir siempre adelante, siempre, renunciando a las propias comodidades tantas veces, y que os salve de las tentaciones, de estas tentaciones que en el fondo son tentaciones de una doble vida: me hago ver como un ministro, es decir, como el que sirve, pero en el fondo me sirvo de los otros”. 

 

"No se olviden de esto: el diablo siempre entra por el bolsillo, siempre", recordó el pontífice al aludir al "espíritu de pobreza" que deben seguir los curas. Bergoglio señaló que los miembros del clero "no se pueden contentar con tener una vida ordenada y cómoda, que les permita vivir sin preocupaciones, sin sentir la exigencia de cultivar un espíritu de pobreza, radicado en el Corazón de Cristo".

 

"Además, es bueno aprender a dar gracias por lo que tenemos, renunciando, generosa y voluntariamente, a lo superfluo, para estar más cerca de los pobres y de los débiles", dijo.

 

"Y por favor, -esto como hermano, como padre, como amigo- por favor, huyan del carrerismo eclesiástico: es una peste.

 

Francisco ha insistido también sobre el concepto de "carrerismo", dentro de la Iglesia, al que calificó de "lepra", ¡es una lepra! La reforma de la Curia vaticana está en marcha, y el primer elemento es una "reforma cultural": pasar del espíritu de egoísmo y de vanidad, al espíritu de servicio.

 

"Por favor, no se conformen con conseguir un título, sino sean discípulos a tiempo completo, 'para anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy'", añadió.  

 

"Yo decía que la formación de un sacerdote no puede ser únicamente académica y conformarse con esto solo. De ahí nacen todas las ideologías que apestan a la Iglesia, de un signo o de otro, del academicismo clerical", agregó.

 

Precisó que "son cuatro las columnas que tienen que tener la formación: formación académica, formación espiritual, formación comunitaria y formación apostólica. Y las cuatro se tienen que interactuar".